Los muertos no caben en este pueblo.

Doña Patricia tuvo la idea de hacerle el arreglo de flores solo con claveles, como le gustaban a él. Susana, la menor y única mujer, dijo que era mejor no confiarse de los arreglos que llegaban desde Bogotá porque de repente las distancias se vuelven más grandes y las flores podían llegar ya muertas.

Doña Patricia, la viuda, por fin tuvo la primera palabra: claveles blancos que llegaron vivos de Bogotá para Don Pablo, que ya no lo estaba. Ya instalado el arreglo floral blanco en la sala de velación de la funeraria, le fueron haciendo compañía otros que se esmeraban por sobresalir sobre el féretro de aquel señor que todos conocían.

– Qué buen padre y amigo fue; esposo no tanto. (Dicen los que ya no le tienen miedo a la verdad por edad o por crianza).

En la calle El Paseo Real está el edificio verde de tres pisos, la funeraria. Con un baño en cada piso; baldosa elegante y bien pulcra para la comodidad de las faldas de las señoras; agüita aromática o tinto según su preferencia para el frío del pueblo rodeado de montañas. El agüita aromática de la funeraria del pueblo sabe a mora, fresa o a matas del jardín que queda detrás. El tinto es amargo y uno ya por costumbre y sabiduría escoge la agüita.

En la sala de velación 1 estaba el féretro de Pablo. No le llegaron más arreglos florales. Se dice que faltó el del hermano que se fue joven, aburrido del viento y la montaña, a hacer su vida a otro lado.

-Don Pablo chupó muy duro la manguera del agua y el agua le daño el corazón -dice su hermana, o lo piensa, o lo medita, o lo dice bajito para que solo la escuchen los de confianza.

-Que se le daño el corazón, que eso ya se veía venir porque Don Pablo, bravo sí era y ese corazón no le iba a durar mucho.

Don Pablo, Don Pablo, ¿dónde lo enterrarán? ¿Dónde? Piensa la viuda, sola, porque es que a nadie se le quiere pasar la preocupación de un cadáver sin destino.

– Fue por la manguera del agua, esa costumbre de andar accionando el agua con la boca los va a matar algún día a todos. – dijo alguna vez el doctor del pueblo, anunciando algunos meses antes la muerte de Don Pablo

-Pero es que si no se hace así, no habría agua y se nos muere el ganado y ¿qué va a hacer usted por nosotros Doctor? ¿Qué ira ser de nosotros sin que Don Pablo aspire la manguera para que las vacas tengan agua? Perdón…Perdón Pablo, Piensa, sola, Patricia.

Los hijos varones fueron 10 horas después del anuncio a la alcaldía del pueblo y contaron que el papá se les había muerto. Eran dos niños de treinta años, uno con una moto, el otro con un lote; los dos inseparables de sus padres, de la finca,  de la vida. Que el primer trámite, que diligenciar papeles, la morgue, la funeraria, el edificio de tres pisos en El Paseo Real, luego en la casa cural, luego, bueno luego ya les contarán…

En la casa cural ya se les tenía la noticia: luego de velarlo por un tiempo prudente en El Paseo Real y llevarlo a la iglesia para su misa, Don pablo no daría el tradicional recorrido hasta el cementerio de este pueblo para que Dios lo tuviera en su gloria.

Se entierran aquí, todos ellos, los del pueblo, los de las veredas, los de acá, se entierran acá porque es que ¿dónde más? Se les hace la misa de dos horas en la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, y los acuerpados de la familia cargan el cajón, si hay necesidad. Don pablo fue flaco toda su vida y por culpa de la terquedad, la misma que casi lo salva, murió en los puros huesos a los 50 años recién cumplidos, así que lo podían cargar los hombres no tan acuerpados y quizá más allegados.

La misa estuvo bien concurrida. Efectivos siempre han sido los carteles cafés con tinta negra, que se pegan en muros estratégicos a la vista de los pueblerinos. Las amas de casa mandan a los niños al menos una vez a la semana a que se asomen y lean los nombres y le lleven la razón de si hay alguien conocido entre los anunciados. Los carteles de Don Pablo ya el día de su misa se han reemplazado por otros, pero dentro de ochos días se pegarán los de la misa de novenario, que será menos concurrida por supuesto, porque la novedad de pasear con el ataúd de un conocido por el pueblo mientras la viuda y sus hijos les siguen el paso con peso en los ojos ya se ha perdido.

Son tres cuadras de la funeraria hasta la iglesia y la comitiva la encabeza el ataúd. En este primer recorrido no viene el cura, que espera en la iglesia a que el invitado de honor llegue para poder comenzar con la misa. Antes se informa de detalles de aquella personalidad tan trabajadora que ya se fue y de socializar con algunos familiares que se encuentren ubicados en sillas con vista preferencial al altar y a la ubicación del cuerpo.

Son dos cuadras larguísimas de la iglesia al cementerio, el recorrido más esperado, ese mismo que a Don Pablo por morir preciso por esos días le quitaron. El Cura sale de la iglesia rociando agua bendita a diestra y siniestra. Los que cargan el cuerpo lloran, porque de mal agüero es que alguien cargue a quien no quiso.

¿Por qué no se moría antes? La viuda se retuerce la consciencia pensando eso, pero es que si se hubiera muerto unos quince días antes, le correspondería una de las ultimas tumbas del cementerio a cuatro cuadras de la iglesia. ¿Y ahora qué? Mandarlo al cementerio ese feo central lleno de gamines en Bogotá y visitarlo cada dos meses si hay buen clima ¿Por qué no se moría antes?

-No hay razón de un nuevo cementerio para los de acá.

-Pues cremarlo y que Patricia lo guarde en la casa.

-No, que eso es de mal agüero.

-Lo único es enterrarlo allá, pero como fue de terco Don Pablo se sale del cajón y dice que no se vuelve a morir hasta que no lo entierren acá, yo de verdad no sé cómo van a hacer- dice la viuda decididamente:

-Lástima no haberse muerto antes.

  • MARCELA

    ME GUSTA …. ME PARECE ESTAR EN DICHO PUEBLO …..