¿Dónde están?

Tomada por: Adriana Roque
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Estuve el viernes 5 de noviembre en una caminata que convocaron los familiares de los aún 11 desparecidos tras la retoma del Palacio de Justicia por parte de las fuerzas armadas hace 25 años. O quizás sería mejor decir que camine junto a la caminata, porque no hice parte de ella propiamente, y de eso quisiera escribir hoy. Algo muy anecdótico, para variar la cosa.

Ya en algún momento había escrito sobre lo mucho que nos cuesta apropiarnos de los eventos –generalmente horrorosos y vergonzosos– que ocurren en Colombia, y este es uno de esos casos, una vez más. Sabemos que cosas como el holocausto del Palacio de Justicia ocurrieron en este territorio delimitado por fronteras físicas y políticas llamado Colombia, pero nos cuesta apropiarnos de ello, dejarnos afectar por ello, dejar que nos importe y así, precisamente, hacerlo importar. Y lo mismo con muchas otras situaciones; desplazamiento forzoso, falsos positivos, el matrimonio igualitario y hasta barbaridades como AIS.

Tomada por: Adriana Roque
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Recibí la invitación a la convocatoria de la caminata un día en el que antes de entrar a un salón vi un letrero que gigante que decía “sin olvido”, rodeado de fotos de personas, junto a su nombre y una fecha. Honestamente, no sabía bien qué esperar. Llegué a la cita, 5 de noviembre, parque Santander, 5pm. Estaba el mismo letrero de “sin olvido” y tras él unas seis o siete personas con camisetas alusivas a los desaparecidos, reclamando verdad y justicia. Y ya. Poco a poco llegó más gente, se agruparon, se acomodaron en el septimazo, y comenzaron.

Tomada por: Adriana Roque
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“Primero los familiares de las víctimas y quien quiera acompañarlos pues que vaya atrás”. Yo quería acompañarlos y por eso estaba allí. Porque no tengo absolutamente nada que ver con ninguno de los desaparecidos, pero considero que su lucha debe ser apoyada, alentada, acompañada. Claro, no me atreví a efectivamente introducirme en la marcha, caminaba junto a ellos por el andén, los escuchaba gritar arengas, me adelantaba de vez en cuando, registraba con mi cámara diferentes momentos. Escuchaba mientras con un megáfono una mujer llamaba lista, decía los nombres de los desaparecidos y preguntaba “¿dónde está?”, a lo que todos respondían “¿dónde?”

Tomada por: Adriana Roque
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Había una barrera demasiado gruesa, no sólo porque nunca nos enseñaron a hacer nuestra la historia colombiana y así, cuando toca, es muy difícil, sino porque también, a los familiares de los desaparecidos, quizás acostumbrados a las miradas desviadas, les costaba trabajo soltar la causa a lo comunal para sostenerse ahí, apoyarse y continuar, con más fuerza, hasta donde toque. Porque no hay eso comunal; es muy raro, si lo piensan, ver a alguien “extraño” a una causa, apoyarla así no sea su lucha personal. Sólo después de 20 años un juez fue capaz de desempolvar el caso. Y la jueza que condenó a Plazas Vega tuvo que abandonar el país, por amenazas de muerte.

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Columnistas como Alfredo Rangel piden que enjuicien a los excombatientes del M-19, que se olviden de la amnistía, que la deroguen y también los manden a la cárcel, como a Plazas Vega. Concuerdo con él en que deberían responder, dado que fueron en principio quienes propiciaron todo. No sé que tanto nos sirva, para la posteridad, que se pudran en una cárcel, como muchos patriotas defensores de la patria quisieran. Por otro lado, los desaparecidos por los que se clama verdad, es claro, no fueron desparecidos por el M-19. Varios de ellos salieron vivos del Palacio. Y sí, ¿dónde están?

Tomada por: Adriana Roque
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Lo que siempre nos ha hecho falta es llevar a cabo un proceso de perdón que acompañe la justicia y la verdad. Hay que tratar las cortadas, punzadas, desgarros, amputaciones que cargamos como sociedad; no ponerle un esparadrapo a la herida abierta para que al rato resurja vomitando pus, infectada.

P.s.: a propósito, la Revista Semana hizo un especial acerca de la tragedia del Palacio de Justicia. Leálo acá.

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