Andrés

“Te prometo que nunca te voy a olvidar”.

Recuerdo que nos empezamos a hablar durante la clase de inglés porque nos habían obligado a hacer un dialogo. Andrés me parecía atractivo, y cuando se reía la nariz se movía hacia los lados, sus bigotes se estiraban y sus dientes desordenados y grandes se salían un poco. Se reía de mí, y entre mis desastres con el inglés y posteriormente con los ejercicios de latín, fue que nos volvimos amigos.

Tenía 5 años cuando aparentemente su vida cambió. Le gustaba espiar a las mujeres de la casa cuando se cambiaban de ropa. Quizá ni él sabía a ciencia cierta por qué lo hacía, pero recuerda pensar en la belleza del cuerpo de su mamá y en lo diferente que se veía del de sus primas y la enorme diferencia con el de su abuela. Espiarlas era algo que no podía evitar, le gustaba ver los senos de ellas, su vello púbico sedoso o puntiagudo, corto, largo, canoso; las miraba mientras se vestían y acomodaban las nalgas entre los calzones, cuando ajustaban el brasier para que las tetas se vieran levantadas y redondas, sin que sintiera alguna excitación aparente. Al verlas se preguntaba si algún día él tendría unas tetas, y si serían tan bonitas como las de su mamá, o si serían puntiagudas y morenas como la de su prima mayor. No entendía cómo hacían para ir al baño si no tenían un pene como él.

La mañana en que todo cambió para Andrés, despertó temprano para poder espiar a su madre cuando saliera del baño. Se escondió bajo la cama y espero a que llegara con la toalla y se desvistiera una vez más. Claudia entró en su habitación y empezó a ponerse la ropa interior. Sin embargo, esta vez era diferente, tenía que introducir sus dedos y ajustar un tampón en su vagina, así que se agachó, abrió las piernas y metió sus dedos con aquel algodón hacia dentro. Andrés veía la vagina de su madre casi al frente de su cara y no pudo evitar gritar horrorizado. Al notar que el niño estaba ahí, Claudia lo tomó entre sus brazos y le propició la primer y aterradora golpiza  que  jamás pudo olvidar. «Espiar a tu mamá y a cualquier mujer mientras está desnuda está mal, si lo vuelves a hacer te va ir peor».

A Andrés le siguió gustando espiar a las mujeres cuando se cambiaban, a veces nos pedía que lo hiciéramos y le gustaba la forma del cuerpo y los calzones que usábamos con Cristina, pero nunca llegaba a excitarse. Esos momentos para él era como visitar una exposición: comparaba nuestros cuerpos, le molestaba las tetas a Cristina, me agarraba la flacidez del culo, nos decía cómo nos veríamos mejor, nos hacía costuras en la ropa y nos ayudaba a pintar el pelo.

Andrés fue sin duda el mejor amigo que hubiera podido soñar.