Crónicas de una inmersión. Chile: de Santiago a Chillán

Pasé entonces la aduana y el descenso me llevó a Santiago de Chile. La entrada por la cordillera a Chile es hermosa: viñedos a lado y lado de la carretera, un verde intenso recubierto de un espectro de luz entre amarillo y rojo, ese del verano a las 5:30 de la tarde.

Mi primera impresión de Santiago de Chile fue la de una ciudad con aires a Bogotá, eso sí, con menos caos que el nuestro. No era tanto la ciudad, sino un poco el aire, lo que se respira, el ambiente que te envuelve cuando comienzas a caminar y conocer. A primera vista es una ciudad muy organizada, muy limpia, muy desarrollada y todas esas cosas que parecen ser muy deseables en la actualidad. No es sino hasta la tercera o cuarta vista que se comienzan a ver los rotos de ese muy bonito y limpio telón de fondo que te arropa al entrar a estas fronteras.

Tal vez lo que me recordaba a Bogotá, y que parecía distanciarme de la experiencia reciente que había sido Argentina, era esa tendencia al olvido forzoso, a la indiferencia, al mirar para el otro lado. Para muchos de ellos todo lo que pasó ya fue, y hay que pasar la página para seguir adelante. Hay que continuar por el camino del progreso, así al lado carguen, sin verlos, los rezagos marginales de su propia historia: el rechazo de lo indígena, la pobreza, los desaparecidos.

El modelo de sociedad instaurado por Pinochet, capitalista hasta la médula, todavía determina, desde la constitución*, a los chilenos: la eliminación de la diferencia, de lo plural, la divisón efectiva de la sociedad entre los que tienen y pueden, y los que ni siquiera pueden tener. Es un modelo tan efectivo que incluso los niveles de pobreza no se corresponden, por ejemplo, con los nuestros. Allá alguien “pobre” no necesariamente vive en un barrio de invasión, en hacinamiento y miseria. Santiago de Chile, esa organizada ciudad, está rodeada por un cinturón, no sólo marginal sino también invisible de pobreza y diferencia (adquisitiva, indígena, social).

Pero eso sólo fue totalmente patente cuando salí de Santiago y llegué hasta Chillán, donde pasé la noche en la casa de personas que allá es consideradas “pobres”, aunque su miseria no se compare con la nuestra. Era una casa amplia, con varios cuartos y baños, sala, televisor, cocina completamente equipada. Vivían entre la deuda. Es impresionante ver cómo en un lugar como Chillán, uno de los pueblos más afectados por el terremoto de hace un año, el Estado opera de una forma tan eficiente y rápida que quedan en realidad pocos rastros del desastre. Al mismo tiempo, es frustrante ver cómo una máquina tan poderosa como esa, marca márgenes de separación constantemente más amplios en su propia sociedad; cómo los convierte cada vez más en clientes y cada vez menos en ciudadanos.

Pueden reír con un poco de sorna, pero de veras que allá abajo Silvio Rodríguez se escucha distinto.

*Uno de los datos curiosos es que la constitución de Chile no ha sufrido ningún cambio sustancial tras la salida de Pinochet del poder, ni siquiera por la Concertación, partido de oposición que logró forzar su salida y que gobernó Chile por unos 20 años, hasta el gobierno de la Bachelet. Ni siquiera han llevado a cabo una asamble constituyente. Si lo miramos macabramente, Pinochet sigue gobernando Chile.