Después de la revuelta

Foto por David Degner, Wall Street Journal
Foto por David Degner, Wall Street Journal

Me emocioné, me conmoví el viernes pasado cuando vi el triunfo de los protestantes en Egipto, cuando Mubarak, tras haber -preventiva y muy sagazmente- huído del Cairo, oficializó su renuncia. Ese día veía por televisión a las personas bailando, celebrando, taponando las calles en camino a la plaza Tahrir. Sentí en la distancia la grandeza que encierra el triunfo revolucionario; fue algo parecido a un sentimiento de humanidad y hermandad lo que me invadió. Más allá de que estuvieran luchando por una democracia que aquí sólo vemos tambalear, lograron convocar, lograron ser un pueblo que resistió y que luchó. Y eso es suficiente para celebrar.

Pero entonces, ¿después qué? Muchos nos preguntamos qué sucederá ahora con el mundo Árabe, compuesto por países gobernados -aún- por monarquías (p.e. Bahrein, Kuwait), autocracias militares (p.e. Libia, Irán) o amagues de democracia (p.e. Irak, Yemen). El claro coletazo ha sido el levantamiento de movimientos populares de protesta contra los respectivos gobiernos desde Marruecos hasta Bahrein. Al ser testigos del triunfo de la resistencia en Egipto y Túnez, y tener una situación más o menos parecida, han intentado reproducir los movimientos que dieron lugar a las revueltas quizás más importantes de los últimos años; revueltas que significan, entre otras cosas, la clausura de la occidentalización del mundo.

Sin embargo, algunos países han sido más afortunados que otros: los respectivos gobiernos han sido capaces de aplacar, vía fuerzas militares, las protestas con violencia directa -unos más que otros- contra los protestantes que, pacíficamente, esperaban lograr algo parecido a lo que sucedió en El Cairo. En países como Irán casi no han salido noticias de los levantamientos, no sólo por la extrema censura estatal, sino porque las fuerzas militares no han permitido a los protestantes siquiera llegar a sus respectivos puntos de encuentro. Con todo y las dificultades, estos países continúan, a pesar de la violencia, a pesar de la escazes de visibilización y difusión, de apoyo internacional; siguen.

Todos los países del Medio Oriente en los que está explotando el gérmen revolucionario árabe del cual ya hemos sigo testigos dos veces en menos de un mes, piden, invocan, buscan ese instante, ese intersticio histórico en el que «nadie» gobierna y todos son pueblo. Y deciden su singular destino. Durante un día entero Egipto no era de nadie y por eso era de todos, hasta de nosotros, aquí. Medio Oriente obtendrá su democracia, porque ya agotó todas las otras formas de gobierno que, a excepción de Cuba y vaya uno a saber si Venezuela, entre América y Europa Occidental, ya han rechazado.

En nuestra situación particular, no obstante, hemos experimentado la ineficiencia e injusticia intrínseca a una democracia representativa que fomenta y reproduce la corrupción y burocracia gubernamental por encima de todo. Aun con todo, de manera realmente asombrosa, se presenta en este momento como uno de los modelos de gobierno más adecuados. O al menos, creo yo, el caso de América Latina es especial para entender eso asombroso, porque aquí siento que esa democracia se oxida a una velocidad exponencial sin embargo imperceptible, y que nos oxidamos como sociedad política con ella.

Quizás uno de los mayores coletazos de la “Revolución de la Luz”, como la llamaron en Egipto, no sea solamente el efecto dominó sobre los países vecinos (no sólo en sentido geográfico: hasta en China se han reportado pequeñas protestas), tal vez estemos presenciando un verdadero acto de «soberanía» popular, de un establecimiento sin ley de la ley, de una última instauración democrática que agote esta forma de gobierno y dé paso a algo totalmente nuevo. El movimiento revolucionario en Medio Oriente sólo fue posible porque se soltaron, por vez última, las suturas que mantenían respirando a esas formas de gobierno; por eso se mantuvieron firmes bajo una idea, por eso esperaron y por eso sus protestas funcionaron. Porque en una buena democracia los levantamientos, realmente, no funcionan.

Aquí estamos acostumbrados a que protestar o manifestarse publicamente para nada sirve. Y es que es así: para nada sirve. La decisión histórica de Medio Oriente fue la decisión por el agotamiento de la democracia como la conocemos.