Yo caminaba con presura

 

Yo caminaba con presura, con el afán mezclado con la brisa de las 5 de la tarde en diciembre; y no tenía más alternativa: tenía que aguantarme todo el paisaje cansón de la navidad desde la 41 hasta la 54, paso a paso tortuoso como un alma en pena recorriendo sus caminos. Y como anestesia solo tenía la idea de anticipar la agonía de esperar el bus para verla. No podía simplemente tomar un taxi; no podía, me quedaban entonces 30.000 pesos en los bolsillos acompañados de unas monedas que se me fueron en galletas y chicles en el largo camino lleno de vendedores buseteros. Si tomaba ese taxi se acababa mi patrimonio: eso me dejaría sin cigarrillos y las escasas cervezas que aprovisionarían de calor mi oratoria, y en media hora pude razonar sobre esto y más, y más. Ahora mi inquietud se exteriorizaba con empinadas sobre un muro para ver si en el horizonte se llegaba a ver el bus que parecía juntarse con mi actitud para cagarme el día.

Después de un litro de sudor, dos llamadas y un desespero latente llega el armatoste con llantas, y como siempre me pasa, fui a pagar el pasaje al entrar y recordé al instante que así no funciona aquí; este es un submundo entre el transporte público porque en minutos -cuando mi dolor de cabeza llegue a la cima de nunca alcanzar- sentiré que mi hombro se mueve involuntariamente por el mover brusco del brazo porteño del cobrador de pasajes que pregunta claro y tajante, “¿Pa onde vas tú?”, y yo ni tan claro ni tan tajante respondo: “Loco, por ahí por el muelle.”, “Bien, Mil quinientas barras”, y yo solo asiento buscando el ultimo billete de dos mil que resultó estar en el bolsillo de mi camisa y no en la mochila, como pensaba yo.

Que chévere me empiezo a sentir cuando la brisita se mete entre una ventana y la otra; a veces pienso e imagino que esa vaina se convierte en un tornadito que se mete entre mi camisa y cae una lluvia repentina y ya estoy bien. Pero qué va, ni tornado ni lluvia; ahora me miro y parece que hubiese pasado por un aguacero; enchumbado hasta más no poder tengo la sensación de haber vivido esto y de seguro lo he vivido.

Este es un bus pintoresco que deambula y hace colindar al ejecutivo con salario mínimo, al ladronzuelo, a la señora del servicio doméstico, al trabajador de Mc Donalds, a los vendedores de pescado que hacen su junta directiva en los puestos de atrás, y al estudiante universitario que quiere dar 500 por la ida hasta su rumbo.

Mi impaciencia por verla comienza en la 72, donde se nota cómo baja la velocidad y empiezan a bajarse, uno a uno, los pasajeros con sus mangas largas, pantalones y maletines; desplegándose por toda la calle y secándose el sudor para lucir como lo que a veces creen ser.

“Siento nostalgia de palmeras” decía Celia Cruz, y solo me suena esa canción mientras que cruzo los bulevares ornamentales que adornan una ciudad que es un adorno casualmente.

Es ciertamente una odisea conseguir asiento en este bus. Justo después de cruzar el sector ejecutivo de la ciudad, baja la afluencia. Me siento y empiezan a congregarse todos los espíritus sudoríficos en mi espalda que se compacta con una cuerina plástica que protege mi silla por veinte minutos y mil quinientos pesos.

Los mil y un centros comerciales me alborotan la piedra que me da el saber que no puedo entrar y simplemente sacar un vestido blanco con el que quiero verla; hoy me sentiré bien por verla… Y solo verla si así lo dispone el día. Agacho la cabeza y tomo mi celular para jugar la culebrita mientras mi moral se regenera y, de repente, me encuentro con una autopista que me hace ser feliz una vez más con el verde y el dulzor que deja el pacífico zumbido que retumba en el cuello de mi camisa y sabotea mi peinado sin peinar.

Yo, sin más ni más, pienso en aguacates. Se mete el Caribe a mi pensar y entonces la encuentro a ella en lo más recóndito del cucayo de mi pensar, y sé que me importa tanto como para relatarla; y echarme el viaje del siglo.

Al pisar Puerto Colombia me da un hambre de verla, y me entra un afán de vicioso en noche de viernes. Me bajo y encuentro la misma Barranquilla pero con quietud, y caminando hacia el muelle solo escucho la voz repetitiva diciendo; “Cabañas, almuerzo, pescao,  frías, a la orden viejo Flaco.”

Bajo el muelle destrozado y la busco; recuerdo su mensaje de texto y caigo en cuenta de que no me dio ninguna coordenada clara. Pienso en ella para ubicarme, porque de brújula sí que me ha servido.

Encontraba bajo la ráfaga de champeta y vallenato que sonsoneaba a mis espaldas un sentir de ella; cuando palpé la mano que sujetaba mi barriga apenas naciente y unos senos rozando mi espalda, sabía que era Catalina:la misma que conocí en la fiesta de Rubén, el burro de la cuadra (era tan así que se hacía llamar Burrén). No sabía qué hacía en ese lugar hasta que la conocí bien y supe que ella era Omnipresente en mi ciudad y casi, solo casi, Omnisapiente (estaba en todas y se las sabía todas).

Con dos cervezas, una en cada mano, y cuando la estupidez me dejó espabilar, sentí que me quemaba el frío de la fría botella verde y pequeña: de ella no podía escuchar otro saludo: “Mando la primera ¿Cómo te ha ido?”, preguntó por la demora y yo sin responder, aún agitado por el extenuante viaje, solo suspiré al voltear y verla ya uniformada para la ocasión, con su cabello mojado. Se me tuvo que salir de la boca el “Me hacías como falta”, y le hizo un pare a las estupideces con un beso que casi me arranca el cansancio. Cargando mi mochila y acabándose la cerveza de un sorbo, me llevó hasta la chocita donde se había radicado; sonaba aquel verbenero de los Wganda Kenya y, quitándome la camisa, bailamos por un buen rato y varias cervezas. Pescados y besos se fueron al son de un equipo Sony de los negros (que hasta tocadiscos tenían) que retumbaba el bajo hasta hacer temblar las ya varias botellas verdes que bien adornaban la mesa.

Me pidió fuego y la mandé directo a la mochila que parecía el bolsillo del Gato Cósmico; de todo había. Cuando prendió el cigarrillo por fin capté y le pude dar magistral y certera interpretación a su mensaje: “Tengo que verte y contarte tantas que vainas que son una, bajo el muelle no demores, hey! Vestido para la ocasión”, ¿Tantas vainas y una sola? Eso solo puede ser algo malo, pensé yo. Al sonar de fondo de un Ismael Rivera la escuché decirme las palabras que dejarían jodido hasta el día de hoy todo espíritu de amor ó sentimientos conexos: “Me voy para Lóndres”, dijo Catalina. “¿Me estás mamando gallo?” le pregunté a ella, pero antes a mí mismo por la reacción que había provocado en mí. Y no, Andrés no se estaba mamando gallo a sí mismo. Deshecho me fui al borde del mar y ella, aunque quiso dar mil razones, yo jamás las hubiese entendido; yo solo escuchaba el murmullo de Ismael Rivera y su canción Llorando Me Dormí. Le dije adiós sin el siempre opcional hasta luego como ella lo hubiera querido, y Llorando me dormí.