Adán 3.0

De la hoja de parra al iPad

Un buen día el pobre Adán, abandonado a su suerte por su creador y desterrado del Paraíso, se vio obligado a trabajar (maldición de maldiciones) y a trazar un rumbo para encontrar su lugar en la tierra.

Para acometer esta ardua tarea se reprodujo incansablemente –y continúa haciéndolo– mientras que buscaba respuestas a la pregunta más elemental: ¿quién soy? Creyó encontrar su ser, ese carácter irresistiblemente «único», a medio camino entre los dioses y los animales. Como los dioses, Adán estaba dotado de voluntad, aunque contrariamente a ellos su inteligencia era limitada; como los animales, Adán tenía un cuerpo mortal y mecánico, aunque contrariamente a ellos contaba con la conciencia y la razón.

Este modelo funcionó sin mayores tropiezos varios siglos, pero con el tiempo los dioses fueron haciéndose lejanos, imprecisos, hasta que terminaron esfumándose por completo. La antigua potencia de sus voces fue remplazada por débiles ecos, con mensajes incomprensibles, de otra época.

Para fundar una nueva trinidad se desarrollaron las máquinas, que ocuparon la posición más baja de la pirámide, dejando al animal en el centro y a Adán, finalmente, en la añorada cima.

Recientemente, en los últimos 30 años, los progresos de la etología han transformado la visión que el hombre tenía de sí mismo, al atribuir a los animales prácticamente todo aquello que se creía exclusivo de los seres humanos. Simultáneamente, las máquinas alcanzan grados de sofisticación que no habían sido imaginados y la vieja pirámide jerárquica parece transformarse en un círculo, los límites de las fronteras se diluyen, se hacen menos rígidos, las tres categorías se aproximan, se tocan, incluso por momentos se confunden.

En toda esta marea de eventos y transformaciones ¿dónde está Adán hoy? ¿Qué ha sido del Hombre, soberano y centro único de la creación del mundo y del universo?

Cuando diferente es igual a inferior

La primera herramienta para ejercer la autocracia –porque Adán es un autócrata–, es la desacreditación y el establecimiento de una «diferencia» entre el opresor y su víctima.

Los colonizadores de todas las latitudes se han atribuido desde siempre un derecho total sobre los colonizados, porque estos últimos son diferentes, es decir, inferiores; los esclavos han sido privados de su libertad y de su individualidad en todos los continentes porque se les ve como diferentes, inferiores; los extranjeros han sido tratados como bárbaros, ridiculizados, menospreciados y discriminados porque se cree que son diferentes, inferiores; igual con las mujeres que no tenían, hasta hace relativamente poco, el derecho de opinar, de trabajar o de votar, y aún ahora ganan salarios más bajos; los homosexuales pelean actualmente por obtener derechos básicos que las sociedades llamadas igualitarias les han prometido, pero no es una tarea fácil, porque se les toma como diferentes, inferiores…

¡De los animales ni hablar! Los perros y los gatos son considerados simpáticos –los demás un poco menos– pero de todos ellos, al igual que se ha dicho en su momento de los colonizados, los esclavos, los extranjeros, las mujeres o los homosexuales, se afirma que son seres imperfectos, no piensan, no tienen alma, no sienten, están en el pecado: son diferentes y por lo tanto inferiores.

La «diferencia» es una cómoda justificación para la tiranía, pero ¿quién es el modelo?

Si lo definimos negativamente, por oposición a lo que sabemos que no es, Adán, el hombre medida de todas las cosas (de las cosas buenas), no podría ser un animal, un niño, un viejo, o una mujer. Tampoco podría pertenecer a un país pobre o a una «minoría étnica»… Pero, antes de señalar a un tipo de ciudadano concreto, habría que reconocer que todos tenemos un poco de Adán; que con frecuencia sentimos que son los otros quienes se equivocan, quienes son diferentes, anormales. Nos tomamos por modelo para clasificar y jerarquizar el mundo.

¿Quién podrá defendernos de Adán?

En todos los sentidos, Adán está en la parte más alta de la cadena alimenticia. Según él mismo afirma, Dios lo hizo a su imagen y semejanza para que gobernara sobre la tierra y el mar, los animales y los otros seres a su alrededor.

A lo largo de la historia, de manera progresiva y para defenderse de Adán, los seres humanos han inventado la ley, los derechos. Cuando se otorgan derechos a una comunidad en particular, por ejemplo, no se concede un don específico a las personas beneficiadas, sino que se limitan los abusos de Adán. Para la muestra la Declaración Universal de Derechos Humanos, que no fueron redactados frente a una amenaza extraterrestre o una invasión de tiburones superdotados, sino de cara a los excesos del hombre hacia otros hombres, para proteger al hombre de Adán.

Los progresos a este respecto son innegables, aunque dolorosamente lentos. Poco a poco nos acercamos –o al menos eso podemos pensar– a una sociedad más abierta y horizontal, donde la pirámide no sea la figura geométrica que explica y justifica la existencia, donde la fuerza circunstancial no sea un argumento.

El futuro es poshumanista, o pos-adanista. Más allá de los delirios del antropocentrismo, el verdadero lugar del hombre estará en aceptar que somos iguales porque vivimos de cara a la realidad, y en construir una moral que cobije a todos los seres.

  • A VG

    Y el punto de equilibrio entre lo que creemos que es verdad y lo que no lo es, es la duda que surge de una certeza que se tambalea, tropezando en otras certezas que se mantienen. Uno puede escoger fijarse en unas cuando uno necesite respuestas, o en las segundas cuando uno exija certidumbres.

  • Diego Contreras Medrano

    Tal vez la certeza esté sobre valorada, pero a veces detesto el estado permanente de duda.

  • Dewey

    🙂

  • Paula Mejia

    Muy descriptivo e interesante 🙂