En defensa del azadón

Por los campesinos que nos obligaron a detenernos por un momento.

El paro hizo que muchos se levantaran y ocuparan vías. Los citadinos y algunos pueblerinos, ensimismados en su burbuja, tuvieron miedo de que la comida que llega  a los platos tres veces al día pudiera faltar. Muchos hicieron parte de las marchas, de los bloqueos y de las movilizaciones virtuales.

Sin embargo, el paro no solo es una cuestión de una crisis alimenticia. Pone de manifiesto una posible ruptura en las tradiciones de más del 60% de los  colombianos y colombianas, que desde hace varias generaciones se han dedicado a vivir del campo.

El problema va más allá de dejar el plato vacío de otras personas, el problema es que si no se escuchan sus peticiones, en algunos años estos campesinos deben aprender a vivir de otra manera, sus costumbres deberán ser transformadas y se extinguirán poco a poco.

La comida faltará, pero seguro será reemplazada por otra, esta vendrá desde nuestros países amigos  que decidieron firmar tratados de libre comercio aun cuando estamos en una evidente desventaja. La pelea no debe hacerse solo “porque nos gusta la papa, debemos luchar por ella”, deberíamos levantarnos porque los campesinos son el poco vestigio que tenemos de nuestra historia pasada.

Colombia ha decidido desde hace mucho tiempo olvidarse de sus indígenas, y nuestra identidad no se rige a ellos (a diferencia de países como Perú o México, que la cultura indígena es protagonista), es entonces cuando los campesinos, pueden ser aquella identidad que hemos dejado perder, una historia indígena que puede fundirse entre las ruanas, porque el campesino y el indígena comparten muchas más cosas de las que a simple vista se ven.

Yo solo vivo en el campo, pero campesino en todo el sentido de la palabra NO, y ni mis papás  ni mis abuelos lo fueron…  si me voy más atrás en mi historia habrán, obvio. Pero yo no, y mis manos siempre limpias no pueden levantarse con la misma fuerza con la que lo hicieron las manos envejecidas por la tierra de muchos que decidieron detener todo, y ponernos a pensar.

No puedo entender toda la concepción del paro (no es mi estilo de vida el que está en una cuerda floja), mi condición solo me permite ser consciente de la situación, de la inexistencia de aseguramiento de cosechas, falta de reservas campesinas, de regulación de los costos de los insumos que se utilizan para cosechar,  el alto costo de los peajes, de la gasolina, de la ineficiente red vial para el transporte de los productos, la falta de apoyo bancario a los pequeños y medianos productores.

Además del problemático TLC que nos ha puesto en desventaja, y sensibles para un exterminio de la producción agraria.  Uno de los puntos más polémicos es la Resolución 9.70 que someramente, es la obligación a comprar semillas certificadas -intervenidas químicamente- para poder exportar y distribuir los productos campesinos, dejando atrás la autonomía alimenticia, puesto que las semillas solo pueden ser usadas una vez y eliminan la tradición de secar una buena parte de la producción para hacer semilla nuevas.

El paro campesino nace desde las entrañas de la desesperación por el exterminio de lo que es ser campesino. Y no hay que olvidar eso, en este momento lo que está en vilo es nuestra cultura, nuestro pasado, no solo la papa de nuestro almuerzo.  El paro es sin duda la más ferviente respuesta a un gobierno que esconde y se burla de un país campesino, al que no quiere contemplar, ni imaginar prospero.

Y en este Pueblo

En nuestro pueblo se dieron muestras de que se puede manifestar pacíficamente. Los  disturbios que hubo fueron respuesta a las fuerzas del Gobierno, y los actos vandálicos estuvieron a cargo de manos distintas, no las de nuestros campesinos.

Fue un Paro Bailable, donde se agruparon todos los sectores del pueblo… atendiendo a la música, a la paz, al legítimo derecho de manifestarse. Nuestros campesinos arremetieron con queso y agua de panela en mano, contra la policía y los del Esmad. Porque ellos también son de la misma tierra. Prófugos del azadón diría alguien más sabio.

Y aquí se enseñó que la violencia no tenía cabida, aunque los intrusos quisieran. Los campesinos están cansados de trabajar duro como para meterse a luchar en una guerra que llevan perdida. Hay otras maneras de hacerlo. Las palabras, la música y los carteles pintados, son una alternativa  para mostrar el desencanto a un Gobierno que los olvida.