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Blog/ May Sanabria |
26 | Govinda |
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Por más que se le haga doble nudo en la estaca y se le amarren las patas de atrás y de adelante, Antonia siempre se escapa temprano todas las mañanas para vernos desayunar en la cocina. A mí me gusta Antonia porque tiene un capul negro que nunca le crece, o al menos no se le ve crecer; unos ojos grandes con pestañas largas y unas orejas pequeñas y negras. Está cubierta de manchas negras o blancas, como la mayoría de sus parientes, pero ella es la única en todo Santa Rosa de Viterbo que tiene un par de mejillas negras, como si fuera la vaca más bonita del mundo. Tan pronto como Antonia es descubierta, todos sabemos lo que viene: la abuela Bárbara empieza a gritar y refunfuñar para que alguien se lleve a la vaca con las otras. —“¡Jusstee, vaca hijuemadreee! ¡José! ¡Gonzalo! ¡Efraín! ¿¡Que nadie se va llevar esta vaca jijuemadre a los corrales!? Hasta que alguno de mis primos la lleva a al corral y los demás tratan de explicarle a la abuela que mis tíos hace 2 años se fueron a la ciudad mientras que yo recibo un golpe de “Bizantino”, el palo que siempre acompaña en la mano derecha a mi abuela. Antonia fue uno de los regalos que dieron mis padrinos Joaquín y Elvira el día de mi bautizo, el año pasado, junto con unas cobijas de lana de ovejo puro y unas gallinas. A mi abuela le encantaba la idea de tener otra vaca más en el corral porque así tendríamos más leche para ordeñar; pero como yo no quería que Antonia fuera como las otras, me reventaron “la mula” un par de veces a “rejo”. La verdad al final no fue que yo no dejara, fue que mi mamá y mi abuela se cansaron de darme golpes y finalmente se habían acordado de que la vaca era mía. No querían causarme otro trauma después de la pérdida de mi papá. Lo supe cuando las escuché una noche hablar, mientras mi abuela le decía a mi madre que yo sólo iba a ser para problemas, que yo nací para formar peleas en la familia, que claro, que yo era pintaditíca a mi papá. Mi mamá la persuadió y así dijeron darse por vencidas y dejaron que yo decidiera qué hacer con Antonia. Luego de no dejar meter la vaca en el corral, mi mamá me dio permiso de dejarla al lado de los caballos, con la condición de que todas las mañanas debía sacarla a “pastear” y a las 4 de la tarde meterla nuevamente; además debía cuidarla si no quería que quedara embarazada y terminara junto con las otras en la cabaña para ordeñar. Esa fue la principal razón para que mi abuela dejara de hablarme, y aprendiera a pegarme sin aviso. Según ella, yo había retado el matriarcado de la hacienda y había puesto en duda su autoridad frente a los obreros que vivían en la casa y frente a las vecinas que de alguna manera se habían logrado enterar. Eso para Bárbara Becerra era imperdonable. Tantos años en los que ella había dirigido toda una hacienda de más de 20 fanegadas de tierra, más de 50 obreros, diez nietos, tres hijos varones y una mujer, y por supuesto el enorme negocio de La Leche Becerra. Todo lo que le había dejado su esposo Hipólito Becerra cuando falleció en manos de la criada que lo había envenenado con la misma leche con la que había cimentado su fortuna. Nadie sabe de verdad por qué lo envenenó la criada, o si fue realmente ella. Los obreros más viejos a menudo comentaban que había sido mi propia abuela la que lo había matado cuando descubrió que Vicenta, la criada, estaba esperando un hijo de su marido. Desde entonces se dice que el negocio quedó maldito, qué la vaca de la que sacaron la leche para el veneno murió la misma noche que el abuelo; que las vacas se enferman y algunas mueren en septiembre, cuando mi abuelo fue envenenado. Que muchas de las vecinas y gente del pueblo no compran nuestra leche, quesos ni yogures porque se mueren los infieles, que se mueren los niños, que se les tuercen los ojos a los perros; que mi abuela es bruja, que nosotros estamos malditos, que la hacienda se va echar a perder, que vamos a vender, etc. Una noche le pregunté a mi mamá si todos esos comentarios eran de verdad, a lo que ella contestó que nunca fue capaz de amamantarme porque sus senos se secaban hasta que le descubrieron mastitis, que es una enfermedad gravísima que les da a las mujeres y a las vacas con hijos; que yo nunca pude tomar leche porque se me hinchaba el estómago y me enfermaba y que cuando me dio paperas no me podían bañar en leche porque me agravaba. Mi abuela y yo solíamos tener una constante lucha en la que yo de alguna manera resultaba cuestionando su autoridad, hasta que aprendí a trepar los árboles rápido para que no me alcanzara a pegar. A veces desde allá le hacía muecas y me reía mientras la pobre vieja estallaba de ira y gritaba furiosa. Una vez hasta intentó derribar el árbol con un hacha, llamó a los obreros para que me bajaran, me lanzó piedras; hizo de todo mi anciana abuela, pero ya estaba muy vieja; era entonces cuando se acordaba de la existencia de Antonia y apenas yo la veía dirigirse a la choza de los caballos, me bajaba y dejaba que me diera la tunda. Otras veces, cuando no alcanzaba a huir de la muenda, o resultaba que ella se acordaba de que le debía una, entonces sentía la furia de “Bizantino” y las burlas de mis primos que siempre reían cuando mis dientes caían al piso. En realidad dejé de pintarme los dientes con marcador negro para jugar a que era “mueca” cuando mi abuela empezó a deshacerse de mis dientes de leche. Aunque es lo de menos que ella lo haga usando a “Bizantino”, porque a mí me asusta conservar en la boca algo que fuera de leche. Tenía diez años y me quedaba un diente de leche. Yo ya sabía que los dientes crecerían de nuevo porque lo había visto suceder una y otra vez en mis primos; solo a los hombres mayores y a la abuela no les volvían a crecer. Yo nunca había dado lugar a tener los dientes negros de caries porque mi maestra Josefina Mendoza me hacía lavármelos en los baños de la escuelita del pueblo, cuando los otros niños no miraban. A pesar de eso tenía muchos huecos en la boca porque mi abuela había hecho que se me cayeran dientes que aún no estaban listos para crecer. Mi sonrisa fue varias veces motivo de burla en la escuela y en el pueblo porque todos sabían que era mi abuela la que me “hacia divertir sangre” cuando le llevaba la contraria o cuando resultaba diciéndole historias y cosas del mundo que yo tenía en la cabeza, todo lo que yo dijera era llevarle la contraria. Era como si le hablara en otro idioma, decía. —Mire, Antonia, que si no le hubiera cortado yo misma el cordón umbilical diría que usted no es una Becerra. Si no fuera porque lleva mi sangre hace rato la habría sacado a patadas. Si no fuera por su mamá la habría mandado a un internado de monjas para que le cosieran esa boca sucia que tiene, para que le enseñaran a ser una señorita, a ser berraca para que algún día pudiera ocupar mi lugar. Pero no, no, Antonia, la señorita no quiere eso. ¡Ay! tan bonitica yo, y cargando el agua se me rompe el cántaro. Antonia, haga caso, ¿o es que usted no quiere a su mamá? Ella es la única en esta finca que la cuida. ¡Ja! La Becerra que no duerme donde duerme la familia, la Becerra que tocó hacerle una casa en el árbol, la Becerra que no le gusta que su vaca de leche. Muchachita, quite de aquí quesque como que le volteo ese mascadero y le hago divertir sangre, uche, uche. No me tuerza esos ojos así, Antonia, que ya sabe que acá le tengo a Bizantino. Así me trataba siempre que yo metía la pata. Las otras veces decía tantas cosas en medio del sonido del palazo que yo ni le lograba escuchar la voz. Lo único que sin falta escuchaba a lo lejos era el “muu” de Antonia, que no era el “muu” como el de todas las vacas, era un “muu” como si fuera el sonido de la vaca más talentosa de todo el mundo. Una mañana, la maestra Josefina me habló a solas en su escritorio. Me dijo que yo no debía seguir en esa casa, que un día me iban a devorar las moscas y los nuches de la hacienda. Que ella quería decirle a mi mamá que la dejara adoptarme, que ella me llevaría a Tunja para que estudiara y fuera médica, profesora o cantante, que ese talento no se podía desperdiciar, pero que yo debía salir como fuera de la hacienda. Por supuesto, mi mamá no estuvo de acuerdo y no me dejó volver a la escuela. Fue la primera vez que me amarraron de manos y pies en la casa-pieza que me habían hecho en un árbol para que no me escapara. Tener una casita así no era muy común en el pueblo: la había visto sólo en una película que pasaron un día por la televisión del colegio, donde un niño se enamoraba de una niña que vivía en un río grande de otro país, y la niña era una sirena. El niño tenía una casita así donde jugaba y pensaba en la niña sirena, y yo por eso quise una así, pero nunca encontré un río en Santa Rosa que tuviera un niño sireno. Sólo estaba aquella quebrada en lo alto del cementerio a la que no podíamos ir. Mi mamá y algunos obreros desde ese entonces empezaron a llevarme la comida a la casa del árbol, me daban mi huevo tibio, mi chocolate en agua y mi pedazo de pan. Luego regresaban a la hora del almuerzo y a la hora de la comida. Para ir al baño tenía que esperar alguna de esas tres visitas y me llevaban como si me sacaran a pastear. A veces, en mi “paseo al baño”, yo les decía que me dejaran ver a Antonia y revisaba que estuviera bien y que le dieran de comer, ya que, como yo no podía ir a sacarla, entonces los obreros le llevaban pasto pero no se hacían cargo de ella. Antonia me miraba con esos ojos grandotes y me decía “muuu muuu” una y otra vez. Yo a veces le decía en la oreja “muuu” para que supiera que le había entendido. Una noche le dije a mi mamá que fuéramos a ver a Antonia y, a pesar del pereque que puso, lo hicimos. Cuando llegué, Antonia estaba sangrando, y sus “muu” eran como los quejidos de las demás vacas. Antonia estaba pariendo un becerro y de ahora en adelante tendría que estar con las otras vacas. Sus mejillas marchitas que sólo producían el frío de Boyacá se empezaban a desdibujar, parecían las mejillas de las demás, sus ojos no eran más los de una vaca que disfrutaba llevarle la contraria a la abuela Bárbara, inmersos en el dolor del obrero morboso que la había hecho suya sabiendo que estaba amarrada en el corral. Su ubre mostraba que yo había sido descuidada y no había visto como la vaca se había hecho “señora”. Mi mamá avisó a los obreros para que ayudaran al parto y a la vaca que agonizaba. Así murió a media noche Antonia, luego de beber el vaso de su propia leche que le fue dado por su madre, Antonia.
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