Dios te salve

¿Qué quiere que le diga de mí? ¿Qué yo ya no puedo más? ¿Qué mis piernas me duelen y se hinchan? ¿Qué ya ni rezarle a María madre de Dios puedo, porque me canso y se me va el aire? ¿Qué mi última vaca se perdió montaña arriba en manos ajenas? ¿Qué la tos no me deja dormir? ¿Qué el frio ya no me lo aguanto y no me puedo ir? ¿Para qué quiere que le diga algo sí a usted no le importa?

Señora no, señorita. Señorita Berta me puede decir. Porque nunca me casé, y ya no lo pienso hacer. Tengo 76 años y ocho meses. Y aunque camine arrastrando los pies por estos pisos raídos por el tiempo, no me voy. ¿Qué pensará papá de mí? Que no pude, que me rendí. No puedo, esta es mi casa, la de mis papás.

¿Cuál bien? Usted no me conoce. A mí todavía me queda tiempo por acá, me quedan más pasos para dar y cosas que limpiar, no me quite tiempo. Yo no vivo sola, ¿acaso no ve a Ramona, la gata de allá? ¿O Martín el perro viejo, antes blanco, que duerme en la sala? No. Ya a mis hermanos no los veo, se perdieron, algunos murieron. Usted sabe a quién culpar, sus jefes, los mismos que me quieren lejos, me los quitaron; usted sabe.

¡No eran guerrilleros! Le juro que si sigue calumniando a esta familia, por la memoria de mi madre muerta tres veces por ver a sus hijos irse antes de tiempo, que yo misma, con mis manos agrietadas lo mató. Así sea lo último que pueda hacer. ¿Amenaza? Tómelo como quiera. Y de la manera más respetuosa, como siempre me enseñó mi papá, le pido que se vaya, que deje mi casa en paz, y no vuelva, porque si lo veo ni María madre de Dios podrá salvarlo.

Yo no me voy a ningún lado, ni aunque tuviera fuerzas para levantar de nuevo otra casa. Los recuerdos no se trastean, y aquí está mi familia. Aquí nací y aquí moriré; entre estas paredes que vieron a mi padre desvanecerse en el monte buscando a mis hermanos; detrás de las ventanas que limpiaron las lágrimas de mi madre desconsolada; en este patio donde ustedes nos dejaron esas sobras que antes eran nuestros parientes.

No es justo. Una desmoronándose por trabajar desde siempre, después de ver a todos irse. No pueden quitarme lo poquito que me queda. Y estas son mis últimas lágrimas, porque no me quedan muchas, ya se me han ido acabando. Porque el dolor llega un momento a su fin. Yo soy una anciana valiente y entiendo la vida, y llorar no soluciona nada. ¡Que se vaya le digo! No quiero su pañuelo.

¡Dígales que no me voy! Que me maten mejor, y ellos saben de eso. De esta casa me sacan con los pies por delante, de ninguna otra manera más. Me disculpa, pero es hora de darle de comer a las gallinitas. Que Dios lo guarde.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres  entre todas las mujeres…