Carlos

Me gustaba que me dijeran “Mari” en el salón, en vez de Maritza. Todos los que me conocían me llamaban así, a excepción de un par que nunca habían cruzado palabra conmigo. Junto a mí se sentaba siempre Carlitos, tan pequeñito que su cabeza apenas me llegaba a los hombros; su pelo tan rubio, su cuerpo tan delgadito, tan frágil y tan enclenque me hacía pensar que tenía unos 10 años y que no tendría ni siquiera un pelito allá, dónde sabemos.

Todos en el salón sabían que Carlitos estaba enamorado de mí. Me hacía los exámenes de matemáticas, me gastaba onces un par de veces a la semana y otras veces simplemente le dejaba que me agarrara un poco las tetas y el culo. No lo hacía por mala, en realidad yo sentía que eso le gustaba y lo hacía feliz y a mí me ponía más contenta cuando veía las notas en mis exámenes. Nos decíamos que nos queríamos, pero cuando él intentaba besarme le huía a sus labios resecos y a sus dientes torcidos, a su aliento de pasto y a sus manos de niño.

Todas las tardes acompañábamos a Carlitos a esperar que lo recogiera Alejandro, que venía manejando un colectivo rojo: por ser el mayor tenía que ayudarle a su papá a hacer viajes hasta la noche, entonces aprovechaba y recogía a su hermanito pequeño y sus amiguitas para llevarnos de camino a la casa.

En una de esas tardes cuando Alejandro los había dejado a todos le pedí que me dejara hacer un viaje completo con él; nuestra ruta fue “Isla del sol- Cortijo”. En el camino fui su ayudante y recibía lo de los pasajes, le avisaba cuando se iban a bajar y si había visto a alguno estirar la mano del que él no se hubiera percatado antes. Y mientras él conducía metía su mano debajo de mi falda y movía los dedos adentro, como si me condujera también, hasta llegar al paradero. Estando en el Cortijo estacionó en el último rincón, donde otros colectivos también con la luz apagada y música disfrutaban del hedor que acostumbran dejar algunos pasajeros. Nos desvestimos en los últimos puestos, sobre las sillas aun calientes y dejamos mucho más que el olor y el sudor abandonado por cualquier viajante.

Desde entonces Carlitos no era el único que esperaba paciente la llegada de su hermano al medio día. Estaba ahí, con él, ansiosa por que Alejandro me llevara una y otra vez a hacer su ruta. Veía los ojos de Carlitos y pensaba en cómo debía haber sido Alejandro dos años atrás, si serían iguales o si era yo la que estaba imaginando que en cada oportunidad me llevaba a Carlitos a las sillas de atrás para descubrirle su cuerpo impoluto, a decirle groserías y tocarle esas partes que seguramente nadie le había visto antes.

Entonces llegaba Alejandro con sus manos agrietadas por descuidos al hacer el mantenimiento del carro, su sudor seco sobre la frente que lo hacía lucir mayor y sucio; sus crespos hechos de gel y su loción de revista me conducía una y otra vez al orgasmo mientras él manejaba.

— ¿Puedo bajarme los calzones mientras conduces, o me verán desde la calle? ¿No? Mete los dedos adentro, así. Un poco más duro, como si me rascaras. Eso. Creo que te he dejado mojada la silla. Ven, hazme un poco más así, como rascando, ven vamos para atrás.

Había empezado a desconfiar de él cuando estando en el baño a punto de depilarme y con las piernas abiertas frente a un espejo, fui abriendo los labios de mi vagina para descubrir lo que parecían pequeños gusanitos que mordían tratando de alimentarse de mi sangre y yo rascaba incesante hasta que en las uñas encontraba partecitas blancas que me había arrancado; ampollitas blancas que habían venido apareciendo semanas atrás y que no dejaban de arder al mínimo roce con el calzón. Vi entonces a mi lado al ser tan asqueroso que conducía el colectivo: su mirada perniciosa me dejaba entender que no era la única que sentaba en la cabina, que sus granos de acné en el pene no eran de eso, o producto de grasa, que ni siquiera era yo la única en la que introducía sus dedos grandes, amarillos como si se fuera despellejando dentro de mi.

Me encargué al día siguiente de hacerme la pasajera inolvidable, la que más recordaría en sus sillas, la que vería una y otra vez en cada mañana y cada noche, la que arruinaría su fe en la única promesa que tenía su familia de un mejor futuro. Entonces, cuando íbamos dejando a todos en sus casas tomé de la mano a Carlos y lo conduje al último rincón. Le dije cuan infortunada había sido por no haberme dado cuenta de mis verdaderos sentimientos hacia él, y en las últimas sillas calientes del colectivo, le hice parte del festín que compartíamos con su hermano.

  • Wilmer Grandison

    Me gusta el cuento, pero deberías ampliarlo un poco más se ve interesante, por favor dale un final a esa historia, no me dejes con una incógnita.

  • Julián

    Muy buena historia, me transportó por completo a la escena de los hechos

  • Grand & Son

    Pienso que tu historia pudo ser más explícita, pero de resto no estuvo muy descriptiva.