Los gays, las divorciadas, los secretos de Estado y el miedo

Estábamos sentados mis hermanos, comiendo con mis padres, cuando mi madre nos platicó de la terrible “mafia de gays” que se había adueñado de mi antigua escuela. “Que bueno que tu hermana ya no estudia ahí, esas personas no deberían de poder dar clases a niños.” Dicho comentario produjo poca aceptación entre mis hermanos y yo. Cuando interrumpí a mi madre, señalando lo discriminatorio de su discurso, mis hermanos se pusieron de mi lado. Mi papá tomó un área gris, pero mi madre no soltaba el “están enfermos”. Me llamó la atención la brecha generacional. En un espacio en el que se comparten muchos valores, el acercamiento del mundo ha marcado diferentes visiones sobre un tema, que hace algunos años en un medio social muy parecido, habría sido incontestable (incuestionable).

Mis hermanos y yo crecimos en un mundo en el que nos aproximamos a la homosexualidad a través de nuestros compañeros, nuestros iguales, o nuestros amigos, a través de personas cuya diferente orientación sexual era sólo una más de todas sus diferencias. Mis padres aprendieron sobre la homosexualidad a través de oídos, de voces, de mitos. Su generación no les permitió conocer más. Es muy difícil derribar prejuicios sobre cosas a las cuales nunca te acercas. Ya sea que así lo determine el momento histórico o ya sea que no te atrevas a explorar más allá de las barreras de lo normal, solemos aproximarnos a lo desconocido a través de prejuicios: lo anormal, lo otro (no lo propio). Y quizás es ese el propósito social de los estigmas, generar miedo, e impedir el conocimiento y la comprensión.

Esta educación a través de la estigmatización del mundo fue muy contraproducente para las personas de mi generación. Una vez que te dabas cuenta que el alcohol y el cigarro no eran la muerte, como te había dicho todomundo, seguía el derrumbamiento de muchos mitos que se edificaban como el bien. La virginidad, la heterosexualidad, estudiar medicina, leyes o ingeniería, la religión, el pelo largo para las mujeres y corto para los hombres, no decir groserías y comer con la boca cerrada. Quizás…. no había nada malo en conocer otras clases sociales, las drogas, las faldas cortas, discutir acaloradamente sobre política y religión, asolearse desnuda y estudiar arte, filosofía, letras, sociología (o cualquier cosa en la que nunca encuentras empleo). Mis compañeros de clase que mantenían las visiones tradicionales de lo bueno y lo malo simplemente no se habían atrevido a comprobarlas por sí mismas; porque da miedo. ¿Qué pasa si sí hay razón detrás de todos los miedos que nos heredaron las generaciones previas? Entonces más vale que nos acerquemos mucho a las barreras que pusieron otros. Y las barreras se quedan ahí, repitiendo esquemas que se generaron a través del miedo y la censura.

Otro ejemplo que nos tocó ver de cerca (a mi generación) fue el empoderamiento económico y social de la mujer que permitió una legitimación social de su autodeterminación. A pesar de las críticas que recibió este cambio por reflejarse en un número cada vez mayor de divorcios, el valor central de la “familia” cambió lentamente hacia la autodeterminación de los individuos. En los cincuentas ser divorciada era equivalente a la deshonra, independientemente de las razones. Todavía en los ochentas, cuando divorciarse dejó de estar tan mal visto, volver a salir con hombres solteros o divorciados conllevaba un serio juicio moral, del cual los viudos estaban exentos. “Tener un mal matrimonio” no era un problema, era “dejar a tu hombre” lo que parecía inaceptable, y en dónde se mezclaba el miedo con el reproche social. Se reprochaba por causar miedo, a ambos sexos. Miedo de las mujeres a no poder mantenerse solas, miedo de los hombres del ridículo social, miedo de ambos a la soledad, al cambio de rutina y a ser excluidos, muy injustamente, de su vida social. Poder divorciarse abría un mundo de libertad y posibilidades que al igual que salir del closet, generaba mucho miedo. Y por mucho tiempo, este miedo jugó un factor clave en la preservación de muchas estructuras, y lo sigue jugando. Quizás el “valor de la familia” se sostuvo por medio a no tener cómo sobrevivir fuera de ella, por miedo a la represión social y en general, a lo desconocido.

En un artículo del Economist de este mes, se repite la frase: “la opinión pública en Estados Unidos está cambiando,” después de que Edward Snowden reveló la manera ilegal en la que la NSA ha venido obteniendo información, tanto de los ciudadanos americanos como de diplomáticos del resto del mundo, la opinión pública empieza a ser menos permisiva con la intrusión gubernamental y su facultad de fisgonear sin supervisión. Se ve un cambio en el que ya no siempre se favorece a la “seguridad nacional” sobre los derechos civiles y dicho cambio se refleja en las discusiones del Congreso. La secrecía que el Estado había mantenido para manejar los temas de inteligencia se ha puesto en tela de juicio.

El gobierno estadounidense había hecho un gran esfuerzo para generar miedo dentro de su población, lo enfatizó en sus comunicaciones oficiales y la manera en la que se refería a “sus enemigos”. Esto justificó acciones políticas que sobreponían la seguridad ante las libertades civiles. El miedo de los americanos puede comenzar a desplazarse…. de los terribles terroristas “allá afuera” al Estado omnipresente y autoritario, que monitorea todas las comunicaciones en Internet y las censura selectivamente. Especialmente para los jóvenes que crecieron con un Internet libre de regulaciones, la omnipresencia del Estado en la red, la violación a la privacidad y la censura de material cala, genera molestia, y llama a reconsiderar la posición y el poder que colectivamente se la ha dado al Estado.

Pero de nuevo, dicha diferencia de no permitir que el miedo sea razón para darle poder desmesurado al Estado es una visión que se comparte más entre los jóvenes. La brecha generacional se deja ver horizontalmente a través de muchos temas, especialmente aquellos que tienen que ver con la vida privada. Nos ha tocado mover las barreras de los modelos tradicionales, pero no dejamos de operar bajo un modelo en el que actuamos guiados por premios y castigos: por motivaciones externas.

De alguna manera suceda lo mismo con la visión de la economía capitalista. El miedo a que el mercado “deje de crecer” ha permeado, tan siquiera en México, a mi generación que ha crecido con el fantasma de dos crisis económicas devastadoras. La necesidad de pertenecer a un mundo que gira alrededor de una cultura de consumismo, de atraer a los inversionistas extranjeros, “estimular la economía” y “generar más empleos” son uno y lo mismo con el “desarrollo”. ¿Será posible que esa no es la respuesta al problema del subdesarrollo? Quizás aunque ciertos economistas lo propongan, el resto de la población se rehúsa a dejar de pedalear por miedo a que la bicicleta se detenga y se caiga. Nuestra sociedad todavía tiene muchos estigmas que superar. El miedo nos mantiene en nuestro curso.