Démonos un poquito de asco

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Otra vez se despierta en mí un sentimiento de indignación y rabia. Parece que vivir en Colombia requiriere desarrollar una coraza que permita indignarse, debatir coléricamente y que al mismo tiempo las razones de la indignación y la rabia no penetren tan al fondito del alma y no nos den tan duro, porque ‘son cosas que pasan’. Sino quedaríamos, como dirían en alemán “kaputt”. Que los escándalos de corrupción en el gobierno y los insultos a los presidentes de países vecinos sean el pan de cada día ya dice mucho. Pero hay unas cosas que no permiten que uno simplemente despotrique un rato y que todo termine confirmando que “aquí siempre es la misma mierda”. Hay cosas que se salen de todo.

Mientras Uribe se agarraba, como raro, ‘en nombre del pueblo colombiano, de la gente de bien’, con Chávez, quien también toma inadecuadamente la vocería de una ciudadanía entera, una comisión encabezada por Piedad Córdoba e Iván Cepeda, entre otros, traían a nuestros ojos la que llamaron “Crisis de los Derechos Humanos en los Llanos Orientales”: una de las fosas comunes más grandes encontradas hasta ahora, resultado de una masacre cometida por el ejercito y los ‘paras’. Una fosa común encontrada por las múltiples demandas y reclamos de los pobladores de la Macarena, de gente que perdió a sus familiares, que lo vio, lo vivió. Una fosa común al lado de una base militar. Una fosa negada, una vez más, por el gobierno del Presidente Uribe.

Muy consecuente, eso sí, con su guerrerismo exacerbado, con su justificación de la violencia estatal y su mentalidad de extremos, de blanco y negro, amigos y enemigos. Héroes de la patria o bandidos criminales, resentidos. Este es uno de los casos que se salen de todo porque es tan irracional, tan fuera de juicio tratar de adjudicarle esto, de nuevo, a las estrategias de difamación de ‘los enemigos de la patria’. Enemigos que consisten en ONGs de derechos humanos, senadores de la oposición, la población de la Macarena que hizo las denuncias, y todos quienes consideremos esto un exabrupto y algo por lo que el gobierno tiene que responder indefectiblemente, y no con ataques. Señor presidente: no nos crea idiotas, imbéciles, borregos.

¡Pero qué digo! Si estamos celebrando el Bicentenario; si es el momento de sentirnos orgullosos por nuestra amada patria, de honrar a sus guardianes, de darle una gloria que nunca ha tenido… Esta es una coyuntura en la que uno no sabe cómo lidiar con el sentimiento de pertenencia y el asco de tener que aceptarla. Porque yo recuerdo una vez que en otro país vi una bandera de Colombia y se me aceleró un poquito el corazón, me dio nostalgia y me dije “pertenezco a eso, a eso grande e indefinible que llamo mí país, el mío”. Y días como hoy –que no son pocos– medana asco las cosas justificadas bajo el discurso de la patria, de la unidad bajo un estandarte y un discurso, del guerrerismo que han convertido en algo no sólo normal sino necesario, de la seguridad y de la paz. No todos los discursos de la patria llevan necesariamente a eso. Pero el nuestro lo hace. Y con el, también, justificamos nuestra indiferencia.

En este punto no cabe, creo yo, intentar argumentar algo. Sólo queda visibilizar el tema, porque sea coincidencialmente o no, parece que todo el agarrón innecesario y teatral entre Uribe y Chávez (que además le bota la pelota a Santos a ver cómo manejará él el asunto) es sólo una de las tantas cortina de humo. Seguir pensando que “esas son cosas que pasan aquí porque esto es Colombia y que le vamos a hacer” y así ocultando la gravedad de “esas cosas”; comencemos a tener un poco de indignación, de náuseas por esta normalidad que hemos aprendido a vivir. En realidad, no creo que sea muy difícil.

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