María

Recuerdo que se estremecía el piso, como si se fuera a desatar una catástrofe, como si el Apocalipsis hubiera llegado y la única manera de huir de él fuera apegarse a ese suelo en falso construido sobre otro piso. Así estábamos: asustados, nerviosos, las lágrimas asomaban y nos mirábamos suplicando algo que aun no entendía a ciencia cierta pero que sabía estaba mal. Mi hermanastra me tomó de la mano y me indicó que lo mejor era esconderse debajo del armario de mis papás, que permaneciera ahí hasta que todo pasara, pero que no abriera los ojos y me tapara bien los oídos. Entonces la puerta se abrió fuerte. El piso temblaba, o tal vez era toda ella, toda yo.

Supongo que es un problema con el que viven muchas personas. Es a penas normal que no sea la única. Ahí estaba debajo del armario obedeciendo a mi hermanastra, temblando un poco sin dejar de aferrarme al piso como ella me había dicho, tratando de calmarme bajo sus brazos, imaginando que no estaba ahí, y que si estaba, pronto vendría algún héroe a rescatarnos y a librarnos de esa maldad.

¿Sería el héroe igual a Augusto? ¿Tendría los cabellos rubios como Justin o sería moreno como el muchacho de la tv? Ojalá y no fuera como Kevin, que gustaba disfrazarse de Tuxedo Mask para enamorar a Molly. Y mientras lo pensaba el suelo resonó en todo el apartamento y abrí los ojos. Miré a mi hermanastra que aun permanecía acurrucada junto a mí, tapándose las orejas y apretando fuerte los ojos para no ver cómo se derrumbaba todo.

Entonces miré si a mi alrededor había alguien más, pero estábamos solas. Las camas permanecían intactas, los juguetes en el mueble de siempre, el oso gigante en la sillita, los libros sobre el escritorio. El televisor apagado reflejaba los cuadros de las paredes, intactos. Las cortinas rosadas puestas y la luz del poste brillante que se filtraba por ellas.

Miré nuevamente a Mariana para ver si abría los ojos, pero en vista de que no se movía decidí salir de la habitación para ver qué sucedía. Me deslicé suavemente hacia la puerta intentando no perturbar más a mi hermanastra, mientras iban cayendo lágrimas de mis ojos sin razón aparente. Nada se estaba despedazando. No había puertas, ni ventanas, ni escombros en el suelo. No había fuego, no se caía el techo, la sala seguía en pie y las sillas permanecían en orden. Pero el suelo seguía temblando.

Pensé que todo estaba en mi mente, que quizá Mariana estaba jugando conmigo y que solo debía esperar a ver cuál era más fuerte y permanecía en esa posición por más tiempo. De repente, vi caer a mi heroína en el otro extremo, y el piso se agitó de nuevo. Había caído con fuerza, empujada por un gigante al que habíamos llamado héroe, pero que parecía no venir a salvarla. Estaba ahí, parado a su lado, ahogado en alcohol diciéndole a gritos cosas que ni ella entendía. Destapé mis oídos para escuchar pero no podía hacerlo, estaba llorando tan fuerte que no podía escuchar nada más. El héroe seguía ahí, dándole una profunda golpiza en el vientre a la mujer que vestía como heroína. Estaba descontrolado y mientras gritaba cosas de otro mundo no paraba de pegarle. Corrí lo más rápido que pude para detenerlo. Mi hermanastra corrió detrás de mí e intentó agarrarme, pero el héroe al escuchar los ruidos volteó su rostro para mostrarme que todo el mundo se había derrumbado en ese instante.