La Carnicería


Imagen: Óleo sobre cartón entelado. Felipe Arango.

Frente a la carnicería

Ayer  comí  frente a una carnicería. Las  reses y las caras de marranos se alcanzaban a ver desde la ventana.  Estaban secas, no había vitrinas, toda la carne estaba colgada con ganchos. En el  restaurante había una mujer que hablaba por celular. Tenía las piernas cruzadas y se miraba las uñas. Ella me miraba  mientras masticaba el pedazo de cerdo, comiendo mecánicamente con  los dos puños cerrados sobre la mesa. El mesero puso dos platos; uno tenía arroz y el otro papa sudada. Miré hacia el plato y luego volteé la cabeza de reojo a las piernas de la mujer hasta llegar a los tenis blancos. Volví a mirar la cara degollada  del marrano que colgaba en la carnicería con una mueca interrumpida. El mesero me susurró unas palabras que no entendí. Tampoco le respondí nada. La carne estaba dura, arisca al corte de los cubiertos; daba vueltas de un lado para otro en el guiso que se salpicaba en la mesa. El carnicero parecía que picaba la carne. Comí hasta que me metí el último pedazo y me lo engullí todo. Luego, en ese trance de llenura, vi otro cerdo que atravesaba la calle. Un enano lo seguía con un paso distinto al de quien sigue a su presa para matarla. El hombre enano lo correteaba como buscando a su novia; el marrano parecía ser una mascota que huía a la carnicería buscando las caras de sus padres, gruñendo por los corredores sin dejarse atrapar.

El carnicero

El carnicero trabajaba de las ocho de la mañana a las siete de la noche. Ese día abrió la carnicería y se detuvo por el olor de las carnes crudas. No estaban sanguinolentas porque el lugar había estado cerrado por unos días. A él le había salido un trabajo como vigilante en un circo. Le tocaba rondar a un hombre que ayunaba. Estuvo en vela durante dos días vigilando la atracción del circo. La espera le daba hambre y náuseas. Fueron dos días de sufrimiento porque la imagen del hombre desnutrido era perturbadora; le recordaba  las carnes abandonadas en su carnicería, el ayuno de los hombres que pasaban a buscar la carne,  el hambre suspendida en las caras degolladas de los marranos.

El carnicero, ese día, llegó más temprano y repartió las carnes a los restaurantes aledaños. Picó las que no estaban frescas, para echarlas en bolsitas y venderlas en promoción. Al restaurante del frente le pasó una libra de cerdo y le encimó las pezuñas y el hocico.

El carnicero manejaba el depósito del gremio de los carniceros. La carne que no salía iba a parar a un local abandonado. Pero desde hacía un tiempo, los carniceros de la ciudad habían dejado de llevar la carne vieja al depósito y optaron por enterrarla en el potrero más cercano. El carnicero, en cambio, siguió disecando las carnes más viejas y las organizó en un muestrario de reses.

Cita con Leyla

El hombre que entró al restaurante podría tener unos sesenta años, era alto, grueso, de cabello blanco, cejas espesas y manos grandes. Tenía un anillo de esmeralda. Se sentó y pidió el plato del día. De repente comenzó  a cortar la carne con un movimiento violento. Yo, mientras tanto, trataba de quitarme el esmalte de uñas. Cuando volví a observar al hombre, él estaba masticando con la boca abierta, pasando la lengua por los dientes, con la mirada fija en la mesa. Yo lo veía por el reflejo de la ventana al otro lado de la calle. Me hacía la que hablaba pero mi clienta ya me había colgado hacía un minuto. Busqué entre mi libreta más clientas para regresar al salón con más trabajo para esa noche. Hasta entonces, sólo había programado una cita con la señora Leyla, tenía que hacerle un masaje en las nalgas. Ese día salí del restaurante porque el hombre se quedó mirándome como si estuviera viendo su plato de cerdo. Salí con afán al salón de belleza porque tenía solo un turno confirmado para la noche.

Recuerdo que esa noche, mientras le daba el masaje, miraba fijamente la cortina ligera que separaba su cabina  de  la otra. Al otro lado de la cabina no había nadie. Miraba la cortina como si buscara un mensaje de una clienta. Se venía una jornada floja. Leyla me gritó ¡Tarsisita! Me dijo que la masajeara un poco más arriba; por las caderas que agarraban una cola ancha y dislocada. Sus nalgas estaban tiesas y en la cara tenía un gesto de placer; la boca abierta y silenciosa que se interrumpía con gemidos.

La mujer del restaurante

La mujer que hablaba por celular miraba con cierto aire de coquetería, como seduciendo al vacío. Se veía concentrada anotando en la libreta algún dato mientras hablaba por el teléfono; movía la pierna impaciente, pero el mesero no se preocupaba de acercársele por si quería algo más. Tenía puesta una sudadera pegada que le forraba las piernas y hacía notar las pantorrillas. Su busto sobresalía como ahorcado en una camisa estrecha.

Ese día, después del plato de cerdo, me quedé mirándola como para ver la oportunidad de acercármele y entablar una conversación. Después de las miradas insinuantes, la vieja se fue. Llevaba un morral y parecía que trabajaba allí cerca. Yo la seguí sin que me viera hasta que entró a un salón de belleza. El aviso del lugar decía ‘Mantenimiento del cuerpo y otros placeres’. Pensé que el salón era restringido solo para mujeres porque no entraba nadie, ni siquiera mujeres. Esperé un rato tratando de mirar la lista de precios que se veía más allá de la vitrina. “Masajes corporales…$25.000”,  alcancé a leer.

Pedí una cita al teléfono que aparecía ahí. Me contestó una señora Tarsi y me preguntó que qué quería hacerme y que dependiendo de eso podía programarme una cita para ese mismo día. Entré al lugar y esperé en la sala que daba a una pared; estaba curtida y tenía unas imágenes de mujeres musculosas. Estuve esperando, viendo a las mujeres y oyendo los gemidos de una señora que estaba en el turno. Al cabo de unos minutos salió una mujer de nalgas grandes. Tarsi me reconoció con sorpresa y con cierto nerviosismo me hizo pasar a la cabina, me dio una bata ancha  y una toalla. El masaje empezó con aceites, luego me quitó los espasmos de la espalda hasta llegar a la cadera y las nalgas. Aún sentía el cerdo en el estómago. Me dio un par de palmadas y terminó masajeándome con el codo para sacarme una yuca de la nuca.  Al parecer había estado tenso.

  • A VG

    Y el punto de equilibrio entre lo que creemos que es verdad y lo que no lo es, es la duda que surge de una certeza que se tambalea, tropezando en otras certezas que se mantienen. Uno puede escoger fijarse en unas cuando uno necesite respuestas, o en las segundas cuando uno exija certidumbres.

  • Diego Contreras Medrano

    Tal vez la certeza esté sobre valorada, pero a veces detesto el estado permanente de duda.

  • Dewey

    🙂

  • Paula Mejia

    Muy descriptivo e interesante 🙂