José

“Le había secado desde adentro para no volver nunca más a germinar”. Había dicho José, al mayor de sus hijos, recordando la muerte de Elvira, su mujer. Su hijo confuso le miraba esperando una explicación, pero al ver los ojos de su padre evitó preguntar y tomando sus brazos lo acercó hacia su pecho y le consoló.

No había una explicación lógica para la muerte de su madre. No sufría de ninguna enfermedad y siempre se le había visto fuerte y alegre. Al menos eso recordaba Ricardo, quién un año atrás había abandonado la hacienda para ir a la ciudad y vincularse a la policía. Decidió fugarse de su casa cuando se enteró de que su padre mantenía relaciones con las empleadas de la finca, y que además maltrataba a su madre cada que llegaba borracho con sus amigos, mientras él recogía café o estaba en la escuela. Su promesa en ese entonces había sido que trabajaría y haría una vida para poder llevarse a su madre y a sus hermanas lejos de José  y nunca más volver a verle. Nada había resultado como esperaba.

Decía Rosa  -su hermana menor- que su madre había estado muriendo apresuradamente unas semanas atrás, luego de que su padre llegara con varias mujeres del pueblo y de haberles dado posada por más de una semana, en que trabajadores y amigos de él mantuvieron cerrado el lugar enfiestándose y comiendo. Ni su mamá, ni sus hermanas habían interrumpido la juerga de José, porque sabían que no tendrían donde ir, y que si intentaban algo sería mucho peor el castigo, pues no era solamente José quién podría tomar cartas en el asunto; cada uno de los hombres que estaban con él, y aun las mismas mujeres, podrían tomar cualquier clase de represalias contra ellas.

Decían que le habían hecho brujería y que por eso Elvira iba muriendo de esa manera tan extraña en que los médicos no encontraban una enfermedad y ningún medicamento lograba detener la degeneración que sufría. Primero fueron apareciendo moratones por el cuerpo, unos arañazos alrededor del cuello, que ella atribuía a las pesadillas en que veía los ángeles querer llevársela al cielo. Luego empezó a dejar de comer y su piel se fue marchitando, sus ojos se llenaron de ojeras, fue dejando de hablar y postrada en cama durante días comenzó a morir, sin  forma alguna de acabar su sufrimiento.

Las fiestas que venía realizando José solo se detuvieron dos días antes de que su esposa muriera. Esa mañana había despertado en cama ella, y le había visto toser desesperada hasta vomitar en una de las micas que estaban debajo de la cama. José intentó acostarla de nuevo, pero cuando la tocó, bajo sus manos sintió el temblor y la languidez apoderadas totalmente de ella. Al encontrar su mirada reconoció el odio y la tristeza que había pretendido apagar bajo los efectos de algunas bebidas, a las que la había obligado a participar, en noches en que en su mente le había hecho cometer las peores aberraciones a las que estaban acostumbrados sus amigos con su mujer.