Sobre las (im)posiciones políticas

Dado que abiertamente apoyé la campaña de Antanas Mockus a la presidencia de Colombia el año pasado, me siento en la obligación de escribir sobre lo que está pasando alrededor de la campaña de Peñalosa a la Alcaldía de Bogotá. O quizás, pararme en eso para divagar un poco.

Gran parte de lo que me atraía de la propuesta de los verdes era que, más allá de ‘politiquerías’, de vías tradicionales de acción, de ideologías determinadas, tenían una propuesta que apelaba al sentimiento político de la gente. Sentimiento político, como aquello común a todos quienes compartimos el espacio político-común. Como he dicho muchas veces en este blog, me gusta pensar no tanto en los políticos tradicionales, sino en “la política” como espacio común en el que convivimos y construimos acuerdos y normas, en el que vemos o ignoramos, en el que decidimos la manera en la que queremos ser sociedad. Lastimosamente, creo que los verdes han perdido esa conexión con el sentimiento político, han perdido sus posiciones gracias a imposiciones externas, tradicionalmente políticas.

“No todo vale”, “argumento va, argumento viene” no eran simplemente arengas vacías, o al menos no en principio. Eran posiciones políticas. Eran máximas de acción; unas máximas que son, podemos concordar, aceptables de manera comunitaria. Son posiciones lo suficientemente generales para que todos, independientemente de intereses particulares, opiniones específicas, podamos acogernos a ellas y actuar según ellas. Agrupar tantas distintas personas en un mismo partido escudándose en ellas, mantener hasta el final la necesidad de discutirlo todo y co-decidirlo; eso mostraba que era posible. Y una sociedad que, olvidándose de conflictos particularísimos sobre opiniones, pudiera guiarse bajo ellos, podría revertir las consecuencias del afán, evitar caer en los mismos viejos caminos. Podría librarse del lastre de la conformidad y la indiferencia. Esto era lo que más me atraía.

Peñalosa siempre había sido partidario de Uribe. Sin embargo, eso no hacía ni al partido, ni a Mockus, ni a Fajardo, ni a sus representantes a la cámara y al senado necesariamente uribistas. Ciertas inclinaciones o tendencias no tenían por qué dirigir este barco. Y la insistencia de quienes lo constituían en negarse a llevar una etiqueta y a estar en la disposición como posibles futuros funcionarios públicos a llevar todo a discusión sin importar lo que cada uno de ellos pensara era garante de eso nuevo que proponían. Esa universalidad de las máximas de acción parecía prevenirnos de una posible arbitrariedad en la toma de decisiones, de una imposición forzosa ante el individuo despojado de toda soberanía frente al Estado.

El problema al cual se enfrenta ahora el Partido Verde es que esas posiciones se ven amenazadas por las imposiciones peligrosas; propias de opiniones personales junto a construcciones mediáticas. Y eso lo hace tambalear fuertemente. Muy bien dijo Sergio Fajardo que hasta el momento todo el revuelo se debe a la explosión mediática de sendas opiniones; de Peñalosa, de representantes de la U, del mismo Uribe. También dijo que ya pronto saldrá un comunicado, una vez decidan qué van a hacer, sobre si el Partido Verde comenzará a construir alianzas, y dado el caso, qué tipo de alianzas hará. Esto es clave. Sin embargo, sólo espero que tengan claro lo peligroso, lo decepcionante que sería una alianza con el partido de la U a estas alturas. Una alianza en un sentido tradicional puede subsumir imperceptiblemente sus posiciones a las imposiciones uribistas, a las ideologías guerreristas neo-patrióticas que saltan en cada esquina. (Le dijeron que no a Petro en la segunda vuelta y se ha pensado que hacerlo fue un error porque no ganaron. Igual, con Petro no hubieran ganado. ¿Fue realmente un error? Finalmente, al no hacerlo mantuvieron su independencia como partido).

Lo que decepciona y alborota a quienes se consideran militantes del Partido Verde es que, precisamente, parece insinuarse una traición a todo lo que los agrupó en un principio; parecen olvidar aquellas posiciones iniciales que, en su novedad, prometían cambio. Este no era un partido guíado por una ideología, y de pronto se convertía en otro de los múltiples multiformes brazos de Uribe para meter mano cuando se le venga en gana. Qué peligro. Sobre todo, porque la situación actual del país muestra precisamente qué tan ineficiente y contraproducente ha sido el actuar uribista pura sangre.

Toda ideología es una imposición, que excluye y se lleva por delante cualquier posición. Ahora los verdes deben decidir si se dejan llevar o si se mantendrán firmes en sus posiciones inciales, en aquellas que fueron, precisamente, las que los formaron como partido porque llamó a los votantes que los pusieron donde están. Sólo queda esperar que se respeten a sí mismos.

PS. Recomiendo el comunicado de Ángela Robledo, Representante a la Cámara por el Partido Verde al respecto.