La peluca rusa


Photobooth
Por: Monika Traikov
Fuente: Flickr

Antes de estrenar la peluca,  la vi puesta en el maniquí de icopor; en una especie de cabeza blanca, de cuello estilizado de facciones muy poco delineadas. El día que fuimos a comprar la peluca daba la sensación de comprar un objeto ilegal, prohibido. En ningún momento hablamos de comprar una ‘peluca’, y tampoco supimos de dónde venían los datos del señor que las hacía; ‘la peluca’ era un tema vetado en cualquier conversación, antes y después del tratamiento. Todos teníamos que guardar el secreto y poco a poco nuestros amigos se volvieron cómplices. Todos los padres de los compañeros del colegio fingían no saber nada y al tiempo miraban la peluca con discreción como si la evasión fuera un gesto de respaldo.

El taxi que nos llevó a un barrio cerca al Campín nos dejó en una casa con rejas blancas, ese era el almacén de pelucas pero no había ningún aviso o pista de ser una peluquería o casa de alquiler. Llegamos como si ya se hubieran acordado las medidas y los detalles de la peluca. De todas formas nos hicieron esperar en una sala de muebles de terciopelo. Mientras esperábamos al señor, ella decidió  entrar al cuarto separado con cortinas pesadas y desde el umbral vi una hilera de maniquís con labios rojos y espejos en la pared de cuerpo entero. La peluca estaba lista, “recién motilada”, decía el vendedor. No le preguntamos los detalles; no queríamos saber de dónde venía el pelo, ni cómo la habían hecho, pero el señor nos repetía “esta es una pieza muy elaborada de pelo cien por ciento natural”.

Los visos castaños de la peluca (casi) no los notamos. Sólo hasta el día en que fuimos al Señor de los Milagros. En ese viaje la peluca perdió su forma y vimos unos visos muy monos que fueron determinantes para guardar la peluca en una bolsa  de plástico (allí también quedó la estampilla de un ícono religioso que compramos en la caseta de la plaza de Buga). Esa bolsa de plástico podría ser también la del manjar blanco que le quitó ese aire solemne a la peluca; ahora no la volveríamos a ver en el maniquí blanco que parecía de mármol y que imitaba a un busto de una mujer importante.

Ese día volví a ver el pelo nuevo que se había comido la peluca por un par de años.  Después de varios meses, terminaron las quimioterapias y la peluca la guardaron en el cajón envuelta en una pañoleta al fondo de las medias veladas. Quedó muy escondida como una peluca rusa; en el cajón, dentro de una caja y esa caja dentro de un canguro. Nadie dio con la peluca hasta el día que Hugo se disfrazó de Ringo Starr. La peluca esa noche fue un amuleto de suerte y el disfraz de Ringo fue el ganador de la fiesta. Yo también me probé la peluca y anduve en tacones por la casa pero mucho después, cuando la peluca había dejado su aire secreto. Durante todo el tiempo fue un objeto sagrado que despertaba respeto y cariño aunque ella no le tuvo el mismo aprecio, le tenía cierto temor aunque en el hábito de llevarla todos los días y hacerle el mantenimiento en la peluquería, develaba una esperanza poderosa, de resistencia.  No lo asocié con la vanidad, pero sí con un un acto de coraje; lidió con su vergüenza, con la complicidad de todos y la lástima de otros. No evadía las fotografías, pero detestaba verlas reveladas. Mucho tiempo después cuando los álbumes de fotos empezaban a ser reliquias, ella pudo hablar de la peluca con humor mientras repetía que la peluca se había desteñido con el calor de Buga; descubrimos que el pelo podría ser un injerto de pelos importados de Europa del Este.  Fue allí cuando ella me habló de la peluca como una cura física, del placebo del que no prescindió hasta la última sesión de quimioterapia. De pronto me pareció que se avergonzó de lo que acababa de decirme, de revelarme que tal vez su secreto era que la peluca contenía la hazaña que la condujo a la victoria de su enfermedad.