Nos llamaban zorras

Mago.

No soy mago, soy caballo. Supe que no era mago porque antes me llamaban Caballo, solo Caballo. Mago me empezaron a decir cuando llegué aquí. Una niña de ojos cafés sin miedo me llamó Mago y ya no fui tan solo Caballo. No sé lo que es un mago, pero la niña que se inventó la palabra, algún día cuando nuestros ojos tengan confianza me lo dirá.

Me atrevo a imaginar lo que puede ser mago mientras la niña me lo dice; puede que  sean las ruedas del carro que empujaba,  siempre pensé que deberían tener un nombre así como yo. También puede que mago sea quien me alimentó y me golpeó por muchos días, creo que años. Pero creo que mago es este lugar: verde hasta donde te dan los ojos. También puede ser que yo siga siendo Caballo, y lo que la niña haya querido decirme es que ya no estoy en ese lugar gris que me dejó de ese color. Espero ser verde en un tiempo, espero convertirme en Mago y ojalá hacerla feliz.

Palomo.

Me pusieron Palomo por lo blanco. Si me preguntan, claro que estoy mejor aquí, en el campo, pero extraño a los amitos. A Lady que me daba besos en medio de mis ojos, con su boca siempre llena de comida; a Brayan que me decía campeón y me leía periódicos viejos que recogíamos; y a Lilia que me daba zanahorias y panela. Me encantan las zanahorias.

Y como no recordar a Víctor con el que trabajé dos de los cuatro años que llevo de vida. Aunque de trabajar no extraño nada: ni los edificios, ni la carroza mal puesta y pesada sobre mi espalda. Descanso sin sirenas, sin carros, sin gente, sin dolor en los tobillos y sin tantos espantajos llenando las calles. No me gusta que me monten, ¡ya no! Solo de mis amitos me dejaría.

Mi papá y mi mamá murieron en mi antigua casa por viejos y de tanto trabajar cargando lo mismo que yo. Pero no sé si volveré al asfalto, tiemblo al pensar en eso. Me gusta más el pasto, podría comerlo todo. ¿Qué será de mí? Porque no quiero volver a cargar. No, eso no, mejor correr. ¿Qué será de mis amitos?