El hombre con corazón de oro

mono

Por Eduardo Posada Carbó

Cada mañana Víctor Julio Suárez Rojas se levantaba a oler las rosas que tenía plantadas en el jardín de su bunker y a ver correr el agua cristalina que hace brillar los caños de La Macarena. Este paisaje paradisíaco le recordaba el aroma de la polución de las ciudades de Colombia, las mismas que renunció a pisar hace treinta y cinco años. El “Mono”, como le decían sus amigos, era un hombre con corazón de oro, un poeta que se enternecía con el llanto de un bebé y que no podía dejar de escribir odas a las montañas, las hadas y el vino caliente. Quienes lo conocieron saben bien que su sensibilidad e incapacidad para ocultar sus sentimientos lo llevaron rápidamente a esconderse tras ese cascarón de brutalidad asesina en que convirtió el ala militar de la guerrilla.

Las parrandas de Víctor eran famosas, tanto que no dejaba dormir a ningún amigo. Cuando él bebía siempre insultaba a sus cuadros más queridos con frases de cariño que sólo él sabia decir. Después se les sentaba en las piernas, les hablaba del socialismo y se echaba a reír, “jojoy, jojoy”, con sus mejillas sonrosadas, con esa sonrisa campesina que en la revista Semana tan bien retrataron en una portada. Víctor sabía escuchar, eso era algo que todos reconocían. Alguna vez se publicó un video en el que compartía una sesión de discusión con los secuestrados. Por cierto, él los trataba con sumo cariño, como el padre que nunca tuvieron. En algún momento Víctor dijo en tono de reconciliación “nos vemos en las ciudades”. Muchos entendieron esa frase como la radicalización de la guerra, pero para él siempre significó la posibilidad de poder volver a visitar sus cafés favoritos, recorrer las librerías y poder hacer pública su poesía entre los círculos literarios a los que siempre quiso pertenecer. En realidad, él se consideraba uno más.

Los enemigos de la paz nunca entendieron —y ya no entenderán— el cáracter humano del “Mono”, quien organizaba sesiones de apreciación musical con sus contertulios guerrilleros a la luz de los bombardeos y ataques a pueblos. “La guerra es la música por otros medios”, decía. Su corazón de oro —y su hígado también, un poco— fue maltratado por la violencia de la guerra, que convierte a los grandes hombres en seres fríos con ojos de cristal. Víctor no quería la violencia, pero solo la vía militar le permitió salvar su frágil humanidad en este mundo salvaje que lo quería despedazar. Colombia y todos nosotros lo volvimos así.