Orina: Un brindis por el futuro

A mediados de este año, según reportó el sitio web de la BBC Mundo, un grupo de investigadores de la Universidad de Bristol y del Laboratorio de Robótica de Bristol en el suroeste de Inglaterra aseguraron haber usado orina humana para cargar un teléfono móvil. Los científicos probaron el mecanismo en un dispositivo Samsung, con el que hicieron una llamada, mandaron un mensaje de texto y navegaron en internet. Según comentaron, el experimento consistió en cultivar bacterias en ánodos de fibras de carbono y ubicarlas dentro de cilindros de cerámica. Las bacterias rompieron los componentes químicos en la orina que pasó a través de los cilindros, lo que generó una pequeña carga eléctrica que fue almacenada. El Dr. Ieropoulos, partícipe del experimento, espera que estas celdas, que ahora tienen el tamaño de la batería de un auto, puedan ser desarrolladas para varias aplicaciones.

Este hecho del presente, permite pronosticar, en primer lugar, el futuro de los métodos para la recarga de dispositivos electrónicos, pero aún más importante, vislumbrar el panorama al que por cuenta de la industria cosmética y terapéutica nos enfrentaremos en sólo un par de décadas: en el futuro cercano brindaremos con orina. Muy pronto, la orina tendrá finalmente el estatus social que tanto le ha negado nuestro occidente capitalista y que culturas orientales como la hindú o la china han reconocido históricamente.

La aceptación, manipulación y asimilación de la orina ocurrirá por fases hasta convertirse en el fundamento de nuestra sociedad hipermoderna. En la primera fase, la orina humana se mudará del baño al bolsillo de todo aquel que porte un teléfono celular, un iPad, una cámara digital o cualquier otra tecnología portátil que requiera de constante recarga eléctrica. Entonces, así como las baterías alcalinas, las de litio serán historia cuando cada ser humano requiera de su propia hidratación e ingresar al baño más cercano para seguir texteando por WhatsApp, navegando en Internet o tomando fotos. En esta fase, la gente preferirá, como ocurre hoy día con quienes practican la orinoterapia, atenerse al uso de su propia orina. Los humanos aún no desligarán la orina de su fuente, es decir, la excreción corporal, siendo su olor, temperatura y aspecto un motivo para que, igual que sucede con los gritos, resulte más fácil tolerar la propia cosecha. Apple hará las delicias de sus devotos, digo, de sus usuarios, sacando una línea de accesorios para el almacenamiento del líquido energético. Con animados diseños atenuarán nuestros escrúpulos al momento de manipular la micción y para que no resulte indispensable ingresar al baño a descargar el aparato renal para recargar el aparato celular. Las personas transportarán cómodamente sus reservas de orina en tarritos con la forma de personajes de Disney-Pixar, que guardarán en sus bolsos sin temor a olores o filtraciones.

En la segunda fase, aprovechando la tolerancia desarrollada por el ciudadano común con relación a la administración y uso de su agüita amarilla, la industria cosmética enfilará todos sus esfuerzos a la explotación del líquido, que utilizará como base para la producción de la mayoría de los artículos de uso personal y diario, como desodorante, shampoo, bloqueador solar o crema dental. Utilizar un componente rico en bacterias y toxinas no será nuevo para una industrita acostumbrada al empleo de sustancias dañinas para el organismo humano en la elaboración de sus productos. Se sabe que menos del 20% de los químicos usados en cosméticos han sido evaluados y muchos de sus ingredientes son clasificados como cancerígenos y neurotóxicos. Eso sí, una industria cuyo estímulo de consumo radica fundamentalmente en promover la incomodidad respecto del cuerpo y en convencernos de que estamos llenos de defectos que sólo con sus productos podemos corregir, no dudará en sugestionarnos para que creamos que el uso de la propia orina, que por ser gratis resulta inconveniente para sus negocios, no es tan saludable como adquirir la que ellos nos venderán embotellada en forma de cremas, polvos, aceites y demás menjurjes.

La cosa funcionará igual que con la industria del agua embotellada, que en los 70´s y a través de publicidad engañosa, nos convenció de que el agua de la llave no era del todo saludable y prefiriéramos pagar altos precios por una necesidad que debería ser gratuita: beber agua. Así como terminamos por preferir el agua embotellada en lugar del agua de la llave, preferiremos untarnos e incluso ingerir la orina embotellada por las cosméticas para blanquear los dientes (como se estilaba en la antigua Roma), lavar el rostro para proteger la piel (como se hace en China), como base de compresas para aliviar la faringitis (como se hace en Francia) o limpiar heridas externas para prevenir infecciones y bebida para sanar problemas estomacales e intestinales (como estilaban los Aztecas). Todas estas maniobras cosméticas y terapéuticas se nos volverán cotidianas y despojadas de asco, máximo cuando ello constituirá emular a las celebrities criollas y extranjeras que constantemente aparecerán a medio vestir en anuncios publicitarios, untándose la piel con la preciada orina de Pantene, Nivea, Colgate, Bayer o P&G. Marcas que, por supuesto, competirán desarrollando fórmulas como “orina con aroma a limón”, “baja en sodio” o “doblemente destilada”.

Para entonces, habremos descartado por completo la orina propia, como hoy día hemos descartado la ingesta del agua de la llave. Es más, ni siquiera la usaremos para recargar los celulares, puesto que Apple también encontrará la manera de hacernos comprar su orina, vendiendo dispositivos que electrocutarán al usuario si se atreve a recargarlo con su líquido propio, como le ocurrió este año a Ma Ailun, joven china de 23 años, que murió electrocutada al contestar su iPhone 5 conectado a un cargador no fabricado por la compañía.

En la tercera fase y con la orina instalada como el producto consentido de la canasta familiar, la industria cosmética, siempre fiel a sus métodos de demanda manufacturada, según los cuales nos asustan, seducen y engañan para comprar lo que no necesitamos, lanzará al mercado el producto con el que definitivamente entrará al riñón de los consumidores: la orina embotellada de los famosos. Sí, en esta fase, la orina de las estrellas será proclamada como la nueva mejor cosa para prevenir el cáncer y otros padecimientos (lo cual en esta época tampoco tendrá prueba científica). La orina del celuloide será el objeto de deseo que nos ayudará a lucir más saludables y atractivos. Su ingesta será el nuevo sinónimo de prestigio, la medida del estándar social de cada individuo; un mensaje respaldado por convincentes y sugestivas campañas publicitarias que pondrán al mundo entero a demostrar su poder adquisitivo brindando en quinceañeros y matrimonios con la espumosa más cara del mercado (y no me refiero a la champaña). Para ese entonces, la espumosa mejor cotizada será la de famosas veteranas, tipo Shakira o Lady Gaga, quienes al cumplir la edad que hoy tiene Cher, obtendrán el grueso de sus ganancias a partir de las ventas de su añeja y fuertemente concentrada micción.

Por su puesto, habrá rumores acerca de las prácticas inescrupulosas detrás de la gran industria de la orina; como que el líquido en realidad no proviene de la uretra del actor o cantante que aparece en la etiqueta, sino de la población de algún recóndito país oriental en el que en jornadas laborales de 14 horas diarias y por precarios salarios (sí, tal como ocurre hoy día con las maquilas en las que se fabrican la mayoría de los productos que compramos), son obligados a producir la orina que luego es lanzada con grandes y brillantes anuncios en Time Square. El orinoconsumidor, convencido de que el líquido proviene de su admirada luminaria y de las benéficas propiedades, madrugará a hacer fila para adquirirla en tiendas tipo La Riviera, por precios que a veces duplicarán el salario mínimo mensual. Los abusos en oriente no importarán a los consumidores del futuro, como no importan ahora, ¿o acaso las denuncias por explotación laboral en el tercer mundo han desteñido las ventas de Zara, Mango o H&M?

Todo lo anterior será posible gracias al principio dictado en 1955 por Victor Lebow: “Nuestra economía tan productiva, demanda que hagamos del consumo nuestro modo de vida. Que la compra de bienes de consumo se convierta en rito. Que busquemos nuestra satisfacción espiritual y del ego en el consumo. La medida del estatus social, la aceptación social, el prestigio, debe estar fundada en nuestros patrones de consumo. El sentido y significado de nuestras vidas debe expresarse en términos de consumo”. Un principio al que hoy más que nunca responden las campañas publicitarias y que los consumidores rezamos a diario como si se tratara del Padre Nuestro de una religión a la que involuntariamente nos hacemos adeptos por el simple hecho de vivir en un mundo al que no le interesamos como humanos o ciudadanos, sino única y exclusivamente como consumidores. Un principio según el cual, en la actualidad, y como cuenta el documental web “La historia de las cosas”, nos embuten más de 3.000 publicidades por día, más que en toda una vida hace 50 años. Anuncios que sólo nos invitan a sentir vergüenza de lo que somos, de lo que tenemos y que promueven el ir de compras como la única solución a todos los problemas. Anuncios con el poder suficiente para hacernos comprar lo que sea. Trabajar, mirar publicidad y gastar marca son hoy el círculo vicioso de nuestras vidas, y en el futuro, si no hacemos algo ya, si no apagamos la publicidad y prendemos el cerebro, nos tendrá trabajando para gastar con urgencia todos nuestros ingresos en orina, brindando y riéndonos con un bigote de espuma dorada, sintiéndonos los protagonistas de un anuncio cuyo lema será “Got piss?”

  • Natalia Salas H.

    Cuando hablamos de identidad de género -y en ello resulta muy aclaratorio
    el diagrama- nos referimos a situarnos en un punto del espectro entre lo
    masculino y lo femenino cuyas características nos definen y desde el que
    desearíamos ser reconocidos manifestándolo en nuestra apariencia.

    Al sentir que nuestra identidad de género difiere del sexo biológico y
    queramos entonces visibilizarlo en una expresión de género transgresora, es
    natural que nos apeguemos a los imaginarios que identifican al sexo opuesto.
    Los reinados distan de ser un evento edificante pero están instalados en la
    cultura criolla como un espectáculo de luces y color en el que se despliega la
    belleza femenina. Sin duda clasista, sexista, muy cuestionable en muchos
    sentidos pero finalmente incorporado en el imaginario popular como una
    expresión de la belleza física de la mujer colombiana.

    No se es más o menos mujer por no ponerse maquillaje, no afeitarse o no
    estar al tanto del último grito de la moda. Pero no nos pidan a las mujeres
    trans que no nos maquillemos, no estemos pendientes de la
    moda femenina o no miremos con simpatía concursos de belleza dirigidos para
    nosotras o nuestras compañeras. Mucho rechazo y fastidio nos produjo por
    décadas el adoptar comportamientos masculinos como para que ahora no podamos disfrutar de actos que -si bien para nada, reitero, determinan la feminidad- por lo menos son no masculinos y por ello nos satisfacen al menos, mientras construimos y fortalecemos nuestra identidad de género.

    Creo que esto aplica para quienes nos sentimos identificadxs totalmente en
    el extremo del espectro de género opuesto al del sexo con que nacimos o para
    otras personas que se sienten bien alternando entre lo masculino y lo femenino.
    Cada quien le imprime el estilo que quiera a su expresión de género. Me aterra la idea de someterme a multitud de procedimientos de cirugía plástica y no busco ni mucho menos ser una mujer de medidas perfectas, pero respeto a las chicas que piensan en contrario siempre y cuando procedan con responsabilidad.

    Como mujer trans, considero que tenemos un frente de lucha común muy amplio
    con la corriente feminista y no lo desdeño como en algún pasaje parece hacerlo
    el autor, único aspecto en el que difiero con el(la) de su entrada. Lo que pasa
    es que nosotrxs, como mujeres y hombres trans debemos hacer notar nuestras
    peculiaridades, que pasan por una cotidianidad bien descrita por Matías, además
    de los miedos y anhelos que sólo podemos sentir aquellxs que vivimxs bajo el
    estigma de ser condenados por no querer vivir bajo un sexo que no nos pertenece. Saludos.