¡ANIMAL!

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Theodore Gericault, Cabeza de caballo blanco, antes de 1817, óleo sobre lienzo, 65 x 54 cm. París, Museo del Louvre.

Animal, animus, ánima, tú eras mi dios, mi enemigo, mi alegría, te he dibujado
sobre la pared de una caverna, te he rezado, me has visitado en sueños,
te he comido, me has comido, te he cazado, me has cazado, he leído el futuro
en tus entrañas, he comido tu corazón, he llevado tocados de plumas,
me he parado como un rey sobre tus huesos, tus garras han inspirado la forma perfecta
de mi puñal, he buscado al dragón, a la quimera y al unicornio, te he ofrecido
en sacrificio a tres divinidades, te he cabalgado, te he cambiado por un reino,
he rezado al delfín, al pez y al cordero, ¿dónde estás? Te he tatuado, castrado,
enviado al espacio, acusado de tener rabia, he modificado tu código genético,
te he recreado dócil para devorarte mejor, he arrancado tus aletas, cortado tus cuernos
y talado tus bosques, he envenenado tus ríos, te he matado por manadas enteras.
¿Por qué me has abandonado? Ahora la bestia muere, y mi alma,
eras tú.

Isabelle Sorente

La cuestión animal
Desde hace algunos años, veinte tal vez, la cuestión animal se ha hecho notablemente más frecuente en discusiones y debates filosóficos y sociales. Actualmente no pasa un día sin que haya una noticia importante relacionada con los derechos de los animales, su explotación o su comercialización: la caza, las corridas, las peleas de gallos o de perros, los experimentos, los test científicos, el maltrato doméstico, los zoológicos…

Aunque el debate es diverso y muy complejo, esta cuestión podría reducirse en términos generales a un enunciado, o más precisamente, a una pregunta: ¿el ser humano tiene la facultad de decidir sobre la existencia de los animales?

En búsqueda del animal humano
J. M. Coetzee, en su novela Elizabeth Costello (2003), pone en boca de su protagonista que el problema de los estudios e investigaciones sobre los animales es que parten de la pregunta equivocada. Tras privar de comida a un simio para comprobar si es capaz de abrir un tarro de galletas o de apilar tres cajas para ganar la altura suficiente que le permita alcanzar las dos bananas que un buen doctor ha colgado, de forma tan ingeniosa como absurda, del techo de la celda, los científicos esperan que el animal piense. Procurar un dolor, incomodidad o malestar físico parecen ser las condiciones ideales para llevar al máximo las cualidades cognitivas del animal. Pero la verdadera pregunta, la pregunta realmente interesante para el animal no es sobre cómo amontonar la improvisada pirámide de cartón que le permitirá romper el ayuno, sino, más simplemente: ¿Por qué? ¿Por qué el hombre de bata blanca hace eso? ¿Por qué pone la comida en un frasco cerrado cuando podría entregársela directamente en la boca? ¿Por qué lo encierra? ¿Por qué lo castiga?

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Jeff Koons, Poodle, 1991, madera policromada, 58,4 x 100,3 x 52,1 cm. Lisboa, Museo Berardo.

Pienso luego… humillo
El animal-máquina de Descartes, o más precisamente, el animal que es como una máquina, sin alma, sin lenguaje y sobre todo sin razón, ha favorecido la indiferencia y ha ratificado al hombre en su papel de amo. Sin embargo, entre el desafortunado postulado cartesiano y nuestros días, muchas veces con buenas intenciones, un importante número de científicos se empeña en demostrar las competencias casi humanas de los animales, como si esto les aportara algo a ellos. Como si tener una actitud humana hiciera de un perro un mejor perro; como si un comportamiento social hiciera de las hienas mejores hienas, le diera sentido a sus vidas o justificara su existencia. También en este caso se trata del hombre que se toma a sí mismo como modelo.

En medio de la ilusión narcisista el hombre ha terminado por creer que lo que llama bondad o compasión le es propio, exclusivo; que si algún animal da muestras de un comportamiento positivo, como la empatía, por ejemplo, el animal se aproxima al hombre, y no a la inversa.

Es la aparente imposibilidad de comprender que la diferencia no es igual a la inferioridad, y que de hecho la inferioridad, en términos de derecho a la vida, no existe.

De esta forma, más allá de saber si un gran simio es más inteligente o puede aprender con mayor facilidad que una persona con retraso mental profundo, si la capacidad de comunicación de los delfines es suficientemente desarrollada, si a través de la experimentación animal con propósitos médicos se obtienen o no resultados sustanciales, si la memoria de los elefantes es realmente asombrosa o comparable a la humana, si los monos capuchinos tienen prácticas de cooperación y de rechazo de la iniquidad, si los primates tienen comportamientos políticos o si conocen la empatía y la moral, si la sensibilidad de los tiburones es más refinada y delicada que la de los humanos, si el sistema social de las hormigas o las abejas es más complejo… la verdadera pregunta es sobre el derecho. Es si el hombre, el mismo que también ha sido y es víctima, tiene algún derecho sobre los demás seres que, exactamente como él, habitan la tierra y hacen frente a la realidad.

El animal ha estado siempre allí. Desde antes del hombre. Ante la posibilidad de hacer de él su compañero y amigo o su esclavo, en el camino que ambos recorren en un mundo en el que están obligados a vivir sin comprender del todo, el hombre ha elegido la segunda opción: cada segundo más de mil animales son sacrificados, solamente para suplir una injustificable necesidad alimentaria.

No es un acuerdo entre el hombre y la bestia, no es un parecido, es una realidad de fondo, es una zona indiscernible más profunda que cualquier identificación sentimental: el hombre que sufre es una bestia, la bestia que sufre es un hombre. Es la realidad del futuro. (Élisabeth de Fontenay, en una conferencia dada en la Cité des Sciences en febrero del 2009)

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Michel Vanden Eeckhoudt, 1991, Isla Maurici