Leonilde

Leonilde vivía en las diferentes fincas de la vereda La Unión. Fue así, desde el derrumbe que hubo de su vereda por allá en el 2000, como su casa quedó sepultada y sus cultivos arrastrados muy lejos de sus bienes. Sus familiares que vivían en la ciudad jamás se enteraron porque no fue un acontecimiento de televisión; algunos vecinos murieron y otros corrieron con la misma suerte de Leonilde: viviendo en fincas que los acogían como empleados o trabajando en una y en otra para poder ganar la comida y la dormida del día.

Después de varios meses de trabajar recogiendo café, arrancando la maleza de los cultivos, abonando y cultivando las tierras de varias fincas, Leonilde llegó a ser tan bien recibida en la casa de Margarita Casas que se quedó finalmente a vivir allí. Todas las mañanas Leonilde se levantaba a las 5 de la mañana, prendía las velas al Divino Niño, rezaba el rosario a La Virgen de Chiquinquirá y se iba a recoger la leña para hacer el desayuno. Luego sacaba las vacas a pastar, recogía los frutos de los árboles, ayudaba con el almuerzo, traía las vacas al corral, rezaba nuevamente y dormía.

En las noches soñaba con el Divino Niño, y al día siguiente le contaba a Margarita como el Divino Niño venía en sus sueños y le decía que iba a ser muy feliz. Luego ella sentía que la tocaba y amanecía con chupones alrededor de su cuello que el Santo le había hecho. Otras noches soñaba que veía su tierra derrumbarse de nuevo y estaba ahí el Divino Niño que la había salvado, lo tomaba entre sus brazos y sentía como éste mamaba hasta hacerla sentir dolor. Al otro día tenia los pezones llenos de morados, que le había hecho su dios.

Margarita pensaba que Leonilde se hacía esas heridas para llamar su atención, que era demasiado devota, que le gustaban los niños pequeños o que pasaba las noches masturbándose. Así que le pidió que durmiera en el mismo cuarto que ella para estar pendiente de lo que hacía, de sus fantasías o tal vez trataría de cuidarla de algún trabajador de la finca que estuviera aprovechándose de ella en las noches.

Leonilde después de rezar se dormía profundamente. Al rato su respiración se agitaba y empezaba a sudar, gemía un poco y luego con sus manos empezaba a masturbarse. Sin embargo, luego de un rato empezaba a susurrar y su cuerpo se estremecía ya no de placer, sino de dolor. Se veía como si le golpearan, como si hubiera alguien más que la torturara. Pero no había nadie.

A la siguiente mañana Leonilde contó los mismos sueños, pero sus heridas estaban en la cara y esta vez el Divino Niño le había pedido en sueños que se fuera con él.  Ese día, al caer la tarde los trabajadores encontraron a Leonilde muerta, colgada de uno de los árboles de mandarina, su cara no revelaba algo distinto a haber muerto más que satisfecha.

  • caycedo

    wow