La salsa según yo (Parte I)

En determinado punto entendemos la importancia de ese cielo que le da ruptura a otro. Es la magia hecha creación: de miel, de hiel o de lo que quiera serse o nacerse pero… creación será; hecha de barro, cal o polvo pero hecha o quizá (solo quizá) en bosquejo.

Los inicios reportan un movimiento de esclavos que, con el arrastrar de cadenas cuando iban en sus rutas, develaban un ritmo que para los amos (consideraban ellos) eran actos de rebeldía, pues seguía un ritmo común, creaba comunión y comunidad; era un sentir en conjunto. Es por eso que cada intento rítmico era detenido y quebrantado con látigos o golpes al por mayor y al detal.

Con el pasar del tiempo, a los esclavos se les fue tratando con más laxitud y en una época no precisada “disfrutaban de un tiempo entre ellos, al sonar de pies zumbando la arena, piedras y metales un ritmo nacía”. Pero el repique de tambores estaba vivo para estos africanos. No había manera de emular tal sonido. No había un solo artefacto, un cuero o un metal que sonara como aquel corazón de su tierra. Pero el desparpajo del hambre algo habría de dejar después de hambre y agonía.

Uno de los más necios de los esclavos tipo exportación, cuando tenía hasta dos días sin comer recordaba aquellos días en su añorado pueblo donde estaba sin comida, pero sin trabajo… y en su infancia le negaban el tambor. Él solo sonaba a palmadas la barriga y, por un momento, se convertía en el hombre orquesta al cantar, sonar palmadas y friccionar sus dientes. Construía su ritmo al paso de cualquier cosa; y ese diestro muchacho soñando, sonó. Emulando a una vaca, un gallo, estaba ahí el ritmo. Estaba ese son libertario de negros ahí andando, la melodía buscada y el sonsoneo de cualquier cadena le daba ese aire de fricción. Un mago, una leyenda entre tantos que solo arrastraban penando. Estaba uno de ellos disfrutando su existencia y su estancia en un mundo donde solo había labores por hacer, creando un submundo en este y una estructura para siempre viable: la de la salsa.

La salsa hablando de manera seria y categórica no es más que el hurto de una cultura urbana y rural… Muy rural en muchas ocasiones, por unos mercaderes de sonidos. Es la transfusión de sangre latina a un pueblo que ninguna identidad tenía: por lo menos, no latina. Entendemos el son, albergamos también la idea de la bomba y la plena, que lejos de mantenerse en una línea comercial eran un invento para el goce de esas clases populares que nada tenían: acaso arroz con habichuela… Acaso roncito de caña, y eso… “Si acaso”.  Lo que hoy aquí es bueno, mañana es muy posible que también lo sea –debió ser la nubecita que se posó sobre la cabeza de aquellos comerciantes mal mezclados entre artistas–. Decía entonces que la Salsa para los eruditos de la materia: no se conoce como un ritmo, ni un género. No musicalmente hablando. La salsa se constituye como un movimiento, y un ciclo comercial de cada uno de estos ritmos nacidos en calles, esquinas, fincas, galpones, caminos y orillas de río. Ritmos que fueron mezclándose entre sí haciendo música latina, antillana más bien.

Benny Moré cantaba por las calles, luego en el puerto… Luego para putas y gringos que llegaban en barcos de vapor, por ello llamados estos norteamericanos “vaporinos”, en un degustar de esa cultura que, entre boleros, les permitía  disfrutar de esa Cuba que se dejaba prostituir: que se dejaba agarrar el culo y darlo, si era el caso, por un par de billetes. Era una Cuba que vivía solo en procura de eso: facilista y culturizada solo para ellos. Alrededor de los muelles había más cabarets que industrias o tiendas en toda la isla, y esa música que ya estaba “hecha” se empezó a guiar por varias lámparas guías que no eran más que un cúmulo de artistas perdiendo la urbanidad del género, o quizá con intenciones expansionistas o globalizadas de su cultura queriéndose impregnar en las discotecas, cabezas y parlantes del mundo. Verlos como visionarios positivos, como artistas consumistas y comercializadores es una cuestión que nada le importa a la historia… Eso no cambiaría el viraje del destino de lo que hoy bailan en esquinas, bares y teatros, si acaso así lo determinan.

Ese bosquejo del son que tanto atrajo a las masas, se vio dilatado por algo más: por la rítmica del norte que fue bajando, y por la magia rítmica del centro que no hizo más que mezclarse y de la mejor manera. Esas trompetas y trombones de las Big Bands se metieron con la singularidad de congas y bongós. Las voces suaves en los boleros hacían duetos con las voces rasgadas de negros y, en un par de décadas, parecían emular a James Brown y Celio Gónzalez en una sola orquesta, en un solo show, un solo espectáculo. Ensimismados o perdidos en este hilo cronológico se preguntarán, ¿cuándo fue que se nos convirtió en un negocio? Cuba empezó a vetar cantantes por docena, ejemplo de ello… Celia Cruz. Personajes por doquier migrando a México y situándose en teatros. Llenos completos de ese Show que era solo para esas islas que encadenaban sus ritmos para sí, pero no. Se escuchaban bien, se bailaban no tan bien. Pero si era cuestión de vender, la vitrina no era Cuba, ni Puerto Rico.