Desplazados

Ángela llegó a la Aurora con sus cinco hijos. Eran las 9 de la noche y el colectivo les recogió en el camino. No sabían exactamente a dónde iban, solo les habían dicho que se quedaran en la casa blanca de Álvaro Avellaneda. Era un sitio abandonado a la orilla del camino. Carlos, el esposo, cargaba un colchón sucio. Los pasajeros miraban con asombro, pesar e incredulidad. Ángela no tenía más de 30 años, era alta, morena, de ojos negros y profundos, una sonrisa blanca. Cargaban una maleta para todos, no tenían mucho. No alcanzaron a sacar mucho.

Venían de alguna parte del Tolima, donde dejaron su finca heredada de su papá a la merced de los paramilitares. Llenaron la maleta roja, cogieron a sus niños y se fueron recomendados por una amiga que le pidió a un conocido que le arrendara una casa en aquel pueblo cercano a la capital. El pueblo les recibió con su frio penetrante, y ellos todavía calientes por su tierra no sentían ese clima que obliga a la gente a cubrirse. Los niños estaban acostumbrados a andar en chanclas, y así llegaron. Ángela solo tenía una blusa blanca que la protegía.

La gente de por ahí les ayudó. Les regalaron ropa y zapatos para los niños. Efraín, el menor, tenía 4 años; Sonia, 5: Manuel, 6; Luz, 8; y Jacinto, 10. Ellos solo miraban por la ventana el nuevo paisaje. La casa estaba rayada con grafitis, una pared se había caído y dejaba ver uno de los cuartos invadidos por la humedad. El nuevo hogar tenía tejas de barro, que se caían de repente. No había nada más que unas literas en los cuartos, una mesa en la cocina, y la necesidad tan brava de tener que sobrevivir.

Esta casa estaba a la deriva en el camino, no había sido ocupada desde hace algunos años. Estaba exactamente entre el límite de dos veredas, y los vecinos más cercanos estaban a diez minutos caminando. Estaba sola, a la merced del polvo levantado por los carros, volquetas y demás que pasaban cerca y hacían que se sacudiera.

Carlos, moreno, de bigote, tampoco tenía más de 30 años. Apenas había tenido un tiempo más para poder hablar con algunos familiares y solucionar cosas del trabajo. Ángela barría incesantemente la casa en un intento por hacerla amena. A la mañana siguiente llegaron más personas, les llevaron loza, cobijas, más ropa. Ángela solo sonreía y de vez en cuando se le asomaban las lágrimas. Los niños corrían alrededor de la casa percudida.

Pasaron pocos días, y Ángela ya había conseguido trabajo como empleada del servicio de una casa. Lo que sabía de limpieza lo había aprendido en su finca, sin embargo, no era lo mismo, no eran sus cosas, cumplía reglas, rompía vasos. Tuvo que acostumbrarse. Carlos empezó a trabajar en una construcción, pero no duró mucho porque no le pagaban lo suficiente, ni a tiempo. Después sacó papa, y cargaba los bultos hasta los camiones. Fue electricista, pintor, y se doblaba en los trabajos cuando podía.

Aprendieron con el tiempo a taparse, los hijos dejaron de mostrar sus piernas morenas. Andaban ahora cubiertos con la indumentaria apropiada. Y la casa, antes abandonada, tuvo un destello de bonanza. Ángela le puso flores, le arreglaron la cocina y levantaron la pared caída. Unos meses después, celebrando algo, se escuchaban las rancheras a todo volumen, coreadas por Carlos y sus amigos mientras asaban carne en una parrilla improvisada. Ángela y los niños bailaban y reían. Los comensales la pasaron muy bien,

Los desplazados, como los llamaron, fueron cuidados por un tiempo por las personas de la vereda. Todavía algunos meses después se les llevaba ropa y cobijas. Don Luis, el señor de la tienda y piqueteadero le dio trabajo a Ángela y Carlos empezó de lleno a trabajar en construcción. Los niños comenzaron a estudiar en la escuela. Y en general todo empezó a normalizarse.

Meses después pudieron cambiarse de casa, a una con vecinos más cerca, con menos polvo, y donde podían vivir los siete de mejor manera. Ya por esa época no llegan los regalos inesperados de la gente que se preocupaba. En navidad, ya más acomodados, participaron en la reunión en el salón comunal, donde se cocinaba en grupo y todos comían, sin excepción. Los niños recibían regalos comprados con las ganancias de los bazares de todo el año y se hacía una pequeña fiesta hasta las siete, cuando cada uno se devolvía a casa y se reunían en familia. Un tiempo después se olvidó llamarles desplazados.