Para despedir a la Profe

Después de limpiarlo, lo abrió con cuidado. Con una respiración entrecortada y una sutil desesperación, buscaba. Tocaba cada esquina para no doblar las hojas de aquel viejo álbum, cuidando aquellos recuerdos. La foto que queríamos ver era la de Bertilda Martínez, la Profe.  Inés, también profe, era quien ojeaba y buscaba la imagen de Bertilda. Ellas dos eran amigas de toda la vida, hasta que hace un mes Bertilda ya no respiró más y la enterraron lejos porque el cementerio del pueblo se llenó, porque esas cosas pasan aun cuando la Profe nunca quiso salir de aquí.

Bertilda fue la profesora de primaria de mi mamá, de mis tías y tíos; luego de Santiago y mía. Fue la profe de español de cuarto y quinto de primaria, ese curso donde te dicen que ya no se es “tan” niño. En ese curso la Profe reconocía a algunos de sus alumnos porque tenían gestos parecidos a los de sus familiares, a quienes también enseñó. También reconocía a niños como Santiago por su desconocida y poco habitual forma de verse, no tan de acá (como decimos los que somos más de acá).

Inés rebusca ahora en sus álbumes forrados con papel regalo de flores. Al reencontrarse con ellos, encontró que faltaban fotos y retazos de su memoria;  ya no sabía cómo lucían esos días.  Ahora tiene una excusa para pasar sus días sin la Profe, a quien conoció a los 20 años y a quien vio todos los días después de su jubilación, hasta el día anterior a la muerte de Bertilda. La Profe se fue y dejó a Inés buscando en un álbum esas fotos donde estaban juntas con sus estudiantes. Ella busca y cuida ese viejo álbum, el dolor la paraliza y la lleva a ese estado en donde cualquier recuerdo forma ya parte de la muerte más que de la vida.


Inés con uno de sus estudiantes graduados de 5 de primaria.

Inés no fue nuestra profe por puro azar, de ese mismo azar que hizo que la profe Bertilda compartiera salones con dos generaciones diferentes. Ese mismo azar que no quiso llevársela rápido sino que la tuvo esperando durante dos años, por un cáncer heredado del polvo de la tiza que utilizó para enseñar; el azar que la condenaba a sí misma con cada palabra que escribía, acercándola a la dolencia que entrados los años la obligo a partir.

Ese azar que decidió hacerla sufrir también permitió que la muerte la encontrara con el cementerio del pueblo cerrado ya para su cuerpo; ese azar al que le pido que no me pase lo de Inés, que no se me olvide nunca como se veía la profe Bertilda, leyéndonos, reconociéndonos. Porque esas cosas pasan: que la Profe haya visto a Inés y ella haya dicho por última vez que quería dictar clase; que sus estudiantes, todos de este pueblo, la visitaron;  que Santiago siendo no tan de acá se haya hecho más de acá; que Inés al encontrarse con alguna foto de alguna promoción de niños ya no tan niños, de quinto de primaria, junto a ella, ya por convicción y por resignación no llore.

¿Cuánto se puede llorar escribiendo sobre ella por el remordimiento de no haberla visitado a tiempo? ¿De haberle dicho muy pocas veces gracias? ¿Cuánto duele no poder visitarla cuando se visita a los abuelos en el cementerio local? ¿Cuánto duele encontrar una foto de ella y no decir nada por respeto a la poca dicha que puede quedar de tal ausencia?


La profe Bertilda con sus estudiantes en la foto del grado de quinto.

Gracias Profe  Bertilda Martínez


Bertilda de verde e Inés de rojo, en la foto de una de las tantas generaciones a quienes dieron clase.

  • Ricardo

    Bellísimo.