Sobre protestas y ejércitos

Egipto ha acaparado la atención mundial esta semana que acaba de pasar. Curiosamente mucho más que países vecinos que están en una situación muy parecida (Tunez, Líbano, Yemen). En todo caso, ha sucedido a través del medio oriente: en algunos de los países que llamamos “árabes” se han levantado protestas por parte de la oposición a los respectivos gobiernos (para generalizar: de derecha, “autoritarios”) inesperadamente y de manera comunitaria. En todos estos países se ha mostrado lo que es propiamente protestar frente al establecimiento; se ha mostrado así sea de manera preliminar y apenas inicial, una comunidad política.

Hemos sido testigos en la distancia de cómo los civiles han sido capaces de paralizar sus naciones en busca de una nueva patria. Probablemente esto termine en el cierre final del circuito neoliberal-capitalista en el mundo -lo cual no es en ningún momento “la salida”, podríamos pensar siendo fatalistas que la democracia es el ocaso de occidente-, y claramente no es eso lo que me fascina de lo que ha sucedido. Estamos presenciando lo que es, realmente, protestar: algo que se hace en comunidad, que pide a su comunidad y la convoca, en lo cual se resiste y sobre todo, se espera. Aquí no caben impaciencias juveniles, aquí nos sentamos en una plaza y esperamos; no nos movemos.

Aunque el germen de la protesta se ha mostrado en todos estos países, la situación en Egipto sigue siendo particularmente atrayente, ¿por qué? Mi teoría es que en Egipto se ha concentrado una fuerza de revolución y resistencia mucho más fuerte y potente que en otros países por una razón en particular que le ha permitido esperar y asimismo, convocar. Egipto tiene lo que es un verdadero ejército.

Claro, todos los países tienen «ejércitos», tienen masas de personas entrenadas para cargar un fusil todas sus vidas, disparar, perseguir una causa y buscar al enemigo para eliminarlo -así tengan que inventarlo-. Y generalmente, por la confusión que surge entre Estado y Gobierno, el ejército que debe defender la legitimidad de las instituciones, termina siendo un títere de unos particulares, manipulado para obtener tales o cuales fines, haciendo lo que sea necesario para conseguirlos. Generalmente, en casos extremos, el ejército limita, agrede, combate, desprecia la población que -en principio- debía defender, asumiendo la población como parte del Estado.

Curiosamente se ha disimulado el desplazamiento dado en muchos países entre “Estado” (la famosa patria, si se quiere) y “Gobierno”. Sí, un ejército debe defender la legitimidad del Estado -de la maquina gubernamental-, sin duda. Pero esto también significa que debe defender, antes que nada, a la población que hace que ese Estado sea legítimo; la gente sin la cual ni siquiera habría Estado. El ejército de Egipto, institución respetada e independiente, supo esto.

Todo lo que ha sucedido en Egipto ha sido mucho más fuerte y radical porque a diferencia no sólo de otras naciones vecinas sino, también, de muchos fallidos intentos de revolución del S. XX, el ejército apoya a los protestantes.

Después de intentar controlarlos unos cuantos días el ejército, en cuanto institución independiente del Gobierno y siguiendo sus consignas de defender a los egipcios y de hacer lo posible por conservar la paz, decidió bajar las armas en contra de los protestantes. Reconocieron, precisamente, la legitimidad de los reclamos y peticiones de la gente y no siendo títeres de los intereses particulares de Mubarak, no lo defendieron a él; sabían que conservar la paz era no atacar.

Los protestantes de Egipto, dispuestos a resistir hasta cuando toque, convocaron incluso a una de las instituciones más desacreditada -al menos en Colombia- de los últimos tiempos: el ejército. Lograron convocar de una forma universal, casi tan de hermandad, que tenemos una fotografía de fieles cristianos defendiendo co-protestantes musulmanes mientras rezan al crear una cadena humana a su alrededor. Sin este poder de convocar, sin ese ejército tan particular, Mubarak habría podido controlar y neutralizar la insurrección que en este momento continúa paralizando la vida de los egipcios.

Lo revolucionario llega con la espera, con la unión de los particulares por fuera de su situación (más allá de cualquier creencia religiosa, por ejemplo) bajo un objetivo, bajo su persecución, con convencimiento total de que no cederán. Y esta espera convencida es una espera que convoca porque no se subordina a intereses particulares. Sea lo que sea por lo que se lucha, resistir es esperar. Hay que aprender, en estos momentos, de la paciencia de los egipcios.

PS. Recomiendo muchísimo el cubrimiento que ha hecho el New York Times sobre la situación en Medio Oriente.