Inserte una moneda

Es pasada la media noche de un sábado y la señora del local, por orden del patrón y por ley del pueblo, pero más por capricho del patrón, tiene que cerrar. Adentro, tras pasar por el filtro del tiempo, quedan ya los que definitivamente no saben donde llegar, no lo recuerdan o no pueden hacerlo. La señora barré colillas y rastros de lo que fue un día. Organiza todo: corre mesas, hace un inventario de botellas y almas, se percata de que la rockola esté en buen estado para apagarla, no hay mucho que recoger, no hay objetos perdidos que guardar. ¿Qué pueden perder aquellos que allí amanecen?

Antes de cerrar, suena aún alguna canción que por un sentimiento dulzón, desconocido e insoportable fue elegida con una moneda de 200 para ser cantada de manera torpe, en voces toscas, que llegan a oídos que ya no escuchan y se pierden sobre las mesas. Lo último que ella apaga es la rockola, ya después que queda sola la tienda en espera del otro día que se llenará de señores con manos heridas y tierra en sus rostros incompletos. Si se está de suerte, también se llenará de señoras con niños pequeños dormidos colgados en sus brazos, cantando solo para ellas.

Pocas mujeres se asoman a este lugar, si acaso una es la afortunada. Quizá la joven, la que no ha tenido hijos, la de jean apretado. Porque aquí las mujeres no son llevadas a beber con sus esposos. A veces en la tarde, cuando se acerca la cena, una llega en compañía de sus hijos, con sus ojos dormidos a llevarse a su pareja, que seguro se niega. Entonces, se acerca a la rockola para poner la canción que le pidió el marido, y aprovechando la oportunidad, pone una ella, de antaño, esa que hace mucho, por varias circunstancias, no puede escuchar en casa y a ese volumen. La programa, y segundos antes que empiece olvida a sus hijos, olvida a su esposo ya borracho al frente, la escucha y la tararea mientras se atreve a probar la cerveza de él o quizás pedir una para ella.

En la mitad de las mesas arrinconadas, atiborradas de botellas, y carcajadas delirantes, un niño de 12 años y piel oscura, no por genética sino por el sol, lo busca a él, al hombre que se refugia a diario allí, frente a la rockola. Ese que cambia billetes de dos mil y cinco mil pesos por monedas para pedir toda la cadena de rancheras que marcaron esos tiempos en donde ningún niño necesitado de él venía a sacarlo por orden de una mujer, que lo busca y le pide la plata para mañana.

En medio del sonido estridente de esa música que no entiende, el niño le pide al señor que llegue a la casa, que la mamá esta brava y lo necesita, él le dice que sí, que ya llegará. Esa mamá en casa no tiene la suerte de la mujer de al lado, no puede ir a tomarse una porque el bebé llora siempre, y no se puede quedar solo y no se lo puede llevar porque nació hace poquitos días. Tiene que esperar que esté mas grande, como algunos que ya pasan los cinco meses y son presentados ante la mesa para ver tomar a los hombres y a escuchar su música. Sin más, es una forma de llevarlos a su futuro. La afortunada ya se terminó la cerveza y ya escuchó su canción, rebusca otra moneda. Mientras el turno en la rockola es para algún desconocido.

Toda la memoria musical la tiene ella (porque es mujer), ese ‘dispositivo parcialmente automatizado que reproduce música’. La rockola está en la pared del fondo y aún es el centro mismo de la tienda. Los niños se le acercan y se quedan felices mirando sus luces. Allí está toda la música que se sabe la gente de pueblo, no falta ninguna canción. Todavía se guarda el misterio de quién la actualiza, cuántas canciones tiene; también cada cuanto la abren y sacan las monedas, cuánto se gana con ella.

La señora cierra y ya puede apagar la rockola porque el patrón ya echó a todo. Todos, por respeto a la tienda, al patrón, al pan que venden a las 5 am, a la cerveza barata, y sobre todo a la Rockola, salen trastabillando y bailando por el andén, no se quejan. Todos conocidos con todos deciden en el frio de la casi madrugada qué se puede hacer con el sueño que ya los domina. Adentro sigue la señora, vive quizá ahí mismo, en el piso de arriba; es la dueña o es empleada, no les importa, eso no se nota aquí. Inserte una moneda.