Eugenesia ¿La ciencia va más rápido que la moral?

Gregory Peck interpreta al doctor Josef Mengele en The Boys from Brazil (Franklin J. Schaffner, 1978).

El laboratorio de humanos

Desde el inicio, la tarea del humanismo ha sido sacar al hombre de su estado animal, salvaje, para acercarlo amistosamente a los otros hombres por medio de una buena comunicación. Para alcanzar y ejecutar esa ilustre labor de amansamiento, su principal arma ha sido la lectura: la lectura de textos canónicos. Es a través del conocimiento de los clásicos como el hombre puede dejar el anfiteatro y abrirse a su verdadera y más noble humanidad.

Sin embargo, después de siglos de lucha, el humanismo ha encontrado recientemente un enemigo que no tenía previsto, un nuevo agente de barbarización. El desarrollo y la globalización de la sociedad de la información han firmado el fracaso y tal vez el fin del programa humanista que tomó por modelo las sociedades literarias, que ahora se revelan incapaces de organizar las estructuras políticas y económicas… sobre todo económicas, de la sociedad.

El humanismo, entonces, aparece impotente y deja ver otras facetas de su rostro: bajo la consigna del bienestar de todos y de la obtención de buenos y correctos seres humanos, se escondía también una técnica para alcanzar el poder.

Sí, finalmente la anhelada civilización vino, pero no sola. Con ella aparecieron la decadencia de las instituciones tradicionales, que tenían por misión sostener la elaborada construcción: la escuela, la iglesia, el ejército, la nación. Con el establecimiento de la cultura de masas en el mundo industrializado (la radio en 1918, la televisión en 1945, y principalmente la Web a partir de 1990) se han otorgado nuevas bases a la coexistencia entre los hombres y se ha desplazado el centro de gravedad del edificio humanista, que de hecho ahora parece haberse quedado sin centro.

La información ha arrasado, ha devorado todo y no se cuenta con la seguridad que antaño daban los conceptos. Pasamos de un mundo en blanco y negro, dual, a la era del color, con sus millones de matices y fronteras intangibles. Las viejas nociones (el bien y el mal entre ellas) no tienen cabida en medio de las valoraciones múltiples, donde el sujeto se confunde con el objeto, donde el hombre y la cosa se disuelven.

Lo mecánico hace parte de lo subjetivo, el genoma humano no es más un misterio y el mercado está por todas partes, incluso en el amor. La naturaleza ya no somete al hombre, por el contrario, el hombre con su técnica puede comenzar a imponer las condiciones y a establecer las bases de su futuro, no solamente en términos sociales y culturales, sino de su propia evolución.

Si los medios que se utilizaban en el pasado para controlar, educar y criar a los humanos ya no son válidos, ¿cuál será su futuro sin guía, sin control, sin un programa a seguir? Si no son la escuela, la iglesia o la nación, ¿quiénes son las nuevas instituciones que van a señalar el camino?

¡He creado un monstruo!

Ethan Hawke y Uma Thurman en Gattaca (Niccol, 1997). El guante pertenece a un pianista que tiene doce dedos y que toca piezas que solo él puede interpretar.

En la película Gattaca (Andrew Niccol, 1997) la inferioridad social no es más una cuestión de color de piel, económica, de clase o de procedencia; todo se reduce a la ciencia: las funciones del hombre en la sociedad, el lugar exacto que ocupa, están inscritos indeleble e invariablemente en su código genético. En Brave New World (Libman, 1998), película basada en la novela del mismo título escrita por Huxley en 1932, los hombres ya no nacen de madres y padres, sino que son directamente fabricados, perfectos, libres de las enfermedades y del dolor, y están predestinados y divididos en estrictas castas a partir de sus capacidades físicas y sicológicas. En Boys from Brazil (Schnaffer, 1978) el bueno del doctor Mengele experimenta con niños brasileños que nadie va a extrañar, y hace lo que puede por crear al menos un clon de Hitler, esta vez uno más fuerte y sobre todo contemporáneo, una especie de versión 2.0 del dictador. En Island of Lost Souls (Kenton, 1932), primera adaptación cinematográfica de The Island of Doctor Moreau de H. G. Wells, la imagen cliché del científico loco aparece una vez más para transformar animales en hombres, para acelerar el lento y parsimonioso proceso evolutivo y hacer de las bestias seres racionales y mejores.

Esto en el cine, pero desde hace años la eugenesia ha abandonado el campo de la ciencia ficción e incluso el soterrado terreno político donde existía (como el de los experimentos hechos bajo la autoridad nazi), para empezar a hacer parte del común, para devenir un asunto de sociedad. Hoy ya no se trata de la creación de supersoldados, se trata de familias que quieren escoger ciertas características de sus hijos por venir: el sexo, el color de ojos… y de paso librarlos de posibles enfermedades…

Elias Koteas y Jayne Brook en Gattaca (Niccol, 1997).

El proyecto Moral Enhancement / Mejoramiento moral
Actualmente Ingmar Persson y Julian Savulescu, filósofos de la universidad de Oxford, proponen utilizar las biotecnologías para poner al día la moral de los humanos con relación al medio ambiente en el que vivimos. En su libro publicado el año pasado, Unfit for the Future: The Need for Moral Enhancement (No apto para el futuro: la necesidad del mejoramiento moral) expresan que a través de la administración de hormonas o bien por selección genética, será posible aumentar nuestro sentido de altruismo y de justicia, con el fin de hacernos ciudadanos más responsables y mejores frente a una crisis de conciencia que no da espera.

Según Persson y Savulescu, nuestras capacidades morales han sido sobrepasadas por las posibilidades abiertas por la ciencia y la técnica, y hoy en día estamos en un déficit moral que ya no puede ser remediado con las herramientas habituales del humanismo (la filosofía, la literatura, la educación), sino que requiere medidas más urgentes, drásticas y eficaces.

La tecnología ha transformado las condiciones de vida a una velocidad que nuestra moral no pudo seguir, se ha quedado rezagada y hoy parece insuficiente para resolver problemas a escala global. Nuestro cerebro no está preparado para afrontar las crisis climática, ecológica, social… La única solución viable, afirman los dos filósofos, es valerse de la misma tecnología que nos ha dejado atrás.

Un arma de doble filo
Ya hemos visto lo que ha ocurrido con fenómenos de comunicación como Internet, que por un lado permiten un acceso, velocidad y capacidad de comunicación difícilmente imaginable hace unas décadas, pero que al mismo tiempo se revela como un herramienta de control, también inédita, por parte de los organismos de poder. ¿Será distinto con la eugenesia?

Si podemos no solamente curar de forma permanente enfermedades mentales, sino que tenemos la capacidad de hacernos más morales, ¿por qué no pensar también en acabar de raíz con conductas que hacen mal a todos, como la violencia o el odio? ¿Por qué no intentar mejorar al hombre para que no sea corrupto o egoísta? ¿Por qué no extirpar los impulsos nocivos y de paso acabar con los asesinos y violadores, y, por qué no también con los pickpockets y otros tantos personajes indeseables que hacen parte de la sociedad? La pregunta detrás de estas preguntas es, ¿cómo sería esa sociedad?

Aunque tal vez hablemos de una realidad no muy lejana, por lo pronto se trata de una utopía poshumanista, que como todas las utopías tiene por función ir de una realidad indeseable hacia un futuro deseable. La ruptura, sin embargo, ya ha tenido lugar. La concepción del hombre mónada, del hombre cerrado y ajeno al sustrato del tiempo ha dado paso a un hombre que no solamente vive en tensión y ruptura con sus tradiciones (el hombre del humanismo), sino que tiene la facultad de modificarse al punto de borrar permanentemente la identidad que tenía hasta ahora (Michel Besnier, Demain les posthumains, 2009 /Mañana los poshumanos).

Un tabú
Si estas cuestiones causan escozor, escándalo y malestar, se debe a que se intuye una transgresión de lo que llamamos naturaleza humana. Parece una especie de crimen o incluso pecado alterar ciertos principios que se tienen por elementales, básicos. Se trata de una concepción anclada en la antigua visión de la naturaleza como una entidad sagrada, que no debe ser tocada ni conocida (no demasiado).

De alguna manera, la eugenesia y la biotecnología no cumplen un papel muy diferente al del humanismo. La diferencia está en que su enorme potencia deja adivinar que las transformaciones en el ser humano que ahora se avecinan no hubieran sido jamás alcanzadas por el simple ejercicio de la educación, y que las consecuencias, podemos imaginar, serán irreversibles.

Parece inminente el anuncio de Michel Houellebecq en Les Particules élémentaires (1998): «EL CAMBIO NO SERÁ MENTAL SINO GENÉTICO».

  • miltonmaria

    Implicas que internet va a acabar con la sabiduria?, No al contrario es la esperanza para la democratizacion de la informacion. Acabo de terminar un tutorial de PHP. hace diez anos esto solo se hubiera podido estudiar en la universidad – ahora no. Dios quiera asi sea en el futuro que el conocimiento sea para quien lo quiera. Y no un bien mezquinado en un absurdo edificio, como si les perteneciera