Creer en algo

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Hace un buen rato que no escribo en el blog. No he podido atender cuidadosamente a los eventos políticos que han sucedido actualmente, me entero de ellos a la manera de un chisme de corredor. Me disculparán, pero algunas exigencias de la vida académica a veces no dejan mucho tiempo ni cabeza para otras cosas. En este caso, se trata de mi tesis de pregrado. Traigo esta ausencia y su razón a colación porque, debo confesarles, hacía un buen rato no sentía tan intensamente el poder de algo que aunque no vemos ahí en la vida cotidiana, aunque no nos lo topamos en la calle, nos afecta de forma contundente. Esas cosas que catalizan un movimiento interno en nosotros.

Entonces he reflexionado, a ratos, sobre mi insistencia en la política. Por qué, a pesar de todo seguir insistiendo, preocupándome, sentando posiciones. Y he logrado llegar, repitiéndome, a una conclusión: porque sólo ahí somos comunidad. Es, sin duda, un espacio mucho más complejo que los congresos, los puestos públicos, los alcaldes, los presidentes… Es en ese espacio en el que reside la posibilidad para todos, sin importar a qué nos dediquemos diariamente, de estar-con-los-otros. Idealmente, es el espacio en el que los individuos se unen tras un mismo objetivo, sin tener que perder, por paradójico que suene, su individualidad. ¿Cuál sería este objetivo? Creo que la situación actual nos exige afirmar que no puede ser más que la con-vivencia misma, que poder estar unos con otros. Poder fundar un espacio en el que no se trate de homogenizar lo individual, sino en el que podamos acoger al otro, así sin más. Esto sólo puede suceder bajo una idea, la idea de lo común.

Y la insistencia en pensarlo y escribirlo reside en la necesidad, precisamente, de pensar la idea. Pensar lo que necesitamos para elaborarla, claro, pero sobre todo porque pretender fundar la convivencia de esa manera también supone un gran peligro. Bajo la idea de comunidad se ha disfrazado los grandes fascismos del S. XX. Bajo la idea de convivencia se han generado muchos de los “terrorismos” del S. XXI que permitieron y permiten inventarse las guerras más innecesarias y absurdas que el mundo ha visto.

Las más de las veces nos olvidamos del poder efectivo, actual, del pensamiento. Olvidamos que, dado que es una acción, tiene indefectiblemente efectos en la realidad. La modifica. Quizás por eso la pretensión de establecer las comunidades humanas bajo una idea ha tenido expresiones tan radicales e impensables como lo ha hecho. Eso nos muestra, precisamente, su poder. Y así, porqué debemos pensarla, pero no renunciar a ella. Lo que nos corresponde ahora, como le ha correspondido a todas las generaciones, es establecer las condiciones de la idea, la forma en que vamos a elaborarla. Nos queda saber, pues, en qué estamos dispuestos a creer.

No soy una persona religiosa, pero si algo me enseñó la educación cristiana durante mi niñez y mi adolescencia, es el poder y la potencia de creer en algo. Igualmente me mostró, que hay que saber creer. La creencia no es algo que se deba tomar a la ligera, ni como muchos dirían un acto completamente irreflexivo del espíritu. Creer en algo exige saber en qué se cree y por qué; pues también es necesario poder determinar el momento en el que ese algo en que se cree se ha extinguido, es obsoleto, o llega a tomar matices absolutistas que nunca terminan bien. Creer es también saber cuándo no creer.

Entonces, todo se reduce a que no me conformo con pensar que ya no es posible la idea, que ya no es posible la comunidad, que creer en ella es inútil. Igualmente, sé que para llegar a ese punto todavía nos falta reflexionar mucho, pensar en la posibilidad de la comunidad que consideramos ideal: una comunidad de lo múltiple, del individuo, del respeto a lo totalmente otro (y todos somos otros para todos), construida en conjunto y en la que todos asimismo nos construimos. Revolucionar el estado de cosas tal vez no sea tan grandilocuente como nos han enseñado a pensar; puede que esa grandilocuencia no sea más que la consecuencia visible del poder efectivo de lo singular.

Tal vez sea una posición demasiado ‘joven’ aún, esa de decir que nos hace falta creer en algo. Pero, por el momento, no estoy dispuesta a olvidar la posibilidad de que el amor por lo totalmente singular sea capaz de congregarnos.