Camilo

Cristian y Camilo

A Camilo no le gustaba mucho la escuela. Por las mañanas, cuando su mamá lo bañaba y lo arreglaba para llevarlo, Camilo trataba inútilmente de sugerirle que prefería quedarse en casa con sus primos, que quería ver televisión o quedarse allí contemplando la casa, las fichas, los juguetes, los animales o mirar por ratos cualquier otra cosa y no hacer nada más.

En la escuela estaban esas personas que lo miraban extraño, que se alejaban cuando él jugaba, que no lo entendían y lo apartaban de los lugares donde normalmente los otros estaban. Por su parte, la maestra trataba de ser buena y cuidaba de que los otros niños no lo molestaran; le entregaba juguetes, papel, lápiz y plastilina con lo que él pudiera distraerse para que nada de lo que ocurriera en el salón llamara su atención y provocara algún comportamiento agresivo o difícil de manejar. Otras veces simplemente lo dejaba salir al patio a jugar con fichas o con balones. Sin embargo, Camilo se estresaba y se cansaba pronto de los juegos rutinarios, regresando a casa con la desazón que acompaña a cualquier niño que ha repetido una y otra vez la misma actividad hasta el cansancio.

Los niños del curso pronto perdieron la pena y le preguntaban a  la profesora sin trabas que ¿Por qué Camilo tiene los ojos así? ¿Por qué Camilo siendo grande se comporta y habla como un niño? ¿Por qué Camilo no hace las mismas tareas que los demás? ¿Por qué él  puede pasarla jugando y nosotros tenemos que hacer tareas? La maestra no respondía cuando Camilo estaba ahí, porque no estaba segura sí él comprendía o no lo que pasaba. Por su parte, él veía los grupos de niños que lo observaban, como si lo esculcaran con la mirada. Los veía y escuchaba las preguntas que le hacían a la profesora, pero al final no parecía importarle nada más que armar cosas con las fichas de colores que tenía en su mesa, o simplemente fijaba su mirada en algún punto que nadie más encontraba.

Así pasó mucho tiempo, hasta que un buen día la profesora situó a Camilo al lado de los otros niños. Le quitó las fichas y los juguetes durante la clase, y ya no fueron pocos los ratos que le dedicaba. Empezó a incluirlo dentro del salón. Le mostraba cómo podía usar la plastilina en el papel, cómo había un “dentro y un afuera, un arriba y un abajo” en las imágenes; cómo podía usar otras herramientas como la lana, los punzones, los cuentos, los títeres y más, para conocer lo que le rodeaba. Los niños sentados a su lado lo ayudaban, lo corregían, le mostraban técnicas para aplastar la plastilina. Hablaban, reían y jugaban.

Entre esos niños estaba Cristian, que también tenía una discapacidad cognitiva leve, pero que le mostraba a Camilo cómo hacer las letras sobre el papel, y cómo en las hojas se podía dibujar vacas, caballos y perros con muchos colores. Cristian le enseñaba a Camilo a tocar el tambor, a leer, a jugar al fútbol, y juntos pasaban mucho tiempo.

Ya para el tiempo de vacaciones Camilo había logrado escribir su nombre y se lo había escrito en el cuaderno a todos los niños del salón. Al llegar a casa jugaba con los primos al fútbol, pintaba a su mamá con muchos colores en hojas, tomaba a los muñecos de la casa y creaba cuentos que al mostrarlos a su familia sólo él entendía. La plastilina ya no la metía en su boca sino que hacía balones, frutas y cosas con ella;  otras  veces cantaba esas canciones que había aprendido en la escuela y las acompañaba con golpecitos al tambor que en ocasiones servía de olla en la cocina.  ¡Había aprendido tanto! Volver a la escuela luego de las vacaciones ya no era triste, pues había hecho de ella un lugar donde no sólo todos aprendían sino que además se podía llegar a hacer amigos.

Cristian

Este año el salón parecía diferente a los años anteriores. Cuando la profesora Ana me ubicó en un puesto noté que había muchos niños y niñas, como 40. Unos se ubicaban en las filas normalmente y otros se hacían en mesas en la parte de atrás. Era un salón grande, con ventanas hacía el patio por si uno llegaba a aburrirse.

A mí la profe Ana me sentó adelante, cerca de los más inteligentes y unos que molestaban durante ­las clases, porque yo a veces me demoraba mucho en aprender y fácilmente me dejaba llevar por todas las cosas que se pasaban por mis pensamientos y se me olvidaba que estaba en el salón. Mi mamá le dijo a la profesora que era bueno que estuviera siempre pendiente de que yo escribiera, de preguntarme sí estaba comprendiendo lo que me enseñaba porque no me gustaba hablar en público, ni mucho menos ponerme a preguntar.

Con los niños de las mesitas de atrás ninguno de nosotros hablaba. La profe nos había dicho desde el principio que no los molestáramos, que los tratáramos bien y que fuéramos cuidadosos con ellos a pesar de que algunos se veían más grandes que nosotros.  Así que yo no me acercaba mucho a la parte de atrás del salón, y las veces que los miraba de reojo me parecían raros y graciosos. En el descanso procuraba no encontrármelos, aunque eso era muy fácil porque ellos no se alejaban mucho de los profesores y no jugaban lo mismo que nosotros.

La mayoría de clases las daba mi profe Ana. Ella nos leía cosas, nos explicaba las matemáticas, nos mostraba los animales y las ciencias. Pero mis compañeros que se sentaban en las mesitas jugaban todo el tiempo con las fichas del armatodo que sacaban del kínder, o se ensuciaban con los materiales que les daban. Yo me preguntaba por qué esos niños no hacían lo mismo que todos durante las clases, o por qué podían jugar y jugar mientras algunos teníamos que estudiar tanto.

John, el más inteligente de la clase y que se sentaba en la fila de al lado, un buen día le preguntó a la profe delante del grupo que por qué ellos eran diferentes, pero ella dijo que después nos respondería. Tiempo después la profe nos explicó que había unas personas que nacían con unas características diferentes, y que esos niños estaban en la escuela para que los ayudáramos porque podían aprender al igual que nosotros; pero a pesar de eso, nadie sabía cómo acercarse a ellos y a veces nos daban miedo. Algunos niños como Luis y Miguel, que siempre nos molestaban a todos, se burlaban casi siempre de los de las “mesitas” porque podía pasar que se hicieran chichí sin avisar, o porque a veces gritaban y no dejaban que los demás escucháramos la clase; porque con sus juegos se volvían agresivos; o ensuciaban y regaban las cosas por todo lado. En realidad se veían muy diferentes al resto, pero yo no creo que fuera para tanto.

Había clases en las que ellos no podían estar. En educación física, por ejemplo,  los ponían a realizar otras actividades porque al profe y al curso nos daba miedo de que se cayeran o se golpearan con algo y además no sabían jugar con el balón. En artes les daban los materiales pero nadie les revisaba, así que ellos pintaban imitando lo que hacíamos hasta que se aburrían. Otras veces era gracioso ver cómo resultaban pintándose las caras o probando a qué sabían las pinturas. Cuando nos leían cuentos a ellos los llevaban a dormir o los ponían a ver una película, y así pasaba con otras actividades en las que ellos no podían participar.

Unos meses después de iniciar la escuela nos presentaron a Juan Carlos, un profesor que iba a enseñarles a los profesores. Juan Carlos quería que todos aprendiéramos y pudiéramos compartir las clases sin problemas, así que él le enseñó a la profe Ana a crear actividades diferentes donde nos juntáramos con los niños de la parte de atrás. Después de esas semanas con el profe Juan Carlos, la profe Ana dijo que todos debíamos hacer un esfuerzo para cambiar y así fue como un día ella empezó a mezclarnos a todos.

Al principio no nos gustaba, porque los  niños de las mesitas no nos querían mucho y nos tenían como miedo. Tampoco para la profe era fácil, y tuvo que irnos enseñando que entre todos podíamos ayudarlos a aprender. Entonces nos sentábamos en las mesas y les mostrábamos cómo tomar el lápiz y cómo colorear sin salir de la raya. Luego, en los descansos, los dejábamos jugar con nosotros al fútbol y teníamos más cuidado de no golpearlos. No eran buenos  jugando, pero se divertían y hacían movimientos graciosos que a todos nos hacían reír.

A Camilo, por ejemplo, le gustaba mucho jugar conmigo. Empezamos a pasar mucho tiempo juntos porque yo le tenía paciencia; y a él le gustaba que yo le pasara el balón despacio y que me riera cuando él se tropezaba intentando devolver la pelota con patadas. También le enseñé a usar el tambor en las clases de música que nos daban, y después de un tiempo le dije que tenía que escribir su nombre porque ya estaba muy “grandote” y que ya era hora de que marcara los cuadernos y evaluaciones. Así que yo ponía la mano sobre la suya y escribíamos “C-a-m-i-l-o” una y otra vez hasta que él pudo hacerlo solo.

Entonces Camilo se volvió mi amigo inseparable. A veces lo acompañaba hasta cerca de su casa; o íbamos juntos a la escuela. A él se le seguían dificultando muchas cosas, pero había dejado de ser agresivo y ya no estaba tan solo. Descubrimos que era bueno pintando, que hacía unos dibujos raros y bonitos que el profe Juan Carlos mostraba en otros colegios. Hasta John, Luis y Miguel  junto con  otros se habían hecho buenos amigos de él y de los niños de las mesitas. Entre todos nos la llevábamos bien. Dejamos de verlos como bichos raros porque sabíamos que ellos tenían dificultades para hacer cosas y nosotros tampoco podíamos hacer otras; notamos que al final podíamos ayudarles mucho y que eso nos hacía sentir bien porque estábamos aprendiendo unos de otros.

Profes

Ana

Nunca antes habían llegado tantos niños del proyecto de inclusión al salón de 4° grado. Los habían dispuesto para cada grupo de acuerdo con la edad y el nivel al que deberían pertenecer. Así resultaron en el salón 5 niños de condiciones especiales más los 35 que cursaban regularmente.

El salón que nos habían asignado estaba cerca del patio porque si algo pasaba podía tenerse acceso rápido a la enfermería. También tenía ventanas grandes, lo que permitía que padres o profesores que estuviesen cerca pudieran estar, también, pendientes de ellos. A su vez, las ventanas servían para que los niños se distrajeran hasta quedar dormidos cuando ya parecía haberse agotado los recursos.  Pedíamos juguetes para entretenerlos y materiales de niños más pequeños como plastilina, crayolas, algodón, muñecos de peluche y más, para ponerlos a hacer algo. Además, pedíamos doble muda de ropa, pañales, elementos de aseo y a veces comida especial, para evitar y solucionar las contrariedades que día a día no paraban de surgir.

Los niños no eran los únicos que sentían aversión por los que yo había decidido sentar en la parte de atrás del salón en unas mesitas grupales. Los había apartado porque me causaba temor mezclarlos con los otros niños. Además, desde el tablero podía controlar qué estaban haciendo, y cuando veía que algo ocurría, como una pelea, o gritos, o que se empezaban a aburrir, entonces los llevaba al patio y los dejaba jugar con balones u otras cosas. Me desconcertaba tenerlos así  y muchas veces me frustraba no saber cómo llegarles  a pesar de que algunas compañeras me habían dado algunos consejos. Sencillamente tener a cargo 40 niños no era algo fácil para mí, así que prefería tratarlos con cuidado y evitar que los demás niños se burlaran o les hicieran  daño.

John, uno de los más inteligentes y juiciosos preguntó una vez, en frente del grupo, por qué esos niños eran diferentes y los acusó de oler mal y de pasarla jugando todo el tiempo. Los demás chicos se juntaron y decían cosas como que Mariana gritaba mucho, que Camilo olía mal, que Javier se orinaba, que no dejaban escuchar nada cuando les daba por jugar,  y algunos se burlaban. Yo los regañé para que no los molestaran, y les dije que estaba mal juzgar a los demás, pero no sentí que hubiera hecho suficiente.

No eran preguntas fáciles de responder. No había una manera suave para decirle a los niños que a Camilo tenía “algo” que lo hacía ver “diferente” a los demás, que sus habilidades eran reducidas en comparación a los otros niños, fueran de la misma edad o más pequeños que él, y que sin duda su enfermedad era un tabú para muchos que apenas nos enfrentábamos esa realidad. El síndrome de down era un concepto demasiado fuerte que nos predisponía a que todo lo malo podía ocurrir; era un mundo desconocido al que temíamos y que habíamos esquivado por años, dejándoselo a instituciones especializadas o a esas profesoras que habían estudiado cómo atender este tipo de personas. Y ahora, que lo estaba enfrentando, ni siquiera tenía la certeza de cómo podía acercarme a ellos, o cómo podía enseñarles las mismas cosas que a todo el grupo en conjunto, o tan siquiera enseñar algo que les fuera útil.

Además de Camilo, había otros niños con diferentes patologías que también lograban desconcertarme. Mariana sufría de episodios de esquizofrenia y a veces reaccionaba mal cuando se le decía qué hacer. No le gustaba mucho la gente, y a veces se enfurecía sin razón aparente. Julián y Cristian, tenían cierto grado de dispersión o dificultad comprensiva leve que hacía que tuviera que estar pendiente de que escribieran, de que no confundieran las letras y de que estuvieran comprendiendo lo que se estaba explicando.

Todo se había vuelto complejo desde la adopción de la inclusión en las escuelas. No había a quién consultarle qué hacer, ni tampoco contaba con el tiempo para investigar cómo podría mejorar. Así que les otorgaba material para poder entretenerlos y en los ratos en que podía asistirlos intentaba ponerle retos dentro de sus pequeños ejercicios y con ello podría luego buscar como evaluar algo que llamaba “proceso”.

Cuando llegó el proyecto de Todos a Aprender lo recibimos con escepticismo. Nadie sabía lo difícil que se había vuelto todo y la desesperanza que nos acompañaba al trabajar. Los que soñábamos con  que  la educación cambiaría el país y el mundo habíamos decidido renunciar a ese sueño y más bien procurar “arrastrar” a los más hábiles para que al menos dieran la cara por el trabajo que hacíamos con grandes esfuerzos. Con la llegada de ese proyecto dotaron al Efe Gómez de muchos libros, de materiales que podíamos usar en el aula. Pero seguíamos con la dificultad a la hora de implementarlos, en cómo usar esos libros con los niños con capacidades especiales. ¿Para qué el material, si iba seguir guardándose en la biblioteca? Pensaba.

A la llegada de Juan Carlos todo empezó a cobrar sentido. Él era uno de los tutores del programa. Luego de mirar cómo estaba cada salón y cómo llevábamos el proceso, se puso en la tarea de reunirnos a todos para que buscáramos estrategias que nos sirvieran. Sabíamos que esa era nuestra realidad, que debíamos agarrar nuestras herramientas y encontrar la manera en que todos aprendieran de verdad. Que luego de empezar a implementarla debíamos trabajar en mejoras, día tras día.

Entonces empecé a juntarlos todos. Quitamos las mesitas y aunque al principio les costaba mucho estar juntos, poco a poco fueron entendiéndose. Se ayudaban entre sí, y lograron hacerse amigos unos con otros. Salían al descanso y jugaban. Nos emocionaba mucho la amistad de Cristian y Camilo porque en los descansos reían jugando fútbol, en las clases se ayudaban y a veces le mostraban confianza a los otros. Pero lo más emocionante era ver cuando llegaban en la mañana, se alegraban de verse y se unían en un abrazo.

Estas escenas fueron conmovedoras y nos llevaron a querer mejorar cada vez más. Ampliamos las primeras ideas a todas las áreas y a través de la música y las artes, los niños del proyecto iban descubriendo cómo potenciar sus capacidades. Para la lectura, la comprensión e interpretación trabajamos con el maletín rojo, y con la ayuda de títeres representábamos los cuentos que leíamos. Nos fue difícil, al principio, pero los niños de capacidades especiales y los demás se sentían tan atraídos que seguimos perseverando.

Sé que aún nos hace falta mucho por investigar. Que sin lugar a duda no hay un final para todo lo que se está haciendo por la educación y para que los maestros volvamos a retomar los sueños que teníamos cuando empezamos a ejercer. Todos a aprender nos hacía pensar en los niños, en que era tarea de ellos conocer los temas que les asignábamos; pero en realidad son los padres, los maestros y todos los que día tras día debemos ponernos de tarea aprender cada vez más.