El árbol de los colgados

Hace diez años Homero sufrió de una enfermedad que lo cegó por completo, lo redujo a unos pocos pasos alrededor de la casa, y su pelo, que en mejores tiempos había sido de un blanco brillante, ahora se desvanecía entre los dedos. La vecina, de maneras toscas, dijo con toda la sinceridad del caso: “Mijo, al perro hay que sacrificarlo”.

Y dicho y hecho. Se lo llevó a ese ‘árbol de los colgados’, como le llamaban los vecinos a un lugar en la vereda La Aurora en La Calera, y con un lazo (piola, decía ella) lo amarró del cuello y lo izó como una bandera en aquel pino de grandes proporciones. Un sonido seco provino de Homero y por varias horas estuvo suspendido en las ramas. Después se le dio sepultura cerca de las raíces con una lápida de madera.

Varios de los niños hicieron un círculo alrededor de la tumba, y mientras alguien le arrojaba tierra para sepultarlo, todos decían oraciones en distintos idiomas, casi todas inventadas, pero que salían del profundo amor que se le profesaba al perro. Homero, quizá es uno de los perros con más suerte, porque aunque no fue testigo de una eutanasia que le hubiera excluido de la agonía que supone estar colgado, fue enterrado en un merecido ritual, a pocas horas después de su defunción.

En cada vereda se tiene un árbol de los colgados, donde animales, perros en su mayoría, pasan desde sus últimos minutos de vida, hasta que los procesos normales de la descomposición los desnudan y dejan los huesos al descubierto. Por eso Homero es de los afortunados, puesto que a veces estos grandes árboles están decorados con varios canes empezando a ceder su pelaje al viento y unas cuantas estructuras óseas; es difícil diferenciar qué perro pertenece a qué vecino.

Estos árboles además de ser la manera de matar a aquellos que deben precipitar su despedida, se convierten en un arma de castigo, como aquellas sillas eléctricas que intentan ser el último escarmiento para los criminales. Aquí se sanciona a aquellos canes infractores que han recaído en sus delitos. Morder a las vacas, morder a los infantes, matar a las gallinas, comerse la comida que no les pertenece son, entre otras, excusas que hacen pensar al campesino que ese animal no tiene más remedio que el árbol de los colgados.

Es un panorama terrorífico ver a los colgados, en aquel árbol que ha sido escogido desde hace décadas, y que se intenta alejar de la vista. Ese árbol es señalado y ocultado a la vez, no es algo simpático que todos quieran tener presente. Cuando los infantes se encuentran el árbol en el camino, pueden entender las desapariciones misteriosas de las mascotas propias o vecinas que recayeron en algún incomprensible delito.

Las ramas de estos árboles no siempre están plagadas de hojas, y de hecho sin explicación alguna, muchos de ellos empiezan a secarse lentamente. Estos están allí vigilantes, esperando al próximo que se tenga que despedir de la vida con un sonido hueco para parecerse al fruto que se deshace colgado desde aquel lugar conocido pero evitado.