Luis

Después de la mañana del 15 de mayo todas han sido lo mismo para Luis.

Se levanta, cojea un poco hasta el baño, se cepilla los dientes que le quedan y se baña con agua fría lo más rápido posible porque sus 4 hijos están esperando para alistarse e ir al colegio. Podrán ser pobres pero son una familia honrada y limpia, siempre dice él.

Como todas las mañanas Luis se toma una aguapanela y le comenta a su mujer la incomodidad que le genera la pierna derecha todas las noches, de cómo se siente molesto cada vez que duermen juntos y ella le roza sin querer. Le cuenta que por las noches tiene pesadillas y que esta mañana se ha fijado que al bañarse la pierna parecía no tener frío ni sentir el agua correr por ella. Ella lo escucha atenta y trata de calmarle su irritación disculpándose por su torpeza durante la noche; lo besa y lo sigue escuchando quejarse.

A eso de las 11 de la mañana, luego de que su mujer se ha ido a limpiar las casas de sus jefes y ya cuando sus hijos están recibiendo el refrigerio escolar, Luis empieza a recordarlo todo. Apenas un año atrás él trabajaba cargando bultos de cemento y pañetando las paredes en una construcción de un edificio al sur de la ciudad. Su sueño era en ese entonces pedir un préstamo para comprar un apartamento de aquel edificio, y no seguir viviendo en el inquilinato donde había estado los últimos años. Se imaginaba a sus hijos en diferentes habitaciones, a su mujer en una cocina independiente y a él mismo tratando con mejores vecinos y quizá jugando rana con ellos todos los fines de semana.

Cuando Luis despertó del sueño estaba en un hospital de Bogotá. Lo habían atendido por la aseguradora de riesgos profesionales que le costearía el tratamiento por la fractura de la tibia y el peroné que sufrió al caerse del andamio de un décimo piso mientras estaba soñando. Le pusieron el material de osteosíntesis y lo mandaron a la casa a esperar el tratamiento a seguir.

Luis recordaba cómo había aguardado por más de dos meses su tratamiento. Recordaba los huecos que le habían quedado en la pierna y que parecían nunca querer cerrarse, y de las veces en que hurgaba en ellos hasta que le salía pus. No había olvidado las manos con magulladuras del mayor de sus hijos que había cortado un palo de escoba y unos tubos de pvc con la segueta del vecino, para regalarle un bastón que usó para poder caminar, para ir a la ARP y preguntar por su tratamiento, para dar una vuelta por la construcción cada mes para que El Arquitecto le pagara por el tiempo de incapacidad lo que pudiera, ya que hacía meses que había dejado de pagar los aportes del seguro de sus empleados.

¿Dónde estaría el bastón ahora? Luego de pensar en dónde terminó dejándolo se acordó del primer día en que entró a terapias: El Doctor Forero y las fisioterapeutas se lo habían quitado ese mismo día porque según ellos era antihigiénico y estaba mal cortado para su altura; no era ni siquiera un bastón, era “un palo casi que de recogedor sucio”. Los veía en su mente burlándose junto con otros médicos sobre la creatividad de su hijo mayor; sentía el tacto de las manos frías del Doctor Forero que le había examinado la pierna y le había dicho que el material que tenía no le estaba ayudando porque el cuerpo lo había rechazado y le estaba generando podredumbre. El Doctor Forero le recomendó contactar al médico que lo había operado para que él se hiciera cargo ya que no era responsabilidad suya, así como tampoco lo era el desnivel en sus hombros por el uso inadecuado de su casi bastón. Tocaba ver que se hacía por la pierna porque del resto no se ocupaban ellos, ya que era una consecuencia de mucho tiempo después del accidente que, según ellos, era prácticamente provocada por el regalo de su hijo.

Días después de haber comenzado terapias, Luis entró a cirugía en la madrugada. La pierna le había empezado a supurar en la noche como nunca antes, su esposa había intentando toda la noche secar con papel higiénico la materia y resignada terminó llenando casi 5 onzas de pus; no porque fuera lo correcto, sino porque había aprendido que en los hospitales es mejor llevar una prueba que le ayude a acelerar la fila en la sala de espera.

Entre los desvaríos por la fiebre no recordaba cuanto tiempo había esperado a qué lo atendieran. Apenas recordaba las lágrimas de su esposa que le decía que por favor hiciera el intento de leer las hojas que le habían puesto a llenar porque ella no sabía qué decía; pero por más que lo intentaba, él seguía soñando con el apartamento donde vivirían apenas se recuperara de su pierna. Los veía a todos reunidos en una sala; la veía a ella usando el delantal en su propia cocina, feliz de verlo llegar con lo del desayuno. Los niños estarían felices porque no escucharían más los ronquidos de su papá y la niña estaría contenta de poder traer a sus amiguitas y de que sus hermanos no le cogerían las muñecas sin permiso. Él por su parte pensaría en construir los muebles de la cocina y le pediría a su compadre que le ayudara con lo que hiciera falta.

En ese desvarío el Doctor Martínez avisó de manera culta a la esposa de don Luis el riesgo de retirar el material de la osteosíntesis y, en el afán de que por fin sería atendido, Mariela Gutiérrez puso la “X” y su huella en el papel que estaba lleno de letras incomprensibles, en las que apenas reconocía el nombre de su esposo L-u-i-s qué había aprendido a distinguir las veces que lo había visto firmar. Finalmente, era lo único que podía hacer por su marido.

En medio de la cirugía los médicos descubrieron que el material de osteosíntesis que le habían puesto era un material descontinuado y de mala calidad. Se habían graduado unos días atrás y justo ahí detectaban su error de inexperiencia en la pierna de Luis. Pensaban una y otra vez en que habían pasado el examen que les había hecho el profesor de medicina y no se acordaban a ciencia cierta cuál había podido ser el error. Cuando empezaron a retirar el material descubrieron que los clavos que le habían puesto en la tibia y el peroné habían generado una especie de “gangrena” en los huesos y esta infección estaba subiendo de manera tal que casi alcanzaba la totalidad de la rodilla. Palparon la piel blanda y la carne estaba llena de porosidad como un colador que dejaba ver pedazos de muerte en su cuerpo. La decisión ya la había tomado la esposa, si no se cortaba la pierna Don Luis podría morir en unos pocos días víctima de la infección que ya debía estar corriendo por sus venas.

  • Julián

    Pura realidad al 100%
    Es lo que viven miles de colombianos como consecuencia de funcionarios incompetentes y negligentes
    Excelente historia

  • Recoleta

    Jaaaa! Ahhh mijita, Jafitza soy yo!

  • May Sanabria

    ¿Pero dé dónde? ¡cuente!

  • Recoleta

    Heyyy yo a ud la conozco señorita… tema coyuntural el de su escrito, ¿que ciudadano de clase baja o media no ha padecido los horrores del sistema de salud en Colombia?