Miércoles de pan y chocolate

Era un típico atardecer bogotano. El ambiente era la suma de cansancios, mal genios, estrés y alguna que otra conversación en la estación de Transmilenio de la Calle 19. Esperábamos un F1 con Daniel, mi novio. Ya iban a ser las 6:30 de la noche, hora en la que se había pactado la cita con Nelson en la estación De la Sabana, donde también nos encontraríamos con Héctor, mi amigo fotógrafo y la persona que tenía la misión más importante de todas: llevar el pan.

Ya en la Sabana, llamé a Nelson. “Sal por la puerta de arriba, como si fuera para San Victorino”. Él también esperaba a otras personas y, luego de saludarnos y saludar a sus otras invitadas, nos dirigimos a la Carrera 15 No. 16-41.

Nelson golpeó en una puerta café de una casa de color salmón. Cuando abrieron, un corto pasillo nos separaba de la gente que se movía de lado a lado. Algunos empacaban pan, otros hacían el chocolate, otras realizaban entrevistas mientras grababan lo que hacían los voluntarios. La música estaba a cargo de la emisora Candela. Una mesa verde, dos ollas muy grandes sobre una estufa industrial y canecas azules combinaban con las paredes de color verde, blanco y vino tinto, ya desgastadas.

 Pie de foto: esta y las demás fotos son de Héctor Ramírez

“Sigan, ellos no muerden”, dijo Nelson y salió de la casa. Héctor empezó a tomar fotos, yo entregué la bolsa con pan y me sumé a la gente que estaba empacando.  Mientras peleaba con mi falta de destreza para guardar queso, escuchaba las risas y comentarios de las personas a mi alrededor. Las tres señoras a mi lado izquierdo eran hermanas. “Los niños son mis hijos”, me dijo la señora que pasaba el queso mientras me señalaba a los dos niños que estaban al frente de nosotras y que también ayudaban. “Yo los traigo para que se den cuenta de todo lo que tienen y que lo valoren”, afirmó la señora que iba con toda su familia por primera vez a la fundación. “Nosotros llegamos acá por Nelson, él se sube a los buses y habla sobre lo que hacen”, agregó.

“Llevamos aproximadamente dos años y cuatro meses. Antes se llamaba Chocopan con humildad para todos, que fue un grupo creado por unos raperos y los que estamos hoy vinculados como Nelson, Andrés y Cristina, mi esposa. Así nació Chocopan por una sonrisa y ellos siguieron con Chocopan con humildad para todos”, dijo Ramón, mientras echaba en una olla una de las 36 libras de chocolate que necesitan cada ocho días.

Cerca de las 8:00 de la noche, las personas que estaban al lado de la puerta se corrieron al escuchar “¡cuidado!, ¡cuidado!” y el olor a chocolate salió inmediatamente. Luego de echarlo en una caneca azul, todos nos reunimos alrededor del camión. Nelson y otros fundadores nos comentaron sobre lo que habían hablado en varias reuniones. Uno de los temas era la posibilidad de volver a la L, una parada en la que dejaron de repartir por cuestiones de seguridad.

“Las paradas se escogieron a lo largo de la historia de Chocopan. Se tienen consolidadas siete. La primera es en la esquina, en una pensión donde viven más de trecientas familias en situaciones precarias de salubridad y alimento. Hay dos paradas muy especiales que son del Bienestar Familiar. En una, hay niñas menores de edad embarazadas y que están judicializadas por algún delito, son madres gestantes o lactantes. Otra es una parada de pensiones donde la gente se puede acercar fácilmente”, afirmó Ramón antes de salir de la gran habitación que tomaron en arriendo para guardar todo.

Al finalizar, una oración realizada por una de las personas nuevas fue el punto de partida para que arrancara el camión. “¡Chocopan!” “¡Para los que toman chocolate y pan!,” gritaba Katherine, una de las organizadoras que estaba dentro del camión y repartía el chocolate en jarras para que los demás lo sirvieran.

La gente debía organizarse. Tenían por lo menos entre dos o tres jarras para repartir chocolate, otras repartían la bolsita con el pan y el queso, y otra daba los vasos. Se hacían dos filas, una para niños y otra para adultos. Los niños salían de la pensión y en sus rostros se veían las ganas de probar el chocolate que inundó la cuadra con su olor. Los adultos se dividían entre padres de familia y habitantes de calle que esperaban impacientes su vaso de chocolate. En cada una de las paradas, uno que otro hacía fila dos veces o llevaba una olleta para llevarle al resto de su familia. Todos saludaban y agradecían.


“El objetivo es darle prioridad a los niños y adultos mayores, pero pasa mucho que la gente se pone brava porque no les damos dinero o porque, en ocasiones, como por ejemplo en la época escolar, exigen que nosotros les demos los útiles. Eso me pasó a mí y yo les decía: nosotros no tenemos el apoyo ni del Estado ni de ninguna entidad.”, dijo Mauricio Rodríguez cuando le pregunté sobre los límites de la ayuda que brindan, sobre todo cuando los beneficiarios no ven su acción como algo voluntario, sino como un deber.

 

Al terminar, todos corrían a dar las jarras y entregar lo que sobrara. El dilema era, ¿quién se iría en el camión o en el otro carro que nos acompañaba? En esa ocasión, nos tocó caminar en medio de la soledad que solo se da en la noche, porque en el día los artículos para motos adornan las calles y los amantes de ellas rondan la zona.  ¿Para dónde vamos?, pregunté a uno de los jóvenes que caminaba con nosotros, “para donde las niñas de Bienestar”, respondió.

En una esquina ya se divisaba el camión al lado de una gran puerta blanca con el letrero: “niñas embarazadas, gestantes y lactantes”. Entraron solo mujeres al lugar, mientras los demás nos quedamos afuera. Unos repartían chocolate a los habitantes de calle que llegaban al camión. Sin embargo, ese miércoles fue especial. Por primera vez, dejaron ingresar a todos hasta otra puerta blanca que limita el espacio de las niñas. “Buenas noches”, gritaban las niñas en coro, mientras intentábamos ver las caras dueñas de las voces que nos saludaban a través de la puerta. Desde donde me encontraba, pude ver a una niña de cabello claro y una barriga que hacía notar su embarazo, su mirada era un tanto apagada y triste, pero dejaba ver su curiosidad por saber quiénes le traían chocolate.

Salimos y todos corrimos al camión, esta vez logramos irnos en él y no caminar. Ahí se hizo evidente la familia que es Chocopan: las risas, los comentarios, todos se conocen y disfrutan  lo que hacen. “A los que usan Transmilenio, sigan”, decían y se reían, mientras íbamos llegando a la siguiente estación.

El ejercicio era el mismo, pero la gente era diferente. Los niños estaban más inquietos. Mientras hacían fila se reían y hacían bromas. Se notaba que se conocían más. No sobra decir que son precisamente las sonrisas de los niños las que han hecho que las diferencias entre los funcionarios de Chocopan se superen y que, a pesar de tener vidas ocupadas, cada ocho días estén visitándolos sin falta.

Cuando llegamos a la siguiente parada de Bienestar logré postularme para entrar. Estaba lista con la jarra de chocolate, pero una de las jóvenes que nos acompañaría habló con el celador y por tener 17 años no pudo entrar. “Eso es un problema para nosotros, qué tal una de las niñas que está adentro le haga algo, esas niñas no están acá por buenas”, afirmó el vigilante. Al momento, llegó Nelson: “si pasa algo gritan, todos estamos acá”, dijo riendo.

Nosotras nos mirábamos y sonreíamos nerviosas, pero cuando entramos se nos pasó. Se veía una puerta al fondo, las paredes eran de tono claro y se notaban las figuras de colores que había por todo lado. Sin embargo, la presencia de las rejas contrastaba, parecía que el encierro se había disfrazado de ternura. Subimos las escaleras y abrieron una de las puertas que dejaba ver a las niñas en una fila organizada.

“Bájense las pijamas”, dijo la mujer que las cuida. La primera de las niñas tenía cortadas en su brazo derecho. La última niña era morena, tenía el cabello muy corto y despelucado con un buzo gris encima de la pijama y unas cicatrices en la cara. La señora la llamó por su nombre: “recoge todos los vasos y las bolsitas”. “Sí señora”, respondió la niña con voz fuerte mientras soplaba el chocolate.

Así seguimos por cada piso hasta darles chocolate y pan a las cuarenta niñas que oscilan entre los once y los 17 años y que permanecen ahí durante dos meses. En cada una de las puertas, hay un valor escrito con marcador negro sobre un papel rojo; al lado, un marcador azul resalta los nombres de cada una de las niñas. “Gracias”, decían cuando terminábamos y se cerraban de nuevo las puertas.

Al salir, entregamos todo y volvimos a partir. Esta vez Héctor, Daniel y yo íbamos en una Van, “parecemos emigrantes”, dijo Héctor.

Un poco más de las 10:00 de la noche, en la última parada, todos íbamos caminando. Llegamos a la carrara 13 con 19, pero fue diferente. La Policía se estaba llevando a un habitante de calle que tenía unos golpes en la cara. Según comentarios, él había intentado hacerle algo a una señora, y ella tomó un palo y le pegó. Cuando ella se fue, él le quería pegar a la  gente que pasaba. El ambiente se tensionó. Aún así, la fila se iba haciendo, fue la más larga de toda la noche y donde los habitantes de calle hicieron más presencia.

Mientras tanto, mariposas amarillas, dije mientras veía los colores brillantes del edificio más alto de Colombia. “Sí, desde acá no se ve igual la Torre Colpatria”, respondió Héctor y tenía toda la  razón. Era lo único que tenía color, parecía irreal, la Torre Colpatria parecía inalcanzable.