Lo que es de uno se lo entierran

Después de haberle llevado el encargo a la vecina, Danilo se devolvía por una carretera destapada en la que los vientos levantaban el polvo y ensuciaban su ropa. Sus botas de caucho y su saquito de lana, siempre se cubrían de arena, y su garganta se cerraba tanto que necesitaba un vaso de leche para recuperarse. Caminaba varias horas seguidas de ida y otras tantas de vuelta, en medio de pasajes solitarios, custodiados por árboles. La luz no siempre le acompañaba, la luna no siempre se dejaba ver. Danilo, con 7 años recién cumplidos corría en medio de la oscuridad, sin levantar mucho la mirada, para evitar encontrarse con algo que no quisiera.

Un día, en el 74, antes de que el sol desapareciera en la montaña de en frente, él vio un destello en los árboles que estaban al final de la finca. Unos árboles, que sostenían  el peso de una mata de curuba que por entonces daba frutos para los pájaros o caían al piso. Danilo observó por unos momentos el destello, y sin más reparos se fue para la casa. No le pareció importante compartir aquel destello con nadie más.

Al otro día vio lo mismo: el destello en los árboles.  Pasó una semana y lo volvió a ver un medio día cuando regresaba de la escuela. Unos días después, con ganas de entablar una conversación con el tío Marcos, le contó lo del destello. El tío pareció no importarle y no dijo palabra alguna, era muy reservado. Él olvidó el asunto y corrió en las noches por esos caminos negros por donde dice la gente se ven a quienes se ahorcaron cansados de la vida entre esos árboles.

Danilo estaba en la cocina comiendo, cuando el tío Marcos entró por la puerta con un costal grande. Con gesto de desaprobación se le acercó, le tiró el costal a los pies y le dijo:

-Ahí está su tesoro.

Sin entender nada, el niño abrió el costal y vio las latas, los tarros, los alambres y demás objetos ya naranjas por el óxido que había allí, en medio de la tierra negra que les manchaba. Lo cerró y siguió comiendo.

Danilo supo más tarde que aquél extraño regalo era el destello que veía en los árboles. Su tío, en un gesto de avaricia, hizo que se redujera toda la guaca destinada para él a piezas de metal oxidado llenas de tierra. El destello delataba la posición de lo que se suponía era la guaca, el tesoro de Danilo, solo de él.

No se volvió a tocar más el tema del destello. Danilo botó las cosas del costal cerca de donde lo veía y por algunos días espero volverlo a ver, pero con la seguridad que no lo dejaría pasar. Pensaba que si volvía a ver el destello correría y desenterraría su tesoro. Aunque uno se “enguaca” solo una vez en la vida, (pocos casos se han visto de 2 guacas para una misma persona, y a esta siempre “se le corre la teja”).

Cuando recorría los desolados caminos pensaba en su tío y el porqué nunca le había dicho que fuera a ver que era el destello. Más tarde, cuando dejó de ser un niño, entendió la avaricia que arrastró al tío a desenterrar el tesoro que no le pertenecía. Sin embargo, en aquellos días de largas caminatas no comprendía al reservado Tío Marcos y se imaginaba comprando un caballo con algo de esa guaca que le fue robada, para no tener que correr en esa oscuridad.