Se siembran cruces

La muerte, insospechada, puede encontrar a sus víctimas en los caminos para volver a casa, o en aquellos que se usan para recorrer nuevos rumbos. El recuerdo, que se niega apagarse, obliga a hacer minúsculos homenajes que se levantan para advertir de esos lugares que les gusta coleccionar almas.

Se siembran sin reparos cruces grises. Algunas de piedra, otras de cemento, y no pocas hechas con modestas maderas. Estas retoñan agrietadas por el incesante movimiento de quien usa los caminos, y borrosas por el incorregible paso del tiempo.

Las cruces van pereciendo desmoronadas, borrando aquellos nombres que se aferran al recuerdo, y los santos, que a veces salvaguardan la cruz, ya descoloridos pierden poder y permiten que estas  se marchiten y se fundan entre los bordes de las vías.

Las carreteras son como un cementerio lleno de lápidas sin huesos. Decoradas con flores de plástico, bombillas de carros, y con la inmensa esperanza de que los ociosos adviertan el peligro de los tramos donde brotan las cruces.

Un cultivo de cruces surca las arterias viales, en una guerra contra la muerte intempestiva. Para que la vida se alargue un poquito en sutiles vestigios, gracias a una tradición de santos, rezos, que se reducen en un “te extrañaremos”, un “eras buen padre, buen hijo”.

Se siembran cruces que alargan sus extremidades cobijando el último lugar donde algunas almas fueron a parar. Donde varias podrán habitar y por donde el peligro empolvará aquel recuerdo que se olvidara más temprano que tarde, en la inmensidad de las carreteras.