Orgullosos de llevar ese esqueleto

Marta y Cecilia se enamoraron en la ciudad, superaron sus miedos y valientes fueron capaces de vivir su amor, aun cuando el tiempo las colocó en una época en que su amor sigue sin ser válido. Y es que si fueran más jóvenes quizás tendrían menos razones para huir a un pueblo  cercano de su ciudad  donde la lejanía, no tan evidente, a veces es infinita.

Las vecinas de Martha y Cecilia las creen grandes amigas, de toda la vida, incapaces de vivir separadas. También las creen amantes, eso sí, de la naturaleza. “Señoras hippies” dirá alguien por ahí,  las señoras hippies que cierran las cortinas para poder juntar sus bocas.

Viven en el pueblo, no en alguna finca apartada donde no tendrían la necesidad de correr las cortinas. Es que a veces exagerar la huida es peor y  tener que recorrer más camino para llegar a casa supone más tiempo perdido sin verse y sin estar en el hogar que ya bastante sacrificio ha costado construir.

Están en el pueblo porque algo tiene la ciudad que no las deja estar tranquilas. Igual se esconden porque ya las raíces de su miedo no se pueden cortar. No están en la ciudad porque siendo de allá se sienten más de acá; de estas poquitas casas y poquitos vecinos que de vez en cuando les piden consejos de jardinería o les preguntan por el perro. Se puede decir que aquí  hay más cordialidad entre vecinos, menos bullicio, menos delincuencia, menos por qué escandalizarse e impacientarse. Sin embargo, lo realmente triste es que no hay menos homofobia. La idea de una pareja por la calles de un municipio donde la casa más lujosa y mejor ubicada es la del cura es sinónimo de rumores sin compasión. Y si a algún nativo le da por ser homosexual, que se cuide, pues su familia  será víctima de todo tipo de juicios y  adjetivos diabólicos. Y el  atrevido pueblerino será el tema de conversación de ávidas señoras y señores después de la misa de 6 del domingo, vaya usted a saber por cuanto tiempo.

Pero si uno se asoma por la ventana se siguen viendo personajes como Martha y Cecilia que te saludan calurosamente, que llevan materas juntas desde el vivero a su casa, que salen a pasear su perro, que conducen sus carros y trabajan en la ciudad y bueno… “No son de aquí pero son como gente bien”, dirán los que también les dicen hippies. Y es que cuando nosotros, que sabemos, pasamos al frente de esa casa, nos quedamos viendo esa puerta amarilla que tanto amor esconde adentro y nos dan ganas de golpear, de tomarnos un café con ellas o una aguapanela y  escucharles reírse en la cocina.

A Don Martín (aquí todos son dones) le quedó un pedazo de pasto cuando tenía 18 años, la muerte llego a su familia y  la herencia se empezó a repartir. Se fue a Bogotá, estudió, trabajó, se casó y se cansó, pero aún le quedaba su pedazo de pasto. Llegó a la plaza del pueblo, entró a una ferretería y anunció solemnemente que necesitaba un maestro de construcción para una casa que iba a hacer en una vereda que por tradicionales motivos siempre se llama como el de alguna o algún santo.

Don Martín tiene casi 56 años y es abuelo  ya. Caleruno de nacimiento, volvió a estas tierras porque le tocó mantener una relación con una mujer  por más de 20 años y  luego se enamoró de un compañero de oficina, pecado que le costó el exilio .

El exilio que representaba su pedazo de pasto a cuarenta minutos de Bogotá, ese nuevo proyecto que era en lo único que podía distraer la inmensa sensación de estar dañado por dentro. Se separó de su esposa, y se quedó  solo, una soledad que implicaba más tiempo (que desgracia) para pensar en  su amor de adolescencia, por ejemplo,  en ese muchacho que vivía al lado de la finca de su padre y del que juró jamás separarse, promesa sellada con un beso de segundos en un garaje con el techo destapado.  Más tiempo también para recordar que al casarse con su esposa solo pensaba en la paciencia que tendría que tener para soportar a alguien que realmente a puertas del altar y supuestamente con todo ese amor hirviéndole en el pecho, no amaba. Y ahora no soportando más sus propios pensamientos, sus acercamientos sutiles con aquel sujeto en la oficina, su edad, ese gran tormento, esa gran duda que va quedando de si se fue feliz o no. Esas dudas que lo ahogaban y que no lo dejaban en paz daban rienda suelta a ese exilio que anunciaba parado en la puerta de la ferretería en donde le comparaba el heno a su papá cuando tenía 16 años acompañado de su gran amor: Antonio.