Hipólita

Un día, además de aceptar que tener cuatro abuelitos no era extraño, y dejar de negar a un par, les conté a los del colegio que yo tenía bisabuela. Cuando la conocí apenas entendía que era la mamá de mi abuela. Algunos incrédulos me miraron con recelo, pero yo estaba seguro, la viejita diminuta plagada de arrugas y dulces era parte de mi familia y por más descabellado que sonara era mi bisabuela.

Hipólita, era una señora viejísima, de sombrero, falda hasta las rodillas y con trenzas perfectamente hechas con su pelo blancuzco que resaltaban sobre sus siempre oscuros sacos. A ella se le desvanecía la vista detrás de lo que parecían glaciales azules, que le recubrieron sus ojos y la dejaron postrada, ciega, detrás de una estantería llenas de flores decididas a retoñar en el frio.

Pasaba sus tardes sentada, con gesto de acecho, con sus muecas de señora de 96 años y sus labios que se escondían en la comisura de su boca constantemente. Cuando alguien se acercaba ella le seguía, decía algo  para ella misma, murmuraba con su voz cansada, y atinaba siempre a llamar por el nombre propio a aquel incauto.

La señora sabía quién andaba sobre sus pisos. Sabía que su hijo Marcos caminaba lento por lo gordo que era; que su hija menor caminaba arrastrando un poco los pies, y que mi abuela caminaba más rápido. En fin, parecía vernos a todos. El rumor que nos contábamos con mis primos era que esa señora no era ciega, ni mucho menos, simplemente que un día se había cansado de tanta vaina, y trabajo en el campo y había decidido sentarse, hacerse la ciega, y después la sorda para no escuchar reclamos.

Aunque no siempre acertaba con los caminantes, ella tenía otras maneras de saberlo. Con sus manos arrugadas y frías agarraba las nuestras y empezaba a mover sus muñecas de lado a lado. En medio de la retahíla del saludo –“que cómo está, que cómo le ha ido”-, iba desenmarañando los misterios y terminaba por saber quien era el dueño de las extremidades que guardaba entre sus manos y deshilaba el árbol genealógico en pocos segundos.

Hipólita, más conocida como abuelita Pola, era una señora que, como mostraba el retrato de la sala, en mejores tiempos había sido vigorosa, muy bonita, de ojos más oscuros y cachetes menos surcados por la edad. Ella había sido esposa de Don Manuel, escriba de la vereda, a quien todos venían a pedirle que redactara cartas y las mandara a la capital. Él murió mucho antes que ella, quizá demasiado, y por eso ella se echó la casa al hombro y la levantó.

La abuelita Pola se caía mucho, cada nada recibíamos noticas de sus peripecias por las escaleras o caminos oscuros. Y mi papá decía que en cada una de esas caídas le esquivaba la hoz a la muerte, que sin remedio se llevaba a las vecinas, a veces más jóvenes que la bisabuela.  Hipólita fue de las últimas que se fue, ya cerca de los 100 años, después de tantas lunas bajo el cielo nublado de El Volcán; después de tantos dulces que se comía y otros tantos que escondía para que no se los robáramos.

De hecho no tengo muy claro de quá murió, solo recuerdo a una pariente lejana, quizá no pariente, corriendo y gritando hacia mí por un puente. No le entendía, y entre los sollozos de alguien a quien no reconocía muy bien, medio asustado, le escuchaba un     – mamita Pola murió-. Entendí cuando llegué a la casa de Hipólita, que estaba repleta de gente de negro y con gesto severo.

Seguro sus hijos sabían su destino, porque habían venido de todos lados, llamados por la inminente muerte de Hipólita que ya ni arrastrar los pies por su piso podía. Que ni comer le daban ganas, y aquellos dulces que acompañaba de una sopa, cada vez más desabrida, se desasían en sus bolsillos.

Me acerqué, y un gran cajón estorbaba en la mitad de la sala. Yo no alcanzaba a ver, pero me dijeron que allí estaba la abuelita Pola, desvanecida dentro de un ataúd que olía a flores recién cortadas, a rezos incomprensibles y a llantos que sirven para despedir. Hipólita, vigorosa en el retrato, despidió a la HIpólita del cajón, le deseó buen viaje, y le recordó volver ocho días después por Marcos, el mayor, quien también tenía que irse.

  • Ricardo

    Lo que jamás podremos perdonarle al tiempo es su inevitable paso por los rostros de las personas que amamos, que los borre de nuestra memoria.

  • tiempos de abuelos que chevere …

  • MARCELA MIRANDA

    tiempos de la abuelita pola , en los que hasta nos daba miedo aveces pasar por su lado por que descubría quien era a pesar de que no fuéramos tan seguido a visitarla…. ah cuando todo era chevere tiempos de nuestra niñez…