Snapchat, esta aplicación se autodestruirá en…

M., de 19 años, está en medio de una clase en la universidad. Como es de esperarse, tiene su smartphone en la mano y lo «consulta» cada dos o tres minutos, solo para comprobar que la hora no avanza más rápido de lo que debería o que nadie ha subido algo interesante a Facebook. En un destello de genialidad, se le ocurre que el profesor tiene un vago parecido con un célebre dictador alemán. Estas son, sin duda, el tipo de cosas que hay que compartir, se dice, y una vez más con su teléfono, disimuladamente, se dispone a tomar una foto.

Sin embargo, siempre es posible que por los azarosos caminos de Internet y de la mensajería telefónica la foto llegue al profesor, y es altamente probable que él no encuentre tan divertida la comparación. Es por esto que M. abre la aplicación Snapchat, toma una foto desde allí, se sirve de unas muy sencillas herramientas para acentuar ciertas características –el bigote y el peinado–, y la envía a un grupo de amigos que sabrán apreciar su ingenio. Todo ello, no sin antes decidir que la foto desaparecerá del teléfono de sus amigos, y del suyo propio, en cuatro segundos.

La aplicación Snapchat para smartphones propone un escape de la tiranía de las redes sociales, y de las publicaciones en Internet en general, donde cualquier contenido que se comparte permanece invariablemente grabado no solamente en la memoria de los usuarios sino en la de sus teléfonos o computadores.

Fue en septiembre de 2011 cuando un grupo de estudiantes de Stanford University lanzó la aplicación. Su idea, abrir la posibilidad de enviar una foto, un video o un dibujo, con la particularidad de que el material compartido desaparece del teléfono del receptor y del emisor pasados entre uno y diez segundos.

De esta manera, el usuario se libera de la presión que supone administrar una imagen virtual «correcta» de sí mismo. Si bien los sitios y las redes sociales incentivan a escoger con quién se quieren compartir los contenidos, si bien permiten «configurar» el yo virtual, es sabido que los alcances y las consecuencias del material que se sube a la red son difícilmente previsibles.

En Internet, donde los espacios de lo privado y lo público se confunden y las fronteras se hacen menos claras o incluso desaparecen, la promesa de no pensar en las consecuencias de los actos es una tentación irresistible.

Las fotos que comparten los usuarios –quienes en su mayoría tienen entre 13 y 23 años– son de situaciones graciosas, muecas o bromas, así como escenas más íntimas (donde las imágenes sexualmente explícitas no podían faltar). Mientras que en Facebook o Instagram se publican fotos con las que se espera dar la mejor imagen, o al menos una imagen deseable de sí, Snapchat es el espacio para lo feo, lo sorpresivo, lo ridículo… lo irresponsable.

No es fotografía artística…

Hace 20 años el artista mexicano Gabriel Orozco presentó su obra Aliento sobre piano. El inasible aliento puesto sobre un sólido piano produce, gracias a una fotografía que capta los breves instantes antes de que desaparezca, una sensación de perpetuidad.

Se trata de una escena sin importancia, efímera e individual, que ha sido rescatada de su desaparición segura. Sí, Orozco ha capturado la escena para compartirla, pero al hacerlo también la ha transformado irremediablemente.

De la misma manera que ocurre con el principio de incertidumbre de Heisenberg, donde una partícula no puede ser observada sin que su velocidad y trayectoria sean modificadas, y no se pueden conocer su velocidad y trayectoria a menos que sea observada, la escena del piano ya no es la misma; gracias a la fotografía ha abandonado la fugacidad por la permanencia, pasado de individual a pública, y de la banalidad inicial ha ascendido al estatus de objeto artístico.

En este sentido lo que logra Snapchat es sorprendente: permite compartir un momento insignificante, individual y breve, sin que deje de serlo.

Más allá de las posibles estrategias para retener una imagen recibida a través de Snapchat (una captura de pantalla, una foto con otro teléfono u otras alternativas más técnicas para los usuarios avanzados), lo que seduce es no hacer trampa, someterse a las reglas, dejarse llevar por el juego y aceptar la fugacidad.

Esta modesta y lúdica aplicación, producto perfecto de la cultura numérica, enriquece nuestra concepción sobre la fotografía al tiempo que constituye una metáfora de la sociedad actual: la contemplación cede su lugar al impacto, al choque, a la provocación. Las memorias de los teléfonos y laptops devienen insuficientes para el material que se acumula. No es tiempo de coleccionar sino de usar y tirar. Una muestra más del reino, y la tiranía, de la novedad y del consumo.

  • miltonmaria

    Bueno, no hace falta ser un genio para que ver que es un error colosal de logistica, Asi que lo que mas se lee es un desgreno e incompetencia completa, total.

  • Diana T.

    A mi forma de ver, muestras lo que muchxs creen. Semana y demás revistas lo único que hacen en volver la realidad de Colombia un espectáculo digno de un circo. Que tristeza!!!