Los Duraznos

Un hombre rompió un árbol de duraznos que crecía entre el cemento del patio de mi casa de aquel tiempo en mi pueblo .Todo para salvarse de la guerrilla colombiana, que una noche cuando yo hacía tareas para primero de primaria, irrumpió en las montañas del frente, reafirmando ese mito citadino de que en aquel tiempo en todo pueblo había guerrilla.

El rumor era ese, las vecinas entraban y salían. Mamá desde el trabajo en la ciudad llamaba y papá llegaba con los primeros disparos; mi hermana menor dormía, siempre dormía, yo nunca dormí.

Aquel día, se quedó en mi memoria. Los Niños y niñas vecinos entraban a la sala de mi casa agarrados de la mano de sus mamás, mientras ellas preguntaban por nuestra decisión de quedarnos esa noche o irnos. Flor, la señora gordita que hacía el almuerzo, dijo siempre que no sabía.

Todos huían de la noche, Flor me hablaba casi al oído, mamá llegó muy temprano del trabajo, me dijo que me abrigara, que quizás papá venia por nosotras más tarde para irnos a Bogotá. Yo no quería ir a Bogotá, tenía colegio al otro día. De repente ya nadie más entró ni salió de mi casa. Los niños vecinos se fueron y mi casa se cerró con seguro. Flor se fue, mi hermana se despertó. Papá llegó con los primeros disparos.

El dilema entonces era si nos íbamos para Bogotá, yo no quería,  no quería ir a la ciudad. ¿Por qué? si solo era necesario ir para citas médicas y en navidad para ver las luces.  Yo quería quedarme ahí, yo no entendía nada, nadie entendía, pero el rumor era ese: la guerrilla había entrado.

Cuando todo el significado de una palabra queda libre a la imaginación de una niña haciendo tareas sola, la palabra  “guerrilla” se convierte en un grupo de señores y señoras sonrientes que vienen de lejos, que marchan como los soldados saludando amablemente a la gente.

Los disparos, que se llamaron para siempre la pólvora  bautizados así por mamá y por la mamá de mamá, Mimi, que me decía por teléfono que si escuchaba pólvora no me fuera a asustar. Pólvora, de eso se escuchó toda la noche. Esa noche el rumor fue cierto y en la montaña que se veía desde la ventana de mi escritorio, murieron hombres; solo dos, Gracias a Dios.

La pólvora continuó toda la noche, papá y mamá nos prohibieron las ventanas, mi hermana dormía.

El árbol de duraznos empezó a moverse cuando ya la pólvora parecía parte del paisaje nocturno, tan natural como el sonido de los pasos de Mamá por toda la casa y la voz cansada de Papá calmando a sus fantasmas. Yo veía al árbol moverse entre la pólvora. Mamá me remplazó para mirar el árbol, ella si vio que había alguien allí haciéndolo mover.

De mi árbol no quedó mucho. El señor, sin nombre (el sí supo el mío, me lo preguntó antes de despedirse), era grande y acabó con las ramas y sus duraznos. Todo por intentar, en un gesto  desesperado, bajar colgado de aquel árbol  quien murió también esa noche.

Cuando mi mamá, llena de miedo, bajó sola a mirar que pasaba en el patio de cemento, allí entre el cadavérico árbol, un hombre la miraba suplicante, empapado de sudor. Mamá sin saber por qué ni cómo, le abrió la puerta, le puso su mano en el hombro y lo sentó en el sofá. Al señor no me dejaron verlo hasta el día siguiente.

Acostado en el sofá, el intruso amaneció sin haber dormido. Yo cerré los ojos algunas horas, pero a mamá y papá les fue imposible conciliar el sueño. Ellos, junto al señor, hablaban susurrando cuando bajé; pregunté si había colegio, y mamá dijo que no, papá dijo que sí. Al final no hubo colegio. Acostado allí, empapado de sudor, me miró con nobleza, lleno de miedo.

Por relato de mamá, que siempre es generosa con los detalles, supimos que ese extraño siguió espantado por la pólvora de la noche anterior. Era un buen hombre que permaneció sentado en el sofá todo el día mirando con las pupilas brillantes la ventana, con ramas todavía en sus pantalones; con la conciencia de haberse salvado, por no haber dormido, por estar siendo observado por ellos desde la cocina, por saber que las ganas de comer se habían ido. Pero más que nada, por la certeza más monstruosa de todas de que tendría que abandonar en algún momento del día aquella casa para volver a su puesto de trabajo, recoger sus cosas y explicar indiferente por qué había abandonado su puesto .

Mamá lo recuerda con un cariño que ni esa noche, ni ella  se explican. El intruso no habló  más que  unos cuantos monosílabos: dijo que era celador del Intra ese establecimiento vecino que nunca devolvía mis balones y donde los señores con carros grandes sacaban sus papeles. Dijo también, que lo iban amatar, que de no ser por los duraznos no se hubiera podido colgar, que de no ser por mi patio no estaría contando la historia, porque a todos los celadores los iban a matar. Esa noche en mi pueblo hubo guerra, esa noche en mi pueblo se entró la guerrilla y, por primera vez, la pólvora no nos dejo dormir.