Los embejucaos

Foto: Adriana Roque

Hace una semana, no sé si ustedes lo vieron o quizás fueron invitados, se hizo una convocatoria vía Facebook parecida a la de los indignados en España. El infame Facebook prometía, como suele hacerlo, la solución a todas las inconformidades de los colombianos. El movimiento que se autoproclamó -colombianizando el apelativo de ‘indignados’- “embejuCAOS”, por aquello de la expresión coloquial y el caos de ciudad que es Bogotá. Prometía una sentada de en la Plaza de Bolívar por el tiempo que fuera necesario; efectivamente una réplica de lo sucedido en España. El caso era interesante por cualquier lado: tanto como si no llegaba nadie, como si la Plaza de Bolívar hubiera congregado cientos y cientos de personas. Así que fui a echar un ojo, porque con esa curiosidad no me iba a quedar.

Como se habrán dado cuenta, no pasó nada. Llegué hora y media después de la citación oficial (decía 3pm, llegué a las 4:30pm). Pensé: si llega a suceder algo, un márgen de hora y media la cosa ya se habrá puesto en movimiento. Había apenas unas 30 personas. Con el paso de otra hora, hora y media en la que se escuchaban discursos de distintas personas, llegaron otras 20 personas. Bueno, en realidad soy mala para calcular la cantidad de gente a ojímetro, pero digamos que lograron llegar aproximadamente unas 60 personas. Me sorprendí, porque efectivamente llegaron. Aunque la policía parecía preparada para algo más grande, tampoco tomaron medidas extremas (quizás suponiendo lo mismo). ¿Si la gente ni siquiera sale a votar, porque habría de ir a la Plaza de Bolívar a sentarse y protestar por toda la mierda que nos sabemos de memoria?

 

Una de las cosas que me causó mucha curiosidad fue la presencia de cabezas claras, personas que se tomaron la vocería de la gente que asistió, y de un asentamiento ideológico más o menos claro (aunque por supuesto alegaron que no estaban detrás de un puesto político o cosas por el estilo…). La fuerza de los eventos en España se debió a que, en principio no había una cabeza clara que determinara el camino a seguir. Es decir, probablemente varias personas tuvieron la idea original de ir y sentarse en el espacio público para protestar, pero todo se mostraba como una congregación de anónimos. Cuando llegué, ya había una persona que leía un texto parado al lado del Simón Bolívar. Después habló otro personaje, después una mujer (que hasta ese momento fue el único discurso con fuerza, un poco más allá las palabras con olor a mamertería clásica). Al rato un par de personas del público se animaron y dijeron lo que opinaban y esas cosas. Estaba también un representante de Anonymous que también habló y repartió un panfletico que me sigue sonando a teoría de la conspiración (de esa tan absurda que fijo resulta ser cierta).

Foto: Adriana Roque

Estas cabezas ya tenían predeterminado que no se iban a tomar la Plaza, que no se iban a apropiar del espacio público a la manera de los españoles. Era claro para ellos que intentar hacer eso no iba para ningún lado, que tenían que hacer acciones pequeñas y dispersarse, que no estaban para ponerse a esperar. Parecían, la verdad, reclutando gente para un movimiento social específico. Dijeron claramente que la idea era sí tomarse el espacio público, pero no ese y no como había prometido. Propusieron realizar una serie de acciones a través del arte (única arma política, según afirmaron): performances, happenings en semáforos; actos “pequeños pero contundentes”, y reunirse cada 15 días en el mismo sitio.

Foto: Adriana Roque

Ese es el gran problema de todo intento de movimiento social en Colombia. Primero, se establecen previamente cabezas que determinan el tipo de acción que debe tomarse. Es decir, si bien este tipo de protestas generan una suerte de líder (por ejemplo, Camila Vallejo en Chile), sí se inicia con una suerte de anonimato que permite convocar en primer lugar. Es cierto que el arte es un apoyo para expresar y protestar con más fuerza que la que los medios convencionales permiten, pero tampoco creo que sea la única salida, ni que deba reducirse a ser un símbolo político entendido tradicionalmente. Pero peor que eso, es la impaciencia propia de los colombianos. Determinar a priori que esperar no funciona es desestimar el factor común y efectivo de las protestas que alrededor del mundo han sucedido este año. Ante la idea de que tengamos que esperar y aguantar con mucha paciencia para que nuestras acciones -que pueden ser inacciones: sentarse en la Plaza de Bolívar y ya- muestren sus efectos, eso en Colombia es una estupidez.

Queremos el atajo, la acción pequeña y fácil. Pero a largo plazo, esa acción resulta inefectiva. Ese no es el camino. Tenemos que aprender a esperar.