El hígado de Magola

Pintura de Maureen Nathan. www.maureennathan.com

Pasé por las cantinas del pueblo  y los hombres al pie de la carretera, mientras  ellos bebían amontonados en las tiendas. Llegando a la miscelánea de la cuadra, oí un grito de un hombre que me decía “diosa sabrosa”. Seguí hacia adelante, caminé más rápido hasta que un par de moscas se pararon en mi frente; había llegado al portón de la casa de mi abuela. En la sala mecían a la abuela Magola. La abanicaban para espantarle las moscas, su cumbamba estaba agarrada con un pañuelo hasta la cabeza para cerrarle la boca.

A mi abuela Magola le gustaba el ron.Varias veces la encontré en el patio medio dormida, entre las gallinas que le picoteaban el vestido y la ensuciaban con la gallinaza. Se iba al patio para buscar los huevos y alimentar a las gallinas con arroz y pan viejo. En medio de la tarea se quedaba en la sombra, fundida, al medio día, con la botella entre las manos. Alguna vez la llevé al cuarto y le reproché  su borrachera, pero ella supo embolatarme echándome una historia del tío abuelo que se bebía los perfumes de su esposa.

Su vicio me preocupó cuando se iba al mercado, muy temprano, y la encontraba en la cantina más alejada del pueblo. Magola había empezado a beber desde que mi abuelo muerto la había dejado por otra mujer del pueblo. Bebía a escondidas o, al menos, no lo hacía abiertamente. Tomaba café en las mañanas y le echaba un chorro de ron, al almuerzo bebía ron con zumo de limón y a la comida se lo tomaba puro. Cada vez que podía hacía una siesta y se levantaba a las cinco, la hora del juego, cuando empezaba la misa en el pueblo. La abuela jugaba cartas hasta las nueve, y en cada tanda, se fumaba medio paquete de Pielroja.

El problema de la abuela no era el alcohol, tampoco era el cigarrillo, era su adicción a las pastas. En su mesa de noche siempre había una pila de medicamentos, amontonados, todos abiertos y unos cuantos vencidos. Magola creía en los remedios, aunque al final no creyó tanto. Empezaba una tableta y luego otra y otra, pero nunca se tomaba las dosis completas. Fue así que le dieron pastas más fuertes para que le hicieran efecto. Siguió tomando hasta que desistió de los remedios, cuando el médico le dijo que ya no la estaban curando.

Todas las noches era extremadamente meticulosa con los turnos a la hora de repartir los naipes. Renegaba si hacía una mala jugada y, cuando el juego estaba flojo, se le oía decir, “esto está hecho una miseria”.

Fue la miseria de su cuerpo la que se fue notando cuando el hígado le empezó a latir. Comenzaron a pasar los días y ella a descomponerse. Se murieron los pájaros que tenía enjaulados en la cocina; los encontramos  escondidos en el aserrín días antes de la muerte de Magola. El cuerpo de la abuela comenzó a emitir un olor a podrido, su aliento tenía  un olor agrio. Me decía que era una sensación rara,  que poco a poco su vida se le iba perdiendo por el aliento.  Así, en medio de las fiebres altas, la abuela me repetía agonizante “que me quiten este hígado que me está latiendo”.

Magola no alcanzó a hacerse el trasplante de hígado. Se le fue hinchando la barriga, su piel se volvió más amarilla, muy pálida. Cuando me acerqué para despedirme,  su aliento desprendía una solución biliosa con olor a carne muerta. Después de cuatro semanas, luego del interminable delirio, el hígado de Magola dejó de latir.

Esa tarde llegué corriendo a casa de mi abuela. Necesitaba encontrar los papeles de registro de Magola para llevarlos al cementerio. Debía vestirla para su sepultura. En el afán no encontré su registro de nacimiento pero vi un certificado en letra borrosa de su primer matrimonio. Alcancé a leer que el 20 de noviembre de 1953 el señor Uber Zapata y Magola Díaz se habían casado por lo civil.

Antes de irnos al cementerio,  habló el cura en la ceremonia  y los pájaros se entraron a la iglesia. Los azulejos sabotearon su discurso y el pueblo cabeceó toda la misa viendo el vuelo de los pájaros. Nos fuimos en procesión hasta el cementerio, caminamos media hora y en el camino se fueron pegando las amigas de mi abuela, el de la droguería, el señor de la tienda y varios vecinos.  Se acercó un señor gordo, sudando, se fue adelante del cajón y entró en llanto. Era Uber, el de los arreglos de la casa, el que podaba el jardín, pintaba la casa, le traía los encargos y, hasta esa tarde, fue el secreto de Magola.

Entre los hombres de la procesión venían pasando un trago de ron. El vaso empegotado le llegó a Uber y alguien le dio un par de palmadas por detrás. Su lamento, desgarrado, con un aire desconsolado, no se contuvo hasta que llegamos al cementerio. Bajaron a la abuela, despacio, con unas cuerdas, mientras una banda de músicos desafinados tocaron un par de canciones. Se acercó Uber y echó un ramo de flores.

De regreso al pueblo, pasamos por la única cantina con el radio prendido. Me acerqué a Uber y le susurré al oído que él se quedaría con las gallinas. Vimos los hígados en la carnicería, la farmacia vacía, las tiendas cerradas. Nadie fue indiferente a su muerte. Terminada la procesión,  Uber se quedó en la cantina, de espaldas a los transeúntes, allí donde había conocido a Magolita.

  • AurelianoCin

    Me encantó Magola. Tiene una relación muy indiferente con su nieta, que casi ni la quiere tampoco. Pero es que Magola no se deja querer. Pobre Uber.

  • Mariana

    bravo! Que buen relato.