Luz nueva para un mismo museo

Por: Santiago Espinosa

Hay sueños que se encuentran un cuerpo. Se alzan en medio de la ciudad como la prueba fehaciente de una insistencia. Otros se aplazan o quedan a medio camino, y en los diseños la sensación de un fantasma sin reposo, una ciudad imaginada que nos inquieta y perturba. Desde que el MAMBO logró la hazaña de una sede propia, diseñada por Rogelio Salmona como un refugio para las artes y la luz, sus gestores y amigos sabían que los trabajos habían quedado incompletos. Que el museo crecería, aumentando las expectativas del público y superando la capacidad de su depósito, y había que esperar por un segundo milagro que lograra ampliar los espacios. Hoy es cuando este sueño está a punto de realizarse. Ya están los planos y la voluntad, el permiso. De conseguir el espacio aledaño a la actual sede la ciudad podrá tener, después de todos los esfuerzos, un resguardo para el arte moderno a la medida de sus necesidades.

ampliacionmambo_acomEsquema de Rogelio Salmona del proyecto de la ampliación del Mambo.

Escribía Gloria Zea hace 25 años, los mismos que median entre sus palabras y un museo que bajo su custodia cumple este año los cincuenta:

“…finalmente pudimos dar inicio a la construcción de una sede propia y adecuada para el funcionamiento del Museo de Arte Moderno de Bogotá…Después de una infinidad de solicitudes y gestiones conseguimos finalmente que en 1974 la Dirección de Inmuebles Nacionales se interesara en solucionar los problemas de la sede de la entidad y cediera para su construcción los terrenos que eran propiedad de la Nación, a continuación de la Biblioteca Nacional, es decir, el lote en cual hoy se levanta el Museo de Arte Moderno. Dicho lote era, sin embargo, de muy escasas dimensiones para las necesidades del MAM, y ante la perspectiva de tener que aguardar otro veinte años para que se nos adjudicara un espacio más acorde con la presentación del arte moderno, con el arquitecto Rogelio Salmona, quien tomó como suya la causa del museo, nos atrevimos a tomar como parte de los predios de la edificación, a la carrera sexta, que había quedado como un callejón sin salida al ampliarse la calle 26, involucrándola en la construcción para mejorar notoriamente el diseño urbanístico del área.”

Apuestas y desafíos, siempre al límite de las posibilidades. Luchas de un grupo de personas que pensaron que en el arte -y acaso estaban en lo cierto- se escondía la posibilidad de ciudad distinta. La historia del Mambo es la crónica de la luz que se busca un espacio, ganando un refugio para sus visitantes entre lotes y avenidas de una urbe caótica, que casi siempre se construye pensando en la rentabilidad y el consumo pero muy pocas veces en el ojo de sus habitantes. Como prueba de una tenacidad a dos tiempos, siempre en la medianía entre la realidad y el deseo, decía Gloria Zea en este mismo artículo del año 94:

“Una nueva meta ha surgido en los últimos meses: la de construir un edificio aledaño que nos permita presentar nuestra colección sin tener que suspender nuestro programa de exposiciones. De esta forma tendrá el público del país la posibilidad de recurrir en todo momento al estímulo espiritual que representa la apreciación de los logros artísticos alcanzados en su propio entorno, y a las múltiples enseñanzas que ellos entrañan. En otras palabras, la exhibición permanente de la colección del Museo, nuestro próximo objetivo, constituirá un efectivo y trascendental aporte para la definición y el reconocimiento visual de la identidad cultural de los colombianos, puesto que no existe en la ciudad un espacio dedicado exclusivamente a la presentación del arte contemporáneo en el país.”

Justo cuando el MAMBO celebra cincuenta años de fundado, y para estar a la altura de su historia se exhibirán durante todo el año piezas selectas de la colección permanente, este acontecimiento prepara un hecho quizás tan importante como la persistencia del Museo mismo. Es, pues, el aviso una colección que muy pronto se podrá exponer completa y durante todo el año, revelando sus secretos sin importar la temporada. La promesa de que Rogelio Salmona, el arquitecto más cercano a las artes que tuvo el país, pueda lograr en su totalidad ese proyecto de revolución urbana para el que diseñó la actual sede del MAMBO.
Hay que recordar ahora que entre Salmona y las artes, antes de comenzar este proyecto, existía ya toda una vida de regreso. Su caso fue el de un joven que quería ser artista, y que como tantos otros, ante la restricción de sus padres, terminó encontrando su paleta en los planos y su mesa de dibujo en la ciudad. Es así como en los días parisinos, en el tiempo que le quedaba libre entre sus clases con Le Cobusier, este bogotano se iba hasta los museos a dibujar las cerámicas o las vistas de la ciudad, las manos de una modelo reflejadas en los cristales. El arquitecto que confesaba en alguna de sus entrevistas, “la arquitectura es una disciplina que permite una manera de ver”, era consciente de que esa mirada era la del arte mismo. Quizás fue por eso que al recibir la propuesta de Gloria Zea no dudó demasiado en donar su trabajo. Hacer de la ciudad un museo abierto, entre las obras de otros y la luz, los cerros, era una suerte de metáfora de lo que pretendió hacer este hombre durante toda su vida.

“Deseo recuperar el agua, mejorar la arborización, salvar el entorno de la cordillera, rescatar el río, tener más plazas, contar con más espacios públicos…Esos podrían ser algunos de los deseos de Bogotá, porque una ciudad con vida no le deja esa tarea sólo a sus habitantes. Una ciudad realmente viva no corre ese riesgo. Pero sobre todo deseo que haya una correspondencia entre “deseo y realidad”, para seguir al sevillano Cernuda. Que para su clima soleado y lluvioso, por ejemplo, haya espacios que protejan a sus habitantes tanto de la lluvia como de sol. Lugares más abiertos, más cerrados, en fin. Bogotá es una montaña, es un río, es una altiplanicie con 24 quebradas y toda esa amalgama de paisajes, ríos, montañas, arquitectura y luminosidad, tiene que ponerse de acuerdo para evitar el caos”,

Señalaba el arquitecto en entrevista con Claudia Antonia Arcila. Y dice esto otro en la revisa Conversaciones desde la Soledad a propósito de “la plazuela de la Santa María”, eje de sus propósitos de darle algo de “orden y número a la ciudad”, devolverle su naturaleza usurpada, y del que el edificio del MAMBO era una pieza indispensable de una poética del espacio que incluía las Torres del Parque y la Sociedad Colombiana de Arquitectos:

“Al proponer” una nueva explotación de la vivencia del espacio donde las percepciones de enriquezcan y permitan mayor consciencia al caminar y al recorrer cada lugar, intrínsecamente se toma consciencia del propio cuerpo y de la propia energía…. “Las Residencias El Parque, por ejemplo, pueden verse como representantes de la acción mediadora de la arquitectura, en cuanto logran la continuidad espacial entre el Parque de La Independencia, La Perseverancia y la Plaza de Toros, convirtiendo el lugar en plataforma que domina el sector de San Diego”.

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Esquema de Rogelio Salmona del proyecto de la ampliación del Mambo.

Tal aspiración, la de darle a esta zona un “límite” que conecte la historia y la naturaleza, que interprete el espacio sin destruirlo, atreviéndose a otra armonía a través de los materiales, encuentra en el Museo de Arte Moderno un ejemplo notable.

Allí están sus deseos de volverle la vista a los cerros, y son sus ventanas otras piezas de serenidad y contemplación, dignas de Gonzalo Ariza o de Eduardo Ramírez Villamizar. Allí está su amor por esa luminosidad tan propia de Bogotá, y que hace que el museo se alumbre en los días como un haz de concreto y música que pende de su escalera central. La fe en el ladrillo, el material de las entrañas de esta tierra, como la manera más honesta de lograr un punto de contacto con las raíces y la infancia. Su concepción de crear un espacio para la imaginación abstracta, curvándose en sus hilos y paredes, en sus vacíos logrados y en sus escondites, sin que esto implique una afrenta cerrada para una ciudad que precisamente necesita de más espacios públicos por los que corra algo de aire.
Escriben Beatriz García Moreno y Ángel Medina sobre el edificio del MAMBO:

“En el Parque de La Independencia de Santa Fe de Bogotá, el Museo de Arte Moderno de Rogelio Salmona, proporciona a la ciudad lecciones constantes de reposo y contemplación…En una atmósfera contemplativa como ésta, ni las obras que se exponen pueden dominar al espectador ni el espectador puede dialogar con las obras sin reflexión… Dadas sus características como imagen, esta obra tan circunscrita dentro de los criterios geométricos del Arte Modernista Abstracto tendría que ser entendida como un ensayo de creación plástica pura. Como se aclaró en la descripción que precede, el ámbito contemplativo del Museo incorpora por medio de sus ejes visuales y dinámicos, la naturaleza que rodea al edificio…”.

En la confirmación de que esta es una obra en progreso y sin cierre definitivo, agregan estos autores a continuación: “desde la carrera séptima, el muro posterior demuestra lo inconcluso del plan original.” Los años pasaron, haciendo del museo construido un ícono de la ciudad. Dentro de sus recintos se han expuesto algunas de las mejores obras que han pasado por el país, y allí se albergan, también, algunas de las mejores que el país ha creado. Sus visitantes, con la inercia de los días, olvidaron que esta nueva sede aún estaba inconclusa, o al menos si se le compara con los planes iniciales. En esta espera, dadas las dificultades urbanísticas y económicas, jurídicas, murió Rogelio Salmona sin poder completar uno de sus máximos anhelos, mas buena parte de sus planos quedaron esbozados.
Al entrar en su estudio, sus enormes ventanales que dan a los cerros orientales, la Plazuela de la Santa María y sus Torres del Parque, cuesta creer que el maestro ya no trabaja allí. Pensamos que se ha ido por un momento, que juega a las escondidas en el último resquicio de la niebla o el ladrillo. María Elvira Madriñán, su viuda y continuadora, muestra los planos y los diseños. Habla de casas y edificios construidos. De planes que nunca encontraron edificio y que sin embargo nos habitan.

A la hora de ver los planos del Nuevo Museo, sorprenden los hilos secretos que en ellos se traman, ejercicio tras ejercicio. Van apareciendo los muros en la pendiente de los trazos. El patio de esculturas con forma circular, centro estético del nuevo proyecto. Antes que hacerse complejos, la progresión de los planos va avanzando hasta hacerse más sencilla, más cercana a la esencia que los motivó.

“Nada de esto sería posible sin la tenacidad de Gloria Zea”, apunta María Elvira Madriñán”, y agrega: “entre ella y Rogelio existía una complicidad maravillosa”. Su conversación pausada, honda pero tranquila, parece que erigiera una capilla a cada palabra. Y así muestra los planos y los diseños a computador, esto últimos continuados por ella como la que prolonga una sombra en el tiempo. La ampliación hará que el museo llegue hasta la carrera séptima, se elevará sobre sus siete pisos dándole espacio a la colección permanente del museo, los nuevos parqueaderos y oficinas, las rampas entrevistas por medio de ventanas circulares, sus corredores y jardines. Los muros dibujados y que pronto encontrarán un cuerpo vivo.
Pariente en su estilo al Fondo de Cultura Económica, edificio diseñado hacia la misma época creativa, su aspecto será un ejemplo de la última dimensión estética de esta arquitectura, su pasó de la opacidad del ladrillo-tierra a la luminosidad del concreto y los ladrillos claros.

Cuenta la anécdota que algún famoso arquitecto, ante la pregunta por su regreso a Bogotá, respondió así a los periodistas sin ninguna vacilación: “vuelvo a esta ciudad si algún día la terminan”. Y precisamente hablamos de la misma urbe en que Rogelio Salmona, entre la poesía y el arte, imaginó que a los ríos sepultados volvían sus cauces, los barrios volteaban su vista hacia los cerros, una vez más, recuperando la “ruta de las aves” que iba desde el Jardín Botánico hasta Monserrate antes que a la ciudad le fuera impuesta la herida de la Calle 26. Cuando a esa misma 26 se le ha infringido una herida mucho más grave, justo al frente del Museo -una obra fallida desde todo punto de vista-, la posibilidad cierta de que el Museo se amplíe le devuelve a esta zona una segunda oportunidad. La posibilidad de que la luz del arte se encuentre, por fin, la dignidad del espacio que merece.