¿Hasta dónde la libertad de expresión?

Screen shot 2010-09-09 at 11.39.39 PM copy

Coincidimos en que la base del estado democrático es que todos en él somos individuos “libres”. La libertad dada, asumimos, es la libertad de expresión, libertad individual inalienable. Suponemos que, dado que «todos somos iguales» en términos de derechos y deberes, esta libertad debe ser respetada por todo otro miembro de la comunidad a la que pertenecemos. Al tener esto como base, se desprenden toda otra serie de libertades o mejor, conductas libres (es decir, que nadie debería actuar como obstáculo para su realización): de pensamiento, culto religioso, orientación sexual, forma de vida. Conductas que, se supone, debemos respetar.

Estados Unidos siempre se ha mostrado como el primer y más vehemente Estado que lucha por promover y mantener este tipo de libertades; es el Estado que se ha apoderado de la bandera de la libertad desde su fundación. También sabemos que han provocado guerras un tanto inútiles para la humanidad –aunque quizás sí muy útiles para ciertos intereses económicos–, ocultados bajo esa misma bandera. Han asesinado, segregado, pretendido eliminar formas de vida y culturas, bajo esa misma bandera. ¿Cómo el discurso de la libertad puede convertirse en el más autoritario?

Sin embargo, vemos como, ad portas del noveno aniversario del atentado al World Trade Center, un evento sin duda lamentable, se planean cosas en la “tierra de la libertad” para fomentar el odio hacia una cultura, una forma de vida, una religión. Es deplorable que una iglesia evangélica del sur de Estados Unidos planee quemar el Corán públicamente como forma de conmemorar un acontecimiento tan doloroso como lo fue el 11 de septiembre de 2001. También, deplorable que pretendan instaurar un “International burn the Coran day”, que quieran fomentar esto alrededor del mundo y que vendan camisetas y libros con la inscripción “El Islam es el demonio”, para culminar con manifestaciones en contra la homosexualidad. Les falta hacer una petición para que la sociedad vuelva a segregarse y quizás, por qué no, que les den uno o dos esclavos, como compensación por tener la verdad universal en sus manos.

¿Cómo es que en la supuesta tierra de la libertad reina la superstición hasta el punto en el que se quiere difundir, fomentar, arraigar el odio por personas, seres humanos que simplemente tienen creencias diferentes? En este punto ya ni siquiera es el ‘hagámonos pasito’ que creemos que es ese “respeto” que pide una organización en la que todos somos libres, diferentes, pero iguales ante la ley. Tampoco es el solapado “don’t ask don’t tell” que maneja el ejercito gringo respecto de los casos de homosexualidad. Es una muestra pública, ofensiva hasta para quienes no practican esta religión, de odio; es una proclamación de pretendida superioridad moral y vital. Es, si lo quieren, un asesinato espiritual para la forma de vida que es el Islam. Perdonarán el arranque, pero quisiera ver cómo reaccionarían ellos si un grupo de fanáticos organizara un “International burn the Bible day”.

Los organizadores de un acto tal tienen, claro, la protección de la premisa de las libertades individuales; de la libertad de expresión y culto. Entonces pregunto yo: ¿hasta qué punto la libertad de expresión? Este grupo de fanáticos religiosos no sólo se muestra como intolerante y ya, ojalá fuera así. Ponen en peligro vital a mucha gente: a sus compatriotas que mandaron –aún para mí, injustificadamente– a Irak, a minorías cristianas en países mayoritariamente islámicos (gringos o no); pero sobre todo, a la esperanza que quisiéramos tener en que esta puta humanidad agobiada y doliente algún día va a redimirse ante ella misma por sus actos de terror y odio.

Hobbes, filósofo inglés del S. XVII, planteaba en su famosa obra Leviatán, que debía haber un organismo estatal que mantuviera el orden en la sociedad; un organismo vigilante del cual todos habíamos de temer represalias si violábamos alguna de las leyes acordadas según el contrato social. En este caso, cuestiones como la religión pasaban a un plano privado, dentro del cual nadie debía interferir para así evitar cualquier conflicto. ¿Debemos tener, de alguna manera, una regulación al estilo leviatán (moderada, claro) en casos como estos? En Francia el racismo y la xenofobia son castigados por ley.

Queda la pregunta abierta: ¿en qué punto comienza la libertad a ser dañina para las sociedades, para todos?

Link noticia: aquí

  • Marciana

    Debía el comentario: me parece que la noción de “democracia” que se insinúa en este texto puede ser un-poco-demasiado “mainstream”. Sería interesante concebir otras formas de “democracia” donde no nos comamos tan fácilmente el cuento de la “libertad”.
    Por supuesto, de acuerdo estoy con la tolerancia y la apertura total a la diferencia, pero es un tema que haces bien en dejar abierto. Difícil.