Fe

No pases por debajo de una escalera

Tú, sin ningún asomo de valentía, aun así pasaste por debajo de esas escaleras y esas sombras que se ríen de ti ya te acompañan, y no habrá oscuridad que te salve de ellas. Cuídate de tu luz, porque arroja sombras insoportables para la oscuridad que debe reinar. Era la escalera que utilizaba tu abuelo para arreglar la chimenea, esa chimenea que se rompió porque tú arrojaste piedras sobre ella con  fuerza,  pensando que adentro se escondía la maldad. Las sombras más seguras son las de los árboles, nunca lo olvides, no te fíes en la de los edificios y ni siquiera en la de tu propia casa, fíjate en la sombra de un árbol, que hasta en una infinita oscuridad la verás.

No le barras los pies a una mujer.

Hay hollín por toda la casa, la chimenea sigue rota y llueve, la casa está oscura y las velas se acabaron. Camino descalza por que no recuerdo donde dejé mis zapatos, busco debajo de las cosas que parecen muertas en la oscuridad. La lluvia no deja de pregonar con fuerza que existe. Parece de esas noche retratadas por poetas llenos de delirios y sentimentalismos, pero  para mí es una noche de limpiar el hollín, porque mañana muy temprano llega una visita y no quiero correr el riesgo de no limpiarlo antes. Busco a tientas la escoba, y recuerdo con esfuerzo como las señoras de la casa de nubes pasadas gritaban con el sutil desespero de la soltería a las niñas que barríamos: “No barras los pies de las mujeres que eso augura que no llegue nunca marido”. A mí  no me barrieron los pies, de pronto si me  los hubieran barrido la vida hubiera buscado otras formas de sorprenderme, de retarme; pero como decían las señoras reunidas en la cocina luego de salvarse de la escoba en sus pies: “Nadie sufre lo que no puede soportar”. Al menos nosotras. Pienso entonces en mi sobrino corriendo a tirarse a la corriente del rio.

Espejo roto

Daba la luz de la ventana de la habitación de la abuelita contra él, tres generaciones de mi familia habían lucido sus mejores y peores semblantes frente a él, intimándose, desnudándose frente a ese cuadrado forrado de recuerdos, en esa simetría y  estructura tan llena de miedos,  tristezas y máscaras. Las mujeres lo santificaban, lo decoraban con flores,  bañando su madera y cristal en menjurjes, los hombres lo evitaban, quizás manteniendo ese rencor y esa caballerosidad correspondiente a que  la vanidad es exclusiva de mujeres, cuando el espejo mismo  es un hombre. Ese hombre  que en su soledad refleja medio árbol del jardín y una parte del techo desvencijado y que un día en esa soledad sin tener la maravillosa justificación del accidente cedió en su puesto y cayó rompiéndose, tal vez en siete pedazos; el número favorito de la mujer que lo colgó ahí. El descubrimiento no fue menos monstruoso que el de un cadáver. El espejo de la casa de la familia: cuarteado, roto, deforme. Evítenlo todos, nadie lo toque, porque es inevitable tocarlo sin tener que reflejarse en aquellos siete pedazos malditos por la tradición, por la  inmensa fe de que esta vida la manejan otras fuerzas y que la responsabilidad no la llevamos nosotros. Qué alivio eso. El espejo se rompió. Una de las tías mayores se acercó con sus ojos cerrados y lo recogió como quien recoge a su hijo herido en el campo de guerra, lo llevó a ciegas al prado y allí lo votó para que alguien que nunca ha de mirarse allí lo recogiera. Las mujeres  lo lloraban, los hombres lo extrañaban. Ahora queda el miedo a remplazarlo, el miedo eterno a los pedazos esparcidos en el campo, nadie salió hasta que fue recogido, nadie se contempló de la misma manera nunca.