Dogtown

En medio de la discusión sobre la quiebra de la galería, paramos en una bomba de gasolina. Guity extendió sus piernas en el puesto de atrás, acomodó sus gafas y se quedó quieta hasta que seguimos nuestro camino. Durante semanas había preparado este viaje, pero Guity se había negado a acompañarme por la angustia que le generaba el regreso.  No recuerdo en qué momento la convencí y embolaté sus razones. Así tuve que andar con ella, en reversa, como desviando el camino para contener el desastre del viaje.

Terminamos cambiando la ruta y decidimos pasar por un pueblo donde vivía la prima de Guity. Gloter era la pequeña ciudad de las galerías y subastas de arte. Ella me insistió. Me repitió que siguiéramos de largo hasta el suburbio.  Recorrimos la carretera; estaba intacta, las fachadas tenían los mismos colores pero no vimos las hortensias en el antejardín, ni tampoco ningún signo de la última remodelación. Alcanzamos a ver las nalgas de Raja bajando las escaleras, ella estaba arrastrando la basura. Fue allí cuando nos hizo señas y nos recibió como si nos estuviera esperando. Nos invitó a seguir a su casa, y al mismo tiempo, se oyó el eco de un llanto que se volvió más intenso al acercarnos a la puerta de la casa.

“Sigan, adelante. No es nada, con el calor del medio día, siempre se pone así…” dijo Raja y siguió el diálogo con Guity.

El chorro de la llave del lavaplatos goteaba sobre una montaña de platos sucios. Un pedazo de carne seguía pegado en la pared desde la última vez que la visitamos. Raja abrió la nevera y sacó unas frutas mientras el bebé seguía llorando. Tobías estaba envuelto en una sábana blanca encima del sofá del estudio, no se  movía, su cara estaba roja por los gases que se había atragantado. Las babas ya habían mojado su cuello y la sábana. Cuando levanté al bebé, se escurrió un líquido blanco por los pliegues de la cobija. Traté de balancearlo mientras Guity y Raja preparaban la comida.

Habíamos salido ese sábado para Dogtown que era un potrero con piedras afiladas y montañas cubiertas de neblina. Las rocas deformes parecían las caras de los perros calvos; alargadas, peladas y carrasposas. Guity viajó en el puesto de atrás y me renegó por el estado de salud de uno de sus pacientes. Me habló como regañándome, se quejó de sus compañeros de trabajo y de su jefe.

Bastaba ver los lentes de Guity para preguntarse en qué momento se había convertido en mi esposa. Desde hacía dos años tenemos los mismos diálogos, las palabras se quedan en el aire y, así, ella y yo nos hacemos los sordos.

Fue en el trasteo, cuando desempaqué las cajas llenas de papeles y vi las postales de las piedras del Dogtown. Eran de aquel pintor que curó su locura con las rocas de esa ciudad canina, ese fue uno de los motores de mi viaje, de hecho el inicio de todo fue años atrás, cuando escribí un texto de crítica a su obra que dejé inconcluso, muy vago. No sabía si el viaje a Dogtown iba a repetir ese rito inacabado; de ser así, le apostaría a llegar a las rocas de la ciudad canina.

Raja ahora camina más chueca de lo usual para acomodar los platos en la cocina, tenía una cadencia más lenta que aquella vez que mostró en el baile el día de nuestro matrimonio. Me di cuenta que Raja, al cargar a Tobías durante nueve meses, la había vuelto más torpe. La angustiaba cargar a su bebé por más de cinco minutos; se le escurría por entre los brazos y el peso le daba un dolor en la espalda.

Ella siguió lavando los platos mientras su bebé seguía llorando. El sonido del mar se dilató como el de una concha de caracol. En medio del diálogo de la remodelación, Guity, en un instinto de madre, sacó sus pechos frente al espejo del baño, se los restregó y cargó a Tobías para amantarlo. Esperamos a que saliera leche de alguna de sus tetas. Raja tampoco tenía leche.

Decidimos irnos a otro pueblo buscando una mujer lactando. Pasada la tarde llegamos a otro lugar desconocido y dimos un paseo por las calles. Caminamos pueblo adentro hasta llegar al hospital que parecía una galería de peceras; los cubículos de vidrio y las camillas desocupadas se veían a través del corredor. Pregunté por madres que estuvieran lactando mientras que Guity decidió comprar algodón y leche en la droguería del hospital. Me convenció de que regresáramos para amamantar al bebé con lo que había: un algodón untado de leche.

Le renegué todo el camino y le dije que desistiera de esa salvajada. Avanzamos muy despacio y fue una tortura tener el punto de la casa de Raja detenido a lo lejos. Al llegar a donde Raja vimos el parqueadero desocupado. No había rastro, ni una nota que avisara a dónde se había ido. Después de media hora, decidimos continuar con nuestro viaje. Tomé la carretera alterna para ver las casas y el mar oculto entre las matas. La ruta se hizo menos monótona, y así distraje a Guity mientras ella hacía planes de comprase una casa a la orilla del mar.

Desde la otra orilla del Dogtown, vimos las rocas muy lejos en un terreno verde y montañoso. Me imaginé el musgo en las piedras y un par hormigas rojas caminando en fila cargando hojas diminutas. Guity me propuso que paráramos en la orilla y nos quedáramos buscando constelaciones, sabiendo que en todo el viaje no se había quitado las gafas ni para amamantar al bebé. Ella se tendió sobre el puesto de atrás y se quedó mirando por la ventana y trató de convencerme  que nos devolviéramos a la ciudad.

Guity se durmió, quise despertarla pero me contuve. Quizá hablar nos hubiera salvado. Fue después cuando me insistió medio dormida “Vámonos de aquí. Quiero volver donde Tobías, tal vez ya estoy cargada de leche”. Guity decidió bajarse del carro. Me dijo que siguiera mi camino a Dogtown. La dejé sobre la carretera, estaba oscuro y al bajarse se quitó las gafas para seguir sobre la orilla de la vía,  siguió con las luces de los carros que le alumbraron el camino.

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