Mi vaca Juliana

Ser de pueblo es una bendición: crecer en una finca, desconocer la rutina de la ciudad, no tener ruta, atravesar un rio para llegar de la casa al colegio. Que la vaca de la casa mate a tu perro por accidente de una patada, abrir un álbum de fotos y verme de unos cinco años subida a un animal gigantesco con cuernos, sola, -sí- mi mamá me subía ahí y se apresuraba a tomar la foto y arriesgaba la pequeña vida de cinco años por homenajear a la posteridad. Pero una anécdota inolvidable de los azares de ser pueblerinos, es aquella de la vaca que pagó la universidad.

Mi papá un hombre raro, raro, pero encantador al que casi no se le ve por aquí, llegó un día de visita al pueblo. Por esos tiempos yo llevaba un año en mi carrera universitaria, cuando supe que la ausente presencia paterna estaba tan cerca me apresure a localizarla, no sabía de dónde venía ni dónde estaba viviendo, lo llamé, estaba de visita donde mi abuela y como siempre, como si el tiempo nunca pasara me saludó con un “hola chinita”.

Fidel es veterinario y toda mi infancia hasta que vivió con nosotros metía vacas gigantes en la casa, o tenía terneros como si fueran perros. Era su trabajo, el ganado, las gallinas, los cerdos, la huerta, verduras, frutas, todo eso que gustosos comemos. Un hombre de campo que decidió de repente un día dejar este pueblo e irse a otro más verde y más escondido a vivir del y por el campo, solo, perdido, en huida siempre.

Me alegró saber que mi padre seguía siendo el mismo de siempre, desapegado, medio feliz, distraído y absurdamente tranquilo. Decidí como buena hija pedirle plata, obvio, se desapareció unos buenos años. No sabía si estaba trabajando (nunca se sabe mucho de mi padre) pero le dije muy escuetamente que hiciera el favor y me pagara el semestre “que tuviera dignidad”. Se rió y me dijo con una apacible voz que nos viéramos al otro día en la plaza de ganado del pueblo y ahí me daba lo del semestre. Nunca pensé que respondería eso, yo le pregunté intrigada que si me iba a dar todo, él me dijo que “claro”, ese claro que me sonó a burla.

Decidí aventurarme a la plaza de ganado a ver a mi papá. Cuando bajaba hacia la plaza empezó a hacer un calor bochornoso y pegajoso de domingo al mediodía, las calles se me hicieron sucias y una que otra vez maldije a mi papá por no ser capaz de citarme en otro lado si no en el lugar más ruidoso del pueblo: la plaza de ganado, también llevaba en mi cabeza con cierta ingenuidad el rollito de billetes o el cheque que me pasaría quizás mi padre después de tanto tiempo.

Bajé sola, cosa de la que me arrepentiría después. Lo encontré parado en mitad de la plaza, en ese calor vestido con una ruana como para cobijar otras dos personas. Me alegró verlo, me dio un abrazo pausado y cariñoso, le dije que se arreglara la barba y que se arreglara el sombrero. No me preguntó mucho, sólo se dedicó a mostrarme vacas. Sí, vacas. Le encantan. Luego saludé a los conocidos, saludé y saludé y nada que mi papá decía algo de la plática. Aburrida de ver vacas y de saludar, le pregunté por mi favor, además le conté las expectativas que tenía al estudiar lo que estaba estudiando, no me escuchó mucho, me deseó suerte y me llevó a uno de los corrales cercanos. Allí solita estaba otra vaca: blanca con manchas, sin cachos, antipática, medio bonita y grande, eso sí; me la presentó, la vaca se llamaba como yo, Juliana, y ahora era mía.


Juliana. Por Juliana

Lo siguiente que hizo fue decirme que tenía que negociarla y venderla ya mismo a ver cuánto me daban. Yo quería matarlo, trepármele y pegarle, no quería hacerlo. Negociar una vaca en la plaza del pueblo equivale a preguntarle a cada uno de los señores y algunas señoras ¿cuánto me darían por “Juliana”?, unos me ofrecerían menos, otros más. Tendría que saberme las referencias del animalito: la edad, la raza, la producción de leche, los bebés que había tenido, las vacunas, etc. Mi papá me dijo todo eso, por rabia me aprendí la mitad; cuando comenzó mi tarea intenté no verme tan ridícula, pero aun así se burlaron de mí, y luego de algunos clientes que me rechazaron a Juliana, no quise hacer nada más y le dije a mi padre que dejara las ocurrencias y que la vendiera él.

Me dijo que no, que ahora era mía, que era mi ayuda para la universidad, que al menos dos millones me tenían que dar por ella y que luego me daría otra. No todo el mundo tiene el talento para vender vacas, y yo no soy una de las afortunadas, así que a mis dieciochos años y luego de una hora fallida como negociadora de ganado decidí no seguirle más el juego a mi papá y llamar casi llorando a alguien para que me dijera que hacer. La opción de mi madre fue la más sabia, ella dijo que me la llevara para la finca y que la ennoviábamos con el toro y así nos quedábamos con el bebé y quizás vendíamos luego a la madre, me pareció buena idea, y le dije a mi papá que por favor me consiguiera un camión para llevármela. ¡Ay Fidel!, me respondió que no, que era domingo y los domingos no habían camiones y que la vaca no podía pasar la noche ahí. Le discutí, le argumenté, le hice participe de mi idea, pero nada hizo que cambiara de opinión o yo la vendía ahí mismo, ya, o me la tenía que llevar caminando hasta la finca, porque camiones no había, dato que comprobé luego de hablar con algunos de mis posibles clientes.

Yo ya no la quería vender, la idea de mi mamá me gustaba y la vaca, mi tocaya, después de unas horas de compartir con ella, me cayó bien. Así que me despedí de mi padre, sin saber si pasarían días o años hasta el próximo abrazo, tomé la cuerda de Juliana y me fui caminando con ella, que me seguía fielmente. La finca a la que tenía que llegar no estaba lejos, aproximadamente a 6 km, llamé a mi hermana, llamé a Santiago, los dos vinieron en mi ayuda, me encontraron en plena vía céntrica del pueblo con Juliana amarrada a un poste.

Santiago (creo) solo bajó a presenciar la escena, porque apenas le pedí que me ayudara a llevarla a la finca desapareció con alguna excusa, mi hermana se quedó a regañadientes, no se llevó bien con la vaca, provocando que Juliana, quien se había comportado bien hasta el momento decidiera no colaborar. Llamé a algunos primos y les pedí que me consiguieran un camión, que tenía amarrada una vaca que se negaba a caminar en una calle del pueblo, su respuesta fue que lo único que podían hacer por mí era recogerme a mitad de camino y ayudar a llevármela, acepté, tomé de nuevo la cuerda y mi hermana por detrás obligaba a Juliana a caminar. Fue una travesía dura, el calor, la rebeldía de Juliana y de mi hermana. Yo había tomado una decisión y la iba a cumplir muy a pesar de que a la vaca le dio por pararse en la mitad de la vía principal y no moverse (peatones y conductores se compadecían de nosotras y nos lanzaban gritos de ánimo, que para mí equivalían a la humillación social en todo su esplendor). Juliana se movió por fin y la travesía terminó unas tres horas después.

Juliana permaneció un año más con nosotros, no ayudó a pagar ese semestre pero si ayudaría con otro y su hijita con otro, se puede decir que mi papa me cumplió, luego se volvió a ir. A veces lo extraño, a veces me gustaría que me leyera, que me conociera, es difícil olvidar esa imagen de su ruana colgándole casi hasta el piso, casi como un mago, retándome siempre.