Daniel

Difícil, me decía. No entendía por qué para él era tan complicado darme el dinero del viaje que quería para mis quince años, pero por más que intentaba persuadirlo, no obtenía algo más que un “difícil”.

¿Difícil? Ya había sido complicado lidiar estos 14 años trasteando de casa en casa después de cada pelea entre mis papás, conviviendo en ese colegio por más de 8 años, escuchando los mismos regaños a diario, las mismas prohibiciones, la misma mierda.

Daniel seguía sentado ahí,  en la fila de la ventana. Todos los días me fijaba en las groserías que dibujaba sobre el pupitre. Ya sabía de antemano que le gustaban las cucas, los culos y las tetas bien grandes.  Que le gustaba Mariana, la novia del mejor amigo, que escribía a veces su nombre y lo borraba y encima reteñía un “Qué mira sapo” y se reía.

Me odiaba. No le había caído en gracia tener que sentarse a mi lado para que pusiera atención a las clases y dejara de desesperar a los maestros. Sus amigos se burlaban de él diciendo que iba a terminar lleno de acné como yo, o que un día nos íbamos a casar y a tener murciélagos por hijos. Yo esperaba que dejara de hacer mala cara e insultarme cuando teníamos que hacer trabajos, le tenía paciencia porque sabía que en medio de todo me miraba las tetas por encima del uniforme. Sabía que al menos un día iba a querer tocarlas.

Difícil era ver todos los días a Daniel, sentirlo tan cerca, oler su sudor después de los partidos de fútbol, de ver sus manos sucias, de ver cómo se copiaba en los exámenes, de ver los primeros bigotes y vellos en sus piernas. Difícil era que Daniel por lo menos quisiera jugar la verdad o se atreve conmigo. O que cualquiera quisiera al menos darme un beso.

Me atrevo. Fue raro sentir su lengua suave moverse dentro de mi boca, yo trataba de seguirla con la mía pero era torpe. Creía que lo perseguía por un gran bosque como si escapara de mí. Eran babas y babas haciendo ola dentro de mi boca y yo no sabía que sentir. Quería que supiera que olía bien, que me gustaba bañarme los dientes con más frecuencia que la suya y que mi boca era un deleite, como era la suya para mi. Contaron 3, 2, 1 y se acabó. Me miró a los ojos profundamente y se limpió la boca con el brazo, me miró de arriba abajo y se fue.

¿¡Difícil!? Mi papá no sabía qué era eso. Habían pasado semanas en las que Daniel se había burlado de que no supiera besar. Habían pasado semanas en las que Daniel había estado metiendo su lengua, su verga y sus dedos en mi boca. Habían pasado semanas en que Daniel se cansaba de mí, y una que otra vez lo veía besarse con otras niñas, mientras  manteníamos nuestro pacto de silencio. Habían pasado semanas en que veníamos esperando la plata de mi viaje para que pudiéramos ir a “ese” lugar donde nos recomendó Mariana. Semanas en que se multiplicaban mis apodos y ya había pasado a ser la “nueva gorda”, la nueva “desescolarizada” la nueva “pobrecita” de mis compañeros y de mis maestros. ¿Difícil?