El confundido

De las cosas que más me sorprendieron tras la renuncia de Antanas Mockus al Partido Verde, fue que muchas personas que opinaban hablaban de lo “confundido” que estaba, de cómo el pobre, en su ineludible ser filosófico estaba condenado a no poder coordinar dos pensamientos, uno detrás del otro. Podríamos derivar todo un estudio etnográfico de lugares comunes del pensamiento de los colombianos de esa sola afirmación.

En primer lugar, la acusación injusta a “la filosofía” por la confusión que alguien pueda sentir respecto de una situación. Es cierto que en ámbitos académicos la jerga que los filósofos utilizan llega a ser exasperante, pero eso no quiere decir que sea la madre de la confusión. Si Mockus está confundido es por él mismo, no porque haya estudiado filosofía. Si algo trata de hacer la filosofía es pensar claramente las situaciones. Tal vez la confusión radica en creer que “pensar claramente” es no cuestionar ni las situaciones, ni por qué suceden, ni cómo nos las presentan, ni a qué intereses responden. Pero siendo Colombia el país de los atajos -podríamos rebautizarla como “atajolombia”-, no podría esperarse menos que el rechazo, casi violento, al pensar crítico. También es cierto que el pensamiento es violento porque rompe los pisos que sostienen nuestras creencias, nuestras estabilidades y comodidades. Ojalá sintieran que eso, aunque difícil de acoger, no es imposible.

Segundo, la confusión entre ser fiel a unos principios, y ser fiel a un partido. Los partidos políticos, hoy por hoy, son todo menos políticos; son en realidad el acabose de lo propiamente político que podría conservar una sociedad. El gran hit del Partido Verde, hace un año, fue el hecho de que parecía ser un partido totalmente independiente, que defendía unos principios generales que no detentaban una orientación particular (las infames ‘izquierda’ o ‘derecha’). Parecía ser pues, hace un año, que los principios habían reunido a la gente, y no la gente a los principios, cual si fuera un collage. Mockus -quiéranlo muchos o no- se convirtió en una suerte de vocero de dichos principios. Fue así no porque nadie más fuera capaz de detentarlos, sino porque nadie antes los había pedido del pueblo colombiano con tanta vehemencia. Mockus es pues fiel a sus principios, aquellos que varios miembros del Partido Verde subordinaron a otros intereses. Así, dado que la asociación no era para él beneficiosa, se retiró. Aquí quizás la confusión sea de otros.

Tercero, creer que porque Mockus comenzó con el Partido Verde debía quedarse hasta el final en él; aun cuando la acción y las orientaciones de varios de sus miembros tergiversen las ideas que lo guiaron a impulsarlo. Es cierto, totalmente, que si hubiera algo que exigirle a los representantes de los partidos debería ser consecuencia en sus acciones. Sin embargo, ¿qué tipo de consecuencia se les exige? ¿Una en la que tenga que ir incluso en contra de todo aquello que constituye su motor político, su motor vital -estemos de acuerdo o no con él? Es cierto que este es un argumento peligroso: quién no querría que tanto uribista beligerante abandonara sus principios, que el mismo Uribe aceptara los desastres que provocó. Sin embargo, en una sociedad de pretendido pensamiento liberal como en la que se supone que habitamos, incluso eso debe respetarse. Con Uribe, para cerrar el ejemplo, no hablamos de consecuencia -el tipo es, asustadoramente consecuente- sino de responsabilidad política, y esa es otra discusión. Quizás Mockus, consecuente con lo que cree, con su moral, no pretende ser responsable políticamente de lo que implica hacer una alianza con el Partido de la U.

¿Alguien realmente esperaba que no lo hiciera? Para ser honesta con ustedes, yo me hubiera decepcionado mucho si no lo hubiera sido así. Que hubiera insistido tanto en el asunto de combatir la corrupción en todas sus formas y después hacerse el de las gafas ante una alianza con Uribe, eso sí que hubiera sido una confusión de grandes proporciones. De hecho, cuándo me enteré, pensé: “casi no lo hace”. Personalmente, la considero una acción loable y poco común en la triste y resignada patria de Atajolombia.

  • Leonor

    Poco creativo mi comentario, pero… ¡estoy absoluta y totalmente de acuerdo con cada palabra!