La caída

Foto por: Arianna Marchesani.
Tomada de Flickr

Eran las cuatro de la tarde, yo podría ser un empleado que salía de su trabajo. Entré a una tienda a pedir una empanada y no me atendieron.

“Muévase que tengo afán”, le grité.

“No tenemos vueltas” dijo con un tono cortante el hombre de la caja. Saqué mi billete y se lo tiré sobre el mostrador. Poco antes de terminar la empanada, me limpié la grasa que me chorreaba por la boca y dejé la servilleta sobre la mesa. Tenía una hora, antes de encontrarme con Rita.

Pasé a los ajedrecistas y a la multitud de gente que apuntaba la mirada al tablero de juego.  Evadí a uno de mis colegas que caminaba con su maletín; el hombre andaba como si todavía tuviera el ojo en la pantalla, perdido en un mar pixeles diminutos. No lo iba a saludar. Terminé la cuadra de La Terraza y me metí por un callejón hasta llegar al local iluminado con luz de neón que titilaba como si estuviera a punto de fundirse.

“Hágame el clásico” le dije al hombre de la barbería.

César me cortó el pelo y la barba y, en un descuido, se le trabó la cuchilla en el lunar de la nunca. No era la primera vez que me peluqueaba. El cuello me empezó a sudar  y, mientras estaba viendo el piso lleno de pelos, me bajó un hilo de sangre por la camisa blanca. La última vez que fui, prometí no volver por el tinto que me había ofrecido; ese café aguado que sabía a tintilla china me intoxicó por dos días. Volví por la costumbre de hacerme el corte, quizá el último antes de ver a Rita.

Son cincuenta y nueve años ya. En la oficina me despiden todos los días como si fuera a pensionarme. La semana pasada me arrinconaron en un cubículo de trabajo donde metieron cuatro personas enfrentadas como en un comedor de colegio. Ahora voy a estar en el quinto piso donde  las mujeres están a un lado con los escotes asfixiados y, al otro, los hombres que reciben las quejas de todo el edificio: llaman a cobrar y a pelear por los errores en los salarios.

Hoy me paré de mi puesto de trabajo por lo menos cinco veces más que los otros compañeros.  Hubo momentos en los que quería ir al baño y me fui a la cocineta o viceversa. Me repetí “es que ya no duermo, ya no duermo”.

Una excavadora se oyó a pocas cuadras, retumbó en mi cabeza. Me recordó la cuadra donde vivo que se está desmoronando. Han demolido tres edificios en tres meses. Pensé en los escombros,  las baldosas despicándose.  Llegué al ascensor  y ahí sentí el vértigo de la caída.

Tomé el bus para visitar a Rita. Me bajé en la esquina de la 39 y seguí de largo para llegar al horario de visitas.  Era la hora de la comida y todos los abuelos estaban en fila esperando la sopa con la tajada de pan. Rita estaba sentada, encorvada, con la mirada perdida. Mojaba el pan en la sopa.

Hablamos de lo mismo. De las noticias, del trabajo, el tráfico y la venta del apartamento. Yo me quejé como siempre y le dije que lo más probable era que me fuera a retirar del trabajo. Ahora me escucha, creo, y no me dice nada. Me iba a despedir con la sensación de que no pasaba nada, pero antes de darle el último abrazo, le dije que me iría de la ciudad. Rita no dijo nada. Ella seguía masticando aunque ya había terminado el último bocado de pan, volcó su mirada sobre mis zapatos y no entendí qué era lo que le llamaba la atención. Le miré su pelo recogido y pensé que tendría que dejarle una carta avisándole que no iba a volver, los papeles del seguro y una foto.

Esa noche llegué a la casa y la nevera se estaba descongelando. Un chorro de agua formaba un charco que rodeaba el tapete a la entrada de la cocina. No había mucho tiempo para trapear y sacar las cosas de la nevera que se estaban dañando. Entré a mi cuarto y organicé los papeles que debía dejar en orden. Tendría que llevar el paquete esa noche a donde Gertrudis, la señora que cuidaba a mi tía Rita.

De regreso al apartamento pensé en el veneno para las ratas. Quizá eso fue lo que había carcomido la nevera, la fue oxidando y los cables se pudrieron.

Anoche debí quedarme dormido mientras partía las pastillas porque me levanté de la cama y vi la corbata en el suelo y un par de botones en el piso. Eran las diez de la mañana y la luz del sol se reflejaba en el escritorio. Recorrí la casa pensando que debía hacerlo. La nevera seguía descongelándose, la carne pudriéndose allí dentro, mi tía Rita, sola, muy sorda y el edificio a punto de ser demolido.

Miré por la ventana y el ruido de una detonación retumbó en toda la cuadra. Como si hubieran llegado en manada, los constructores se empezaron a comer los edificios viejos desde hacía unos meses por la oleada de construcciones nuevas que fueron desplazando a los habitantes del barrio. Cayó otro bloque de concreto, inmenso, y el vidrio tembló. La cuadra quedó en un silencio total. Todos los habitantes del edificio tenían que desalojar sus apartamentos a más tardar esa noche por orden del constructor.

Descolgué el citófono, desconecté el teléfono, bajé los tacos, cerré la llave del gas y me subí al altillo, me encerré allí  para no oír más vidrios desmoronándose. El edificio lo demolerían por la mañana. Vendrían a revisar los apartamentos para sacar los muebles que habían dejado sus habitantes.

Pasaron por mi apartamento y sacaron la nevera, la cama y la biblioteca y las bajaron por las escaleras. Dejaron el charco intacto. Abrieron los cuartos y los baños. Quitaron los inodoros, los lavamanos y duraron hasta media noche despicando los pisos para sacar los porcelanatos.

***

Tres taladros empezaron a sonar a destiempo. Desde muy temprano el edificio estaba temblando.  El polvo chocaba con los escombros. Varios hombres asistían al derrumbe. El sol brillaba en el muro blanco que se desmoronaba. Los curiosos se asomaban entre el polvo, veían caer los ladrillos. Una sirena de una ambulancia llegó al lugar. Buscaron entre los escombros y vieron a un hombre, quieto, acurrucado, cubierto de polvo.

  • Natalia Salas H.

    Cuando hablamos de identidad de género -y en ello resulta muy aclaratorio
    el diagrama- nos referimos a situarnos en un punto del espectro entre lo
    masculino y lo femenino cuyas características nos definen y desde el que
    desearíamos ser reconocidos manifestándolo en nuestra apariencia.

    Al sentir que nuestra identidad de género difiere del sexo biológico y
    queramos entonces visibilizarlo en una expresión de género transgresora, es
    natural que nos apeguemos a los imaginarios que identifican al sexo opuesto.
    Los reinados distan de ser un evento edificante pero están instalados en la
    cultura criolla como un espectáculo de luces y color en el que se despliega la
    belleza femenina. Sin duda clasista, sexista, muy cuestionable en muchos
    sentidos pero finalmente incorporado en el imaginario popular como una
    expresión de la belleza física de la mujer colombiana.

    No se es más o menos mujer por no ponerse maquillaje, no afeitarse o no
    estar al tanto del último grito de la moda. Pero no nos pidan a las mujeres
    trans que no nos maquillemos, no estemos pendientes de la
    moda femenina o no miremos con simpatía concursos de belleza dirigidos para
    nosotras o nuestras compañeras. Mucho rechazo y fastidio nos produjo por
    décadas el adoptar comportamientos masculinos como para que ahora no podamos disfrutar de actos que -si bien para nada, reitero, determinan la feminidad- por lo menos son no masculinos y por ello nos satisfacen al menos, mientras construimos y fortalecemos nuestra identidad de género.

    Creo que esto aplica para quienes nos sentimos identificadxs totalmente en
    el extremo del espectro de género opuesto al del sexo con que nacimos o para
    otras personas que se sienten bien alternando entre lo masculino y lo femenino.
    Cada quien le imprime el estilo que quiera a su expresión de género. Me aterra la idea de someterme a multitud de procedimientos de cirugía plástica y no busco ni mucho menos ser una mujer de medidas perfectas, pero respeto a las chicas que piensan en contrario siempre y cuando procedan con responsabilidad.

    Como mujer trans, considero que tenemos un frente de lucha común muy amplio
    con la corriente feminista y no lo desdeño como en algún pasaje parece hacerlo
    el autor, único aspecto en el que difiero con el(la) de su entrada. Lo que pasa
    es que nosotrxs, como mujeres y hombres trans debemos hacer notar nuestras
    peculiaridades, que pasan por una cotidianidad bien descrita por Matías, además
    de los miedos y anhelos que sólo podemos sentir aquellxs que vivimxs bajo el
    estigma de ser condenados por no querer vivir bajo un sexo que no nos pertenece. Saludos.

  • Charly

    hola bella escritora , cuéntame mas sobre Leyla.

  • Guest

    Hola bella escritora , rico saber mas sobre Leyla o sobre ti